Diario Vasco

Gabriela Ybarra: «No necesito decir nada a los asesinos de mi abuelo. No me lo pueden devolver»

«No necesito decir nada a los asesinos de mi abuelo. No me lo pueden devolver»
  • Gabriela Ybarra, nieta del empresario Javier de Ybarra y Bergé, «Me enteré de que a mi abuelo le había asesinado ETA porque se le escapó a una vecina cuando me llevaba al colegio con su hija», rememora una de las nietas del empresario

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Gabriela Ybarra (Bilbao, 1983) no tuvo la oportunidad de conocer a su abuelo paterno, el empresario bilbaíno Javier de Ybarra y Bergé, porque ETA le secuestró y asesinó seis años antes de que ella naciera. Hoy, 40 años después de aquel trágico y doloroso crimen, esta joven ‘bilbaína-madrileña’ repasa sus recuerdos familiares y los que ha ido añadiendo, como un puzzle vital, tras la investigación en la que se sumergió cuando decidió escribir ‘El comensal’, un relato construido a través de la enfermedad y muerte de su madre Ernestina, en septiembre de 2011, y del secuestro, tortura y asesinato de su abuelo entre el 20 de mayo y 22 de junio de 1977. A Gabriela le gustaría que la memoria del que fue presidente de El Correo, de la Diputación de Bizkaia y alcalde de Bilbao sirviera para ver «lo absurda que es la violencia, que solo contribuye a traer dolor y a destruir». Así se lo contará al hijo que espera para noviembre. Lo que también tiene claro es que a los asesinos de su abuelo no tiene necesidad de decirles nada. «Lo único que me gustaría es haberle conocido y eso es imposible, no me lo pueden devolver», se duele.

-Se cumplen 40 años del asesinato de su abuelo paterno Javier de Ybarra. ¿Cómo vive la familia y usted, personalmente, este aniversario?

-Hasta que no escribí el libro -‘El comensal’ (Caballo de Troya, 2015)- no sabía la fecha en la que exactamente había muerto mi abuelo. Lo había leído, pero no lo había ubicado en el calendario. Me sorprendió lo próxima que estaba la fecha a mi cumpleaños, el 28 de junio. Así como tengo muy presente el aniversario de la muerte de mi madre, en 2011, el de mi abuelo me cuesta, tengo que hacer un esfuerzo porque nunca lo hemos conmemorado. Hay distintas formas de enfrentarse a un hecho tan dramático como es un secuestro y asesinato, y creo que mi familia tiró de algún modo por la vía de la negación. Mi padre le tiene presente en fotografías, en el salón de su casa, pero de su muerte nunca hemos hablado mucho.

-¿Recuerda cómo supo que ETA le había asesinado?

-Sabía que había muerto. Mis padres me hablaban a veces de él y en mi casa había fotos suyas, pero nadie me había contado nunca cómo había muerto. Me enteré porque a una vecina se le escapó. Nos estaba llevando al colegio a su hija y a mí y, de repente, dijo algo así como: «Cuando asesinaron a tu abuelo...». Me quedé blanca. Llegué por la tarde a casa y les pregunté a mis padres: ¿qué es eso de que asesinaron al abuelo? Yo tendría unos ocho años. Tengo el recuerdo un poco borroso, pero sé que lloré muchísimo.

-¿Entiende hoy esa actitud protectora de sus padres?

-Sí. Seguro que trataban de que mis hermanas y yo no sufriéramos. Pero tampoco creo que fueran muy conscientes del efecto que el asesinato del abuelo podía tener sobre nosotras. Creían que, al ser las nietas, tampoco nos tenía por qué afectar mucho, que como nos cogía lejos no iba a ser un gran shock. Pero lo que ocurre es que en nuestro caso el trauma seguía muy presente, mi padre heredó las consecuencias directas con amenazas y demás, tuvimos que marcharnos a Madrid cuando yo tenía 12 años, el terrorismo no cesó hasta 2011, y hasta entonces seguíamos sufriendo las secuelas de aquello.

-¿Ha llegado a compartirlo con algún amigo o también ha tenido reparo en contarlo?

-He tenido también cierto reparo. Incluso viviendo en Madrid, casi nadie, solo amigas muy íntimas, sabían que mi padre llevaba escolta. En mi caso ha existido un pudor, algo de vergüenza, de no querer que la gente supiera. Me sentía en cierto modo marcada, y eso que en Madrid no tengo ese rechazo social que podría tener en algún pueblo determinado del País Vasco. En Madrid, probablemente, hubiera recibido hasta apoyo, pero lo veía como una forma de llamar la atención y prefería que nadie lo supiera. De hecho, el día que le enviaron el paquete bomba a mi padre fui a clase y solo lo comenté con un amigo. Y porque lo había leído en el periódico.

