'La ley de la calle'

El independentismo se apodera de la Diada, desvirtúa su espíritu original de 1977 e impone su relato sobre el derecho de autodeterminación

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

L a formidable movilización de la Diada de ayer en Barcelona -un millón de personas según la Guardia Urbana- sugiere a los amantes del cine el título de una película, 'La ley de la calle', dirigida por Francis Ford Coppola. El filme se estrenó con un notable éxito en el Festival de Cine de San Sebastián en 1983 y logró la Concha de Oro con una semblanza, en blanco y negro, de la épica de las legendarias pandillas juveniles que imponían sus códigos callejeros. Las imágenes de ayer de la capital catalana no eran en blanco y negro, pero sí reforzaban dos tesis: por un lado, la fuerza del maniqueísmo que marca una frontera, no ya entre los buenos y los malos chicos, sino entre los 'buenos' y los 'malos' catalanes en relación con el 1 de octubre. Por otra parte, que las relaciones de poder se basan muchas veces en el dominio social del espacio público frente a la espiral de la mayoría silenciosa. En Euskadi lo sabemos bien, por ejemplo en las fiestas populares en las que la izquierda abertzale ha ejercido siempre una hegemonía escénica apenas contestada. Los convocantes de la Diada lo demostraron ayer con la precisión de un relojero suizo.

La movilización no fue solo la exhibición de una enorme capacidad de convocatoria sino un nuevo acto trascendental en esa estrategia del acelerador que ha colocado al Estado constitucional ante el mayor órdago desde la restauración de la democracia, con excepción del intento de golpe de Estado. El independentismo se ha apoderado de la Diada Nacional de Catalunya, un evento tradicionalmente transversal que concitaba el apoyo del catalanismo histórico, al que se sumaban no solo los nacionalistas conservadores de Convergència, sino también los socialistas catalanes y los eurocomunistas del PSUC, así como Esquerra Republicana de Catalunya y los democristianos de Unió. Aquel espíritu transversal y pactista, fruto del compromiso antifranquista y unitario de la Asamblea de Cataluña que agrupaba a toda la oposición a la dictadura, se ha esfumado fruto del achique de espacios.

El dominio de la calle por parte del independentismo ha cristalizado gracias a un caldo de cultivo previo desarrollado en los últimos años. La escenografía de las esteladas en muchos ayuntamientos y la dinámica de señalamiento de quienes no están con el independentismo ha alumbrado un contexto favorable al 'procès' que ahora tiene el impulso explícito de la Generalitat, con resortes legales suspendidos desde el Estado, un 'enemigo común' al que responsabilizar de los agravios y una desobediencia activa de imprevisibles consecuencias. En los últimos años, ni el Partido Popular ni Ciutadans se suman ya a la celebración de la Diada, por considerar que ha sido secuestrada por los partidarios de la secesión. Los abucheos a los cargos públicos críticos con el referéndum ilegal -fundamentalmente a la dirección del PSC y a los alcaldes socialistas- y los aplausos y gritos de ánimo a Carles Puigdemont y a Carme Forcadell reflejan esa deriva emocional de la división, el estigma entre las dos Cataluñas que empieza a tomar carta de naturaleza. La cartelería y las urnas de cartón que se utilizaron ayer en las ofrendas de algunos alcaldes -por ejemplo en el caso de Josep Ballesteros, primer regidor de la ciudad de Tarragona, del PSC- fue un ilustrativo botón de muestra elocuente de la línea de fractura que comienza a atisbarse, fomentada por un sector del independentismo, cada vez más ajeno a aquella conciencia pluralista de la Transición que llevó a un millón de personas a las calles de Barcelona en una Diada que giraba en torno al lema 'Libertad, Amnistía y Estatut de Autonomía' el 11 de septiembre de 1977. Aquel trasfondo cívico ha volado por los aires sobre la coartada de un imaginario de resentimiento.

El soberanismo catalán confirmó ayer una extraordinaria capacidad de movilización cívica

El millón de manifestantes cumple con creces con las expectativas de sus organizadores, que pretendían de nuevo batir récords, después de seis años consecutivos en los que se intenta convertir la Diada en un pulsómetro colectivo en favor del derecho a decidir y la independencia. Un barómetro que mide la presión para la acumulación de fuerzas y la quiebra con el marco jurídico, alentada por un soberanismo rupturista que han ganado la batalla interna, entre otras razones, por la inacción del Gobierno del PP, por cierto anticatalanismo de trinchera alentado con frivolidad, por los escándalos de corrupción y por el relevo generacional.

La movilización, además, pone de relieve la eficacia del relato puesto en marcha por los independentistas, que se ha hecho fuerte alrededor del binomio referéndum-democracia con un simplismo descarnado que, hasta el momento, carece de un argumentario potente entre sus detractores. La simplicidad del 'derecho al voto' se ha transformado en un sofisma manipulador cuando se compara con la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos o con la batalla de las sufragistas por el voto femenino. Se apela al derecho de autodeterminación reconocido por el derecho internacional, pero no se añade que el primero solo se contempla para las colonias. Ni que muy pocos estados en el mundo admiten el derecho unilateral de secesión. El sofisma se intenta endulzar con el buenismo de Oriol Junqueras para ganarse a la opinión pública española. La 'revolución de las sonrisas' necesita un comercial.

En este contexto, el PNV se mueve en un terreno complejo. No le seduce la de ruta teledirigida por la CUP que desembocará, más temprano que tarde, en una estela de frustración. Pero Andoni Ortuzar mostró ayer su apoyo público y se hizo la foto de familia junto al PDeCAT en la ofrenda floral a Rafael de Casanova. Toda una liturgia de solidaridad. El PNV alentará una 'tercera vía' en la medida en la que pueda, porque necesita desmarcarse del 'unionismo' y no regalarle a la izquierda abertzale el banderín de enganche del referéndum. Pero sabe que un improbable éxito de la vía catalana sepultaría su estrategia posibilista y dejaría a la apuesta del lehendakari Urkullu a los pies de los caballos. Mientras, Arnaldo Otegi y sus compañeros de EH Bildu -aplaudidos ayer en Cataluña- siguen hablando de Rosa Parks, la activista que peleó por los derechos civiles en los años 60. «Tenía dos opciones: o pactar con los racistas y esperar o cambiar la situación unilateralmente», dijo hace unos meses Marian Beitialarrangoitia, diputada por Gipuzkoa. La cara de circunstancias del PNV y de Podemos con este mensaje de la izquierda abertzale es todo un poema. Y es que los jeltzales aseguran que en el País Vasco nos conocemos todos. Son las ventajas de un país pequeño.

Fotos

Vídeos