Cambio de época

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

Que el Gobierno Sánchez no va a tener ni cien días de gracia es un pronóstico generalizado. Pero la oposición tendrá que hilar fino para no caer en la sobreactuación. El presidente se ha blindado ante el tremendismo del centro-derecha con nombramientos como los de Borrell y Grande-Marlaska, y ha desplegado una batería de gestos hacia el universo progresista. De entrada ha lanzado un histórico mensaje de cambio a toda Europa sobre el empoderamiento de las mujeres en España. La magia durará poco, pero tampoco conviene menospreciarla. El toque de atención de Pablo Iglesias ayer era premonitorio. El líder morado reprochó al Ejecutivo que mire al PP y a Ciudadanos, y no tanto a 'sus' apoyos en la moción de censura.

Este primer aviso puede pretende recordar al presidente la necesidad que tiene de pactar las cosas con Podemos y no ir por libre, que solo tiene 84 escaños y puede encontrarse un 'calvario' en el Congreso. La otra hipótesis es que empiece a cundir cierto nerviosismo en Podemos porque la apuesta de Sánchez por visibilizar un Ejecutivo de centro-izquierda, con glamour ante la opinión pública, que ha sorprendido a propios y a extraños por su solvencia y por el sello feminista, deja a Iglesias sin algunas banderas y le puede mermar parte de su espacio. Que contra Rajoy vivíamos mejor. Ese es el temor de fondo. Los morados tienen un nicho de crecimiento natural en la izquierda, pero si el PSOE logra rentabilizar la operación Sánchez debilitará las opciones de Iglesias y de Ciudadanos. La relación PSOE-Podemos se va a situar en este juego de amor-odio, tirantez sin ruptura. O ambos se resetean y practican la suma cero -win win, todos ganan- o habrá un inestable equilibrio entre la colaboración y el conflicto. Deben aprender a convivir porque se necesitan.

El PSOE parece asumir críticamente la consigna del 'sí se puede' de Podemos. Lo hace a su manera, con un matiz gramatical: eliminar la tilde al sí -sin acento cambia el sentido- y dejarlo en condicional: si se puede, si hay margen de maniobra. O sea, socialdemocracia químicamente pura. Algo que una política experimentada como Isabel Celaá entiende perfectamente. Que por algo es filóloga.

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