Diario Vasco

Don Javier, mi padre

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Se cumplen ahora cuarenta años del secuestro, tortura y asesinato de mi padre, Javier de Ybarra y Bergé, a manos de la banda terrorista ETA. Tenía 64 años cuando unos tipos armados y encapuchados lo sacaron de nuestro domicilio. Yo andaba entonces en la veintena y era un joven periodista que hacía unos pocos días que había regresado de Washington en el avión del presidente Suárez, junto con otros compañeros de la profesión. Había vuelto a casa sin saber que me iba a topar de bruces con la tragedia. Un sujeto sin rostro apareció en mi dormitorio con su metralleta. Para mi padre no era algo nuevo, pues había padecido diversos cautiverios en la Guerra Civil y fue herido gravemente en combate. No quiso marcharse del País Vasco cuatro décadas después, en la Transición democrática, y aceptó los riesgos, consciente del periodo convulso en que vivía.

Me sorprende que tenga yo ahora mas años que los que él tenía cuando lo asesinaron. Me producen vértigo esos 40 años, pues parece que fue ayer cuando hablaba yo con él. En realidad el diálogo nunca se ha interrumpido, porque fue un buen padre y un amigo. Fue un hombre afectivo y cercano, a pesar del respeto que le profesábamos. Probablemente si mi padre hubiese fallecido de una embolia, un cáncer, un accidente…, su imagen la tendríamos algo mas lejana, pienso yo. Pero su muerte trágica, injusta, nos acerca aún más el brillo de su rostro. Vivifica su presencia. He aquí la paradójica venganza de las víctimas sobre los que creyeron que su acto de asesinato sería definitivo. También las cartas que nos envió desde su zulo, y a las que se ha referido mi hermano Javier en su libro sobre la familia, nos han servido durante todos estos años de consuelo y admiración. Esos manuscritos dan fe de la entereza humana de nuestro padre y de su rica personalidad. En esas cartas a las que se refirió el cardenal primado de Toledo, don Marcelo González, como exponente de grandeza de espíritu, reside el carácter del hombre que era. Creo que reflejan fielmente el valioso trasfondo inmóvil de su alma.

Mi padre pasaba los meses de verano en su casa de campo. Iba y venía desde Aretxa (en Menagaray, Álava) a Bilbao para atender sus obligaciones. A veces permanecíamos los dos solos en el enorme caserón repleto de libros y de recuerdos. No poseía muebles de gran valor económico, pero sí afectivo: sobre todo los retratos de familiares que parecían revivir en sus marcos mientras contaba mil y una anécdotas, resucitándolos y dando una calidez especial a las reuniones. Sobre su mesa de trabajo, una fotografía de su padre dedicada decía: «A mi querido hijo Javier, para que sea un estudiante aplicado y más tarde un hombre trabajador». El abuelo no deseaba que fuese un hombre importante. Solo le pedía que fuese trabajador.

La oportunidad que me dio mi padre de pasear a diario con él por el monte Peregaña, o por la colina de San Pedro, fueron clave en mi formación sentimental. Tenía sus ideas sobre política y religión, que respetaba, pero había muchos otros temas de los que hablar. Salía con su boina, con su maquila con pomo de cuerno y con el capote del abuelo Antonio, en el que yo, empapado en aquella época de lecturas literarias, veía toda una réplica del mismísimo capote de Gogol. Cómo olvidar aquellos largos paseos, aquel sol de otro tiempo, aquellas nieblas que Luis de Castresana habría llamado «litúrgicas», los montes bocineros muy a lo lejos. Cómo olvidar el modo en que mi padre arrastraba ligeramente al caminar el pie derecho que me hacía recordar que era un mutilado de guerra, aunque no le impedía ser un buen andarín como el abuelo Gabriel, que se dedicó a sacar a los niños de las cárceles en la España inmediatamente anterior a la dictadura de Primo de Rivera, hacia 1920, y reclamó para ellos una jurisdicción especial con la Ley del Menor que elaboró junto a Montero Ríos. Mi padre fue el continuador de esa Obra de Menores, a la que prestó una inmensa atención. También fue el continuador en el periódico EL CORREO y en el Banco de Vizcaya. Aunque no era el mayor de sus hermanos, su padre se fijó en él porque era serio, austero y un hombre que no temía al trabajo.

