35 años de la emboscada de ETA en Errenteria

Los féretros con los cuatro cádaveres.
Los féretros con los cuatro cádaveres. / DV

Seis etarras acabaron con la vida de cuatro policías nacionales, uno de los cuales fue rematado cuando era auxiliado por un vecino

ARANTZA GONZÁLEZ EGAÑA

A media mañana, las 11.00 horas del 14 de septiembre de 1982, ETA asesinó a tiros en una emboscada en Errenteria a los policías nacionales Jesús Ordóñez Pérez (natural de Jaén, de 25 años), Juan Seronero Sacristán (nacido en Gijón, de 35 años) y Alfonso López Fernández (nacido en Argentina, tenía 29 años). Un cuarto agente, Antonio Cedillo Toscano, sevillano, de 29 años, resultó herido al intentar repeler el ataque con metralletas en la carretera que conduce a las cuevas de Landarbaso. Un vecino de la zona lo encontró arrastrándose por la carretera mientras se desangraba. Lo subió a su furgoneta para llevarlo al hospital más cercano. En su huida, tres de los etarras detectaron el vehículo, lo interceptaron y encañonaron al conductor. Acto seguido sacaron de la cabina a Antonio Cedillo Toscano malherido, lo arrojaron sobre la cuneta y le pegaron dos tiros en la nuca. Un quinto policía nacional, Juan José Terrón, resultó herido de extrema gravedad por los disparos que le alcanzaron en el brazo derecho, el tórax, el muslo derecho y la pierna izquierda.

Los cinco agentes se habían desplazado hasta la zona, con objeto de almorzar unos bocadillos en una venta. Tres de ellos vestían de uniforme y viajaban en un coche Z con distintivos oficiales, mientras que otros dos iban de paisano a bordo de un Seat 131 Supermirafiori, de color azul marino y sin ningún tipo de identificación policial. Los terroristas, que según la investigación, habían vigilado las inmediaciones durante días, divisaron a los dos vehículos en su salida de la venta, circulando por la carretera que enlaza Donostia y Errenteria. A unos 300 metros del parque Listorreta, los vehículos policiales se vieron obligados a aminorar la marcha en una curva muy pronunciada, reduciendo considerablemente la velocidad.

En ese lugar, al paso por una pequeña hondonada, y a unos 800 metros de la venta donde habían almorzado minutos antes, los dos vehículos se vieron envueltos en un fuego cruzado desde varios puntos con armas automáticas. Lo accidentado del terreno y la escasa velocidad de los coches hizo que resultaran objetivo fácil para una emboscada. Los policías trataron en vano de repeler el ataques. Los agentes Ordóñez Pérez y Seronero Sacristán fallecieron en el acto, mientras que los otros tres resultaron heridos de gravedad. Sus vehículos quedaron empotrados contra el arcén con sus ocupantes mortalmente heridos. Habían recibido cerca de un centenar de impactos de bala.

Los dos coches, acribillados a balazos. / DV

Los otros tres terroristas, que habían huido a pie de la escena del crimen, llegaron al cruce que comunica Astigarraga, Errenteria y Oiartzun, donde robaron a punta de pistola un Seat 124. A sus espaldas dejaban asesinados, dos heridos graves y dos vehículos completamente destrozados. Uno de los policías que había sobrevivido inicialmente, López Fernández, falleció durante su traslado al hospital de la Cruz Roja de San Sebastián, ingresando ya cadáver en el centro hospitalario. El único superviviente, Juan José Terrón, fue intervenido nada más llegar al hospital y tardaría más de nueve meses en recuperarse.

La tragedia, sin embargo, no acabó ahí, sino que al día siguente, el sargento de la Policía Nacional Julián Carmona Fernández se suicidó disparándose un tiro en la sien, en presencia de varios de sus compañeros y del general Félix Alcalá-Galiano, en las dependencias del Gobierno Civil de Gipuzkoa mientras permanecía instalada la capilla ardiente por sus compañeros. El sargento había pasado la noche acompañando a los familiares de los asesinados y ocupándose de los trámites de las autopsias. Varios de los fallecidos eran amigos suyos y se le había encargado la tarea de acompañar hasta su lugar de origen uno de los cuerpos, circunstancias que, unidas a la gran tensión que soportaban los miembros de las Fuerzas de Seguridad dieron lugar al dramático desenlace. Fue uno de los primeros casos de suicidio por lo que los expertos denominaron posteriormente como «síndrome del norte».

Los funerales por los cuatro policías nacionales asesinados tuvieron lugar el mismo día del asesinato, apenas seis horas después del atentado, en el Gobierno Civil de Gipuzkoa. El apresurado funeral en el salón del trono fue seguido de un traslado rápido a sus localidades de origen.

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