-¿No ha tenido entonces una necesidad de buscar complicidad en la gente más cercana?

-Quizás ha sido por imitación, porque como era un tema del que siempre había que callar... Cuando vivíamos en Bilbao, en el colegio no se podía contar nada sobre dónde vivía, dónde veraneaba o qué hacía mi padre. Cuantos menos datos supiera la gente sobre mí, mejor. Empiezas a callar por seguridad y todo lo que se asocia o rodea al terrorismo decides que hay que silenciarlo. Silencias incluso el dolor, no tanto en mi caso, pero en mi familia el dolor se silenciaba. Mis propios padres no lo compartían con nosotras. Ese día del paquete bomba, recuerdo que esperé a mis padres despierta y ellos se limitaron a hacer como si no pasara nada. «No te preocupes no ha ocurrido nada», me decían. Nunca se llegó a aceptar que el peligro tenía consecuencias emocionales. El hecho de llevar escolta, emocionalmente, también tiene una repercusión, pero nunca se abordó ese tema.

-¿Ha pensado cómo se lo contará a su futuro hijo cuando tenga la edad para entenderlo?

-Le contaré que a su bisabuelo lo asesinaron, que su abuelo tuvo que llevar escolta. Pero le transmitiré valores, le hablaré del dolor que supuso y de que gracias a Dios ya no ocurre.

-¿Ha echado en falta en algún momento un reconocimiento público a su abuelo como víctima de ETA?

-Cuando se habla de él se dice que fue alcalde de Bilbao, político en la época del franquismo… Y eso, a veces, es un estigma. Pero era muchas más cosas. Es más desconocida la faceta social de mi abuelo, que era en realidad la más representativa. Creo que además se metió en política por esa vocación de servicio público que tenía, porque consideraba que estando en la política local podía ayudar a mejorar la vida de las personas. A lo que dedicaba más tiempo en su vida era a los menores, al reformatorio de Amurrio y a los tribunales de menores.

-El editorial que se publicó el día de su asesinato se tituló, precisamente, ‘Un hombre bueno’.

-En mi caso, a la hora de escribir el libro, esa faceta social me dio un poco de problemas porque, muchas veces aunque es real y en el caso de mi abuelo es tal cual, parece que las víctimas de ETA tienen que ser o se les presenta como moralmente perfectas. Y creo que no hace falta ser moralmente perfecto para que no te asesinen, porque casi nadie lo es. Mi problema al escribir era que parecía que quisiera intentar blanquear o hacer una especie de mártir o de santo que tampoco creo que es positivo... Pero, es que, en el caso de mi abuelo, era algo parecido a un santo, porque además era casi místico. Vivía la religión desde la generosidad.

-En la carta que escribió a la familia durante el secuestro decía: «Perdono a los que me prendieron».

-Y no creo que fuera impostado. Cuando lees lo que escribió durante el secuestro parece que eran sentimientos verdaderos y que perdonó realmente.

-¿Ve comprometidos a los jóvenes de hoy a construir una sociedad con valores?

-Por el libro, he visto que las generaciones más jóvenes no saben ni siquiera quién es Miguel Ángel Blanco. Creo que en muchas familias ha pasado lo mismo que en la mía, que no se ha hablado del tema, en algunos casos, por dolor y en otros, por vergüenza de haber apoyado causas que luego han visto que eran equivocadas o porque se sienten responsables de no haber sido más partícipes en contra de la violencia. Debe haber algo de vergüenza en que algunas personas no sean capaces de hacer su propio examen de conciencia y prefieran no hablar de ello. Pero sí, es un tema tabú que a las generaciones más jóvenes parece que se les está escapando. En la gente más mayor, me han sorprendido muchas actitudes en positivo. Una persona me contaba un día cómo recordaba haber estado muy comprometida de joven con la causa palestina y que, sin embargo, pese a vivir en Bizkaia, no había sido capaz de ver que tenía el horror en el portal de su casa.

-¿Cree que se está abordando correctamente el capítulo de la convivencia?

-En mi caso veo, por el éxito que ha tenido ‘Patria’, por ejemplo, que el hecho de que se cuenten historias honestas, que no sean relatadas tanto desde el punto de vista político, funcionan y a la gente le llegan muy bien. Cuando son los partidos políticos quienes intentan construir un relato siempre hay fricciones y conflictos. En cambio, si una persona sale y te cuenta su historia y sabe contarla bien, sin una voluntad de convencerte de nada, te hace pensar y llega más. Creo que la literatura es un vehículo maravilloso de reflexión y de encuentro.