Foralista impenitente

En esos paseos se refería a menudo a un amigo suyo con el que compartió excursiones y proyectos de historia vasca. Se trataba de don Pedro de Garmendia y Goyetche, notable dibujante y grabador nacido en Sara (Laburdi), de padre navarro y madre labortana. Ilustró libros como ‘La pelote basque’, de Blazy, y en 1924 fundó ‘Gure Herria’, revista de estudios vascos de Baiona, cuyo museo y biblioteca ordenó y catalogó. Al inicio de la guerra pasó a Laburdi, y un año después vino a Bilbao gracias a la protección de don Julio de Urquijo Ybarra, fundador de la ‘Revista Internacional de Estudios Vascos’ (RIEV), así como académico de la Lengua Vasca. Del tío Julio mi padre tomó el testigo de la amistad con Pedro de Garmendia, y con él publicó el primer tomo de las ‘Torres de Vizcaya’. Don Pedro murió en 1945, pero mi padre continuó publicando varios tomos más de sus ‘Torres de Vizcaya’, respetando el nombre del coautor. Me parece que aquella amistad es todo un ejemplo de dos personas cultas, tolerantes y civilizadas, que eran conscientes de sus diferencias pero que disfrutaban igualmente con la herencia de nuestra tierra.

Mi padre era un foralista impenitente y, siendo presidente de la Diputación de Vizcaya, reivindicó ante Franco la devolución del Concierto Económico. Le incomodó una y otra vez, siempre que tenía ocasión, e incluso le elaboró un informe hasta que consiguió que lo cesaran. Quizás en estos tiempos de desmemoria colectiva (y de ignorancia de nuestro pasado) resulte chocante que un hombre como mi padre (cuya ideología se enmarcaba dentro del catolicismo conservador) tuviera tal empeño en la reclamación de ese estatus foral arrebatado con motivo de la guerra. Sin embargo, nuestros historiadores saben bien que la derecha liberal vasca fue profundamente foralista.

Era un estudioso de las torres y castillos vascos, de los escudos de las casas solares, de sus monumentos (fue autor de dos gruesos tomos ‘Catálogo de monumentos de Vizcaya’, antecedente de los trabajos de catalogación en la comunidad foral); como ‘La Zamacolada’; de santos vascos como Valentín de Berriotxoa; de la historia local (fue autor de ‘Política de Vizcaya’, libro al que recurren los historiadores en busca de fuentes fidedignas); y de la obra genealógica, ‘La Casa de Salcedo de Aranguren’, uno de los linajes mas antiguos de Euskadi, por la línea de doña Carmen de la Quadra Salcedo. Pertenecía a la Real Academia de la Historia.

No era amigo de divagaciones. Mi padre tenía un sentido muy estricto y utilitario del tiempo. Era comedido, equilibrado, sonriente, componedor. Medía sus palabras, para no herir a nadie. Pero le encantaba narrar a su manera, rigurosa y exacta en sus datos históricos. Era metódico incluso en sus ritos religiosos. Al cabo de los años reconozco que ese legado me ha enriquecido. En Aretxa se comentaban las sagradas escrituras con el párroco del pueblo, el gran Ascensión Yarza, hombre culto y recto, que hablaba un euskera vizcaíno de entonaciones delicadas. Yo bajaba la colina de Aretxa a casa del cura casi todas las noches de verano, después de cenar, para departir junto al fogón que atendía su hermana con los alumnos del Seminario de Vitoria, que ya traían ideas muy avanzadas en aquellos años 60.

