Agotamiento

Nadie es capaz de avanzar una propuesta seductora que, yendo más allá del imprescindible respeto a la ley, aglutine las suficientes voluntades

José Luis Zubizarreta
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

La última escala de Pedro Sánchez, en su viaje de presentación como renovado secretario general del PSOE a los líderes de los demás partidos, concluyó el pasado jueves en Vitoria-Gasteiz. Allí tuvo ocasión de charlar durante más de un par de horas con los dos máximos representantes del PNV, el presidente de su EBB, Andoni Ortuzar, y el lehendakari, Iñigo Urkullu. Poco hemos sabido del contenido de la conversación, que se escamoteó a la opinión pública en un aséptico comunicado, evitando la comparecencia de los interlocutores. Pero no hay razón para dudar de que se tratara de un encuentro «cordial y positivo», como se definen siempre los que, sin ser negativos, tampoco arrojan resultados tangibles. De hecho, ya se había encargado el partido jeltzale, tras la trascendencia que pretendió darle el PSOE en un extemporáneo comunicado, de amortiguar la expectación creada, rebajándolo a la categoría de meramente «protocolario».

Razones tiene de sobra el PNV para sopesar con cautela cualquier movimiento en la cómoda relación que ha logrado establecer, en un escenario de máxima incertidumbre, con los diversos partidos de su entorno. Bien amarrado a la mano de un PSE-EE que le da en Euskadi apoyo sin crearle inquietudes y en muy provechosa sintonía, en España, con un PP que se muestra dispuesto a otorgarle mucho de lo que le pide a cambio de muy poco, el PNV lo tenía muy fácil para recibir con suma cordialidad al secretario general del PSOE sin comprometerse en empresas de incierto destino como las que éste estaría ansioso por presentarle. Le bastó con dejarse halagar, sin mucha entusiasmo, por cierto, con frases que, aunque regalan el oído -como la de «Euskadi es una nación»-, nunca dan, llegado el caso de aplicarlas, el resultado que quien las escucha espera.

De todos modos, de siempre ha sido el PSOE para los nacionalistas un potencial aliado. Nada perdían éstos, por tanto, con demostrar en esta ocasión su predisposición al entendimiento. Bien sabe, por ejemplo, el PNV que, en su propósito de abordar en esta legislatura la siempre pendiente tarea de actualizar el autogobierno, los socialistas van a ser los mejores compañeros que pueda encontrar. Y es que, de creer en la promesa de transversalidad entre diferentes con que el lehendakari dice querer abordar la tarea, no se ve en el actual panorama político vasco y español socio más fiable con el que llegar a puerto que el socialismo. Con cualquiera de los demás partidos, como en el juego de las siete y media, o te pasas o no llegas. Y basta con mirar, para ver cuál de las dos alternativas es peor, lo que está ocurriendo en el entorno.

Por lo demás, y aunque a este respecto todo está pendiente de lo que ocurra tras el 1-O, nunca está de sobra contar con potenciales aliados para contingencias futuras. Y éstas pasarán, ocurra lo que ocurra ese día, o bien por una reforma pura y dura de la Constitución, o bien por un replanteamiento serio del problema territorial. En torno a ellas giraría, sin duda, buena parte de la conversación que mantuvieron quienes se citaron el pasado jueves en Ajuria Enea. Los nacionalistas, reticentes frente a reformas constitucionales que temen regresivas, escucharían con sumo escepticismo las propuestas socialistas de una iniciativa que ni es todavía suficientemente concreta ni cuenta con apoyos bastantes para convertirse en realidad. Y es que no todos los que hoy se declaran dispuestos a embarcarse en esta aventura quieren llegar al mismo punto de destino, siendo, en consecuencia, probable que las buenas relaciones a la hora de zarpar acaben rompiéndose en cuanto dé comienzo la primera singladura.

Y, así, en esta fragmentada política española, con su consiguiente incremento de rivalidades partidarias, va creciendo una desesperanzada sensación de estancamiento e impasse. El acuerdo es unánime sobre el «así-no-se-puede-seguir». Pero, a partir de ahí, nadie es capaz de avanzar una propuesta atrevida y seductora que, yendo más allá del imprescindible respeto de la ley, aglutine las suficientes voluntades como para abordar con éxito el problema político que a todos ha desbordado. Nadie pasa de ese «algo-habrá-que-hacer» tan voluntarioso como ineficaz. Y es en ese resignado lamento donde con mayor claridad se expresa la sensación de agotamiento que agarrota la política del país.

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