-¿Para qué le gustaría que sirviera la memoria de su abuelo?

-Para que vean lo absurda que es la violencia, que no sirve para nada, ni suma ni aporta nada sino que destruye. Ningún asesinato ha contribuido a mejorar o a conseguir nada, solo ha provocado dolor.

-¿Cree que es necesario que los miembros de ETA y quienes les apoyaron reconozcan el daño causado?

-Esto es muy personal, pero estoy convencida de que sería positivo si salieran etarras reconociendo el daño causado. Sería bueno para la sociedad. Pero, personalmente, no es algo que necesite, prefiero que mi bienestar no dependa de si piden perdón o no. Si lo hicieran, lo valoraría. Y seguro que puede ayudar a que la convivencia sea mejor.

-Cuenta en su libro que en un momento sintió la necesidad de ir al lugar en el que apareció el cadáver de su abuelo, al alto de Barazar. ¿Qué le llevó a dar ese paso?

-Tenía que ir porque me faltaba asumir que era real lo que había ocurrido, porque para mí el asesinato de mi abuelo era una especie de ficción, un cuento que alguien me había contado... Ir allí, con las mismas instrucciones que enviaron los etarras, subir y ver que coincidían, que el merendero que ellos mencionan todavía está en pie, que las mismas referencias del camino están casi todas... Necesitaba vivirlo. Y, además, creo que di con el lugar exacto. Para mí era un ejercicio de realidad, de que el sitio realmente existe, que no era algo que alguien se había inventado. Por otra parte, creo que son muy importantes los ritos para asimilar las pérdidas. Yo me inventé mi propio ritual de despedida de mi abuelo. Y creo que incluso el libro es mi ritual de despedida de mi madre, pero también de mi abuelo.

-¿Qué sintió allí?

-Un miedo que te mueres. Me imaginaba la situación, a mi padre yendo por aquellos caminos... Te pones en situación y es muy siniestro. Fui con quien hoy es mi marido. Si llego a ir sola creo que me hubiera dado la vuelta. También es cierto que hubo momentos de conexión con él, de alguna manera sentía a mi abuelo más próximo.

-¿En algún momento ha pensado qué les diría a los que mataron a su abuelo si los tuviera delante?

-Pienso muy poco en ellos, porque realmente me parece tan insólito, que quizás les preguntaría que por qué lo hicieron, tengo curiosidad por saber cuál es su historia, cómo se les ha ocurrido, cómo han acabado ahí. Les pediría que me contaran su historia personal. Pero yo no tengo necesidad de decirles nada, porque lo único que me gustaría es haber conocido a mi abuelo y eso es imposible, no me lo pueden devolver.

-¿De los detalles que se conocen del cautiverio y del propio asesinato, qué es lo que más le impactó?

-Me impactó y me emocionó la sencillez con la que mi abuelo afrontó su muerte, porque… creo que la gente, muchas veces, muere como vive o como es. Y me impresionó mucho la libertad que existe, incluso dentro de un zulo, para poder afrontar tu muerte como tú quieras. Me impresiona mucho la fuerza que el debe de sacar para afrontar la muerte con esa sencillez en mitad de todo ese horror. Se hace grande al asumir su muerte de ese modo y con esa fortaleza. Es lo que más inspirador me resultó.

-¿Se ha preguntado por qué ETA eligió a su abuelo Javier?

-Creo que porque su persona encarnaba muchos símbolos. De hecho parece que podían haberle secuestrado en la casa del campo en Menagaray, pero simbólicamente no es lo mismo un secuestro en Neguri que en Menagaray. Le tocó a él, pero era un ataque contra Neguri, contra la política… El era alcalde y le cogieron como conjunto de símbolos.

-¿Cómo ha sobrellevado la obligación de vivir con escolta, le ha condicionado su vida de adolescente, de joven?

-Dentro de lo que cabe la familia, por lo menos en Madrid, mis hermanas, mi madre y yo hemos podido seguir llevando una vida bastante normal, salvo cuando estábamos con mi padre. La persona que lleva la escolta es la que está aislada y a su alrededor los demás no comprenden lo que está pasando. A veces se produce un aislamiento incluso dentro de la propia familia, porque el escoltado está viviendo una circunstancia distinta, está muy limitado, tiene mucha dependencia, deja de hacer muchas actividades cotidianas porque se las hace el escolta. Mi padre, por ejemplo, cuando dejó ir acompañado tuvo que volver a aprender a hacer muchas cosas, entre ellas, casi a conducir.

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