Mi padre no se iba por las ramas. Le gustaba poner el pie en la tierra de la que luego hablaba. En esos paseos afloraba en él un cierto lado socrático de su personalidad. Siempre me ha quedado la triste duda de que no llegara a sospechar hasta qué punto aquellas correrías habladas calaron en mí. Sus palabras se entrecruzaban con el verde del paisaje y con las brumas que atenazaban los tejados del valle. En Menagaray uno de sus grandes amigos era Valentín Santamaría, el carpintero que le ayudó a rehabilitar el viejo caserón. No había paseo en el que no recalara en el taller repleto de máquinas de serrar.

La personalidad de mi padre encerraba una mezcla desconcertante de aspectos: por un lado era un hombre de empresa, acostumbrado a lidiar en consejos de administración, un padre de once hijos a los que atender y educar, un mecenas que se ocupaba de los Tribunales Tutelares de Menores y del Reformatorio de Amurrio; un estudioso de temas vascos responsable de la Junta de Monumentos de Vizcaya; un servidor público que fue alcalde de Bilbao, la ciudad que le vio nacer. Pero este hombre que mantenía grandes relaciones en Bilbao en distintos ámbitos, también como presidente del periódico, disfrutaba en su vida privada con historiadores, genealogistas, arqueólogos, amigos, familiares, hijos… Y los terciarios capuchinos, que se ocupaba de la obra social de Protección de Menores. En este ámbito fue una personalidad indiscutible: presidente del Tribunal de Bilbao, del Consejo Superior de Protección de Menores y, mas tarde, de la Asociacion Internacional de Magistrados de la Juventud, con sede en Ginebra. También prestaba atención a los caseros que le hablaban del trigo, de las cosechas, de las enfermedades del ganado; gentes a las que escuchaba con una atención casi religiosa. Fue un miembro activo de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País. Don Javier, como así le llamaban, recorrió Vizcaya a golpe de alpargata tres veces al menos: la primera para escribir sus ‘Torres’, la segunda para redactar el catálogo de Monumentos (1958) y la tercera para su obra ‘Escudos de Vizcaya’.

Entendimiento y sintonía

Era un hombre de gustos sencillos y valoraba las cosas pequeñas de la vida. No estaba preocupado en enriquecerse. Lo suyo no eran los negocios. Al contrario: la mayor parte de su tiempo lo dedicaba a la infancia desprotegida, a sus escritos y al periódico, al que estuvo unido hasta que fue asesinado en 1977. Había apostado por la Transición política, la reconciliación nacional y la apertura de los medios de comunicación, consciente del papel estabilizador que podía tener la Prensa en aquellos años. Contó con tiempo suficiente para demostrar una actitud de entendimiento y de sintonía con la realidad de la Euskadi y la España de la consolidación democrática.

Su rostro vuelve con fuerza 40 años después. Con decenas de publicaciones, con miles de horas dedicadas a los necesitados… Nunca le escuché una palabra malsonante ni una crítica sangrante. Como era profundamente religioso tenía muy clara la idea de que había que actuar para ganar un sitio en la otra vida. El misal ensangrentado que llevó al secuestro lo conserva uno de mis hermanos. Yo guardo el rosario de cuentas desgastadas que me dio un mando de la Guardia Civil en Barazar.

En uno de los repliegues del Valle de Ayala, frente a la Sierra Salvada que separa el País Vasco de la árida meseta, toda ella de piedra tallada por los titanes del tiempo, frente a un paisaje sobrecogedor en sus atardeceres, se alza todavía la casa de mi padre, que cuidan con esmero mi hermana Amelia, su marido Quique y mi sobrino Heinz. Allí, en Menagaray, plantó aita un retoño del Árbol de Gernika, como consta en documento fehaciente. Mi padre ha muerto, pero el roble ha desarrollado su arboladura de una manera espectacular, símbolo benéfico de vida.

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