El día que ETA asesinó en el Guggenheim

La viuda, Maite Mollinedo, en el último homenaje al agente el pasado enero./FERNANDO GÓMEZ
La viuda, Maite Mollinedo, en el último homenaje al agente el pasado enero. / FERNANDO GÓMEZ

Hoy se cumplen 20 años del crimen del ertzaina que frustró un atentado de la banda terrorista en la inauguración del museo

OCTAVIO IGEABILBAO.

Entre los millones de visitantes que han recorrido el Guggenheim durante sus dos décadas de vida hay muchos que alargan su paseo por la explanada en la que se alza el majestuoso y colorido 'Puppy'. Algunos andan unos pocos metros más y se dan de frente con esa pequeña placa que recuerda que ETA también dejó su huella de terror en los primeros pasos del museo. Y llega la pregunta. ¿Quién era Txema Agirre? Hoy se cumplen veinte años desde que tres pistoleros de la banda terrorista asesinaran al ertzaina que frustró el atentado que querían perpetrar en la inauguración oficial de la pinacoteca. La plaza de acceso al edificio de Gehry lleva su nombre para que nadie lo olvide. Agirre tenía 35 años y un hijo que actualmente roza esa edad. 250.000 personas recorrieron Bilbao a los pocos días repudiando aquel atentado en una de las manifestaciones más multitudinarias que se recuerda contra la banda.

«No nos coge por sorpresa», aseguró Juan Ignacio Vidarte, director del museo horas después del atentado aquel 13 de octubre de 1997, aunque la verdad es que el atentado sí sorprendió a las fuerzas antiterroristas. La cultura, la apuesta por la modernidad y la recuperación económica que suponía el Guggenheim no se encontraban entre los objetivos de ETA, pero, en pleno juicio a la Mesa Nacional de HB, la banda buscaba un golpe de efecto internacional. Nada mejor, pensaron, que lanzar una batería de granadas contra el edificio que cinco días después iban a inaugurar el Rey Juan Carlos I, José María Aznar y el lehendakari José Antonio Ardanza.

No ocurrió porque los terroristas se cruzaron con Txema Agirre. Natural de Zalla, integrante de la séptima promoción de la Ertzain-tza y miembro de una reconocida familia nacionalista, realizaba labores de vigilancia en el entorno del museo la tarde en la que los pistoleros se presentaron con una furgoneta de la que empezaron a bajar maceteros de cartón piedra. Hasta tres. Llevaban dibujado torpemente el escudo del Ayuntamiento de Bilbao y el albarán de entrega falsificado procedía del vivero de Igorre que había 'vestido' días atrás a 'Puppy', pero bajo unas pocas plantas de plástico se escondían doce lanzagranadas dispuestos para ser activados por control remoto. Habían pasado meses dándoles forma en un caserío de Ea.

250.000 personas se manifestaron por Bilbao en repulsa al atentado cometido por MARCHA MULTITUDINARIA

El pasado enero Etxerat recordó al asesino del agente en la misma plaza en la que fue abatido ETA, QUEJA DE LA ERTZAINTZA

Agirre les dio el alto tras comprobar que la 'Ford Transit' blanca aparcada delante suyo no estaba entre los vehículos autorizados para descargar. Más aún cuando la central de la Ertzaintza confirmó que las placas de la matrícula pertenecían a un turismo robado días antes por el propio comando 'Katu' que fingía ser una cuadrilla de jardineros a las puertas del Guggenheim. Eneko Gogeaskoetxea, Kepa Arronategi y un tercer hombre no identificado eran realmente un grupo de 'no fichados' que respondían directamente a la dirección de ETA con dos instrucciones claras: atentar contra el Rey o, en su defecto, contra el museo. Eran poco más de las cuatro de la tarde cuando, mientras Arronategi distraía al ertzaina que les pedía la documentación, Gogeaskoetxea le disparó un tiro a bocajarro por la espalda. «La herida es casi mortal», auguró con pesar Iñaki Azkuna, entonces consejero de Sanidad. Txema Agirre agonizó durante 26 horas antes de fallecer en el Hospital de Basurto.

«¡A la niña no!»

A la muerte del ertzaina solo uno de sus asesinos estaba ya detenido. Tras el disparo los integrantes del comando 'Katu' emprendieron una terrorífica huida a pie por el corazón de Bilbao. Recorrieron más de un kilómetro callejeando entre calles atestadas, armados hasta los dientes huyendo de un amplio retén de policías autonómicos y municipales. El Guggenheim era aquellos días uno de los lugares más vigilados de Euskadi. Kepa Arronategi fue interceptado en la calle Juan de Ajuriaguerra. Al saberse rodeado intentó disparar contra el agente que se le echaba encima, pero se le encasquilló el arma y perdió el cargador. La Audiencia Nacional le condenó a 72 años de prisión.

Gogeaskoetxea llegó más lejos. Mucho más. Detuvo un coche en la calle Henao, del que sacó a punta de pistola a una mujer y a su hija de corta edad. El angustioso grito de aquella madre retumba aún en la cabeza de quienes lo vivieron. «¡A la niña no!». El etarra huyó hacia Sarriko, donde robó otro coche, antes de adueñarse de un tercero en las inmediaciones del Hospital de Galdakao. La huida duró catorce años. Gogeaskoetxea no fue arrestado hasta el verano de 2011 en la localidad británica de Cambridge, donde hacía vida normal con su familia. El autor material del asesinato de Txema Agirre cumple una pena de 92 años. El tercer integrante del comando nunca llegó a ser identificado.

Los sindicatos de la Ertzaintza recuerdan anualmente la figura del agente asesinado en la explanada en la que perdió la vida en unos actos a los que, a veces, acude su viuda, Maite Mollinedo. La plaza Txema Agirre también acogió el pasado enero una concentración del colectivo de familiares de presos de ETA, Etxerat, en la que se recordó la figura del terrorista que acabó con su vida. Un gesto que no pasó inadvertido pese al tiempo transcurrido. «Es una humillación y un absoluto menosprecio», lamentaron desde la Policía autonómica.

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