Una campaña dislocada

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

Absoluta conmoción. La decisión de la jueza Lamela de enviar a prisión a una parte del Govern cesado, y la posible orden de busca y captura de Puigdemont en las próximas horas, constituyen mazazos indiscutibles que tendrán efectos en la cuestión catalana. La noticia tiene un impacto profundo en Cataluña, en donde la campaña electoral del 21-D ha quedado dislocada por completo. El independentismo va a poder explotar la baza emocional de ver a una parte de la Generalitat en la cárcel. Volvemos, salvando las distancias, a 1934, cuando Companys fue detenido tras proclamar el Estat catalá y se rebeló frente a la Segunda República. Un regreso descorazonador a la vieja moviola de la historia.

El secesionismo va a explotar el victimismo, eludiendo la alarmante irresponsabilidad que han ejercido sus dirigentes al dinamitar la legalidad constitucional. Sabían perfectamente las consecuencias penales que tendrían sus decisiones, pero prefirieron tensar la cuerda hasta romperla con la Declaración de Independencia. De hecho, los letrados del Parlament les advirtieron de ello. Nadie les obligó a meterse en el laberinto. Lo hicieron de forma voluntaria y consciente con la excusa de que esta vez tenían prisa y no podían esperar. Pensaban que el Estado estaba más débil y que había que aprovechar el momento. Pronóstico fallido. Ahora se lo fían todo a la partida europea y a la batalla de una feroz propaganda.

El independentismo ya tiene su relato para la campaña después de que el 21-D le dejase descolocado. El discurso no se lo ha dado el artículo 155 sino la dureza de la jueza. Es cierto que la acusación de rebelión y sedición suscita un debate en un sector judicial, que la ven forzada y desproporcionada. En todo caso, esta prisión incondicional introduce una variable de altísimo voltaje que va a alimentar a los más radicales y desgastar a los más templados. Una mala noticia. Porque tarde o temprano, este conflicto tendrá que tener una salida política negociada, viable y legal. Cuantos más puentes se destruyan, cuantos más daños se produzcan, cuantas más gentes se sientan humilladas, más costará ir cerrando las heridas. Triste y obvia conclusión.

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