Diario Vasco

Empresario e intelectual

Ybarra, en una recepción durante su etapa como alcalde de Bilbao (1963-1969).
Ybarra, en una recepción durante su etapa como alcalde de Bilbao (1963-1969).
  • Javier de Ybarra compaginó sus negocios con una importante obra social y una destacada actividad como escritor e investigador

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En más de una ocasión, le preguntaron por qué cuando llegaba agosto no se iba a navegar por el Mediterráneo como casi todos los empresarios de su entorno. No lo hacía porque era más feliz con sus legajos y sus libros. Por eso, durante el período de descanso se encerraba en su casa, en el valle de Ayala, y allí escribía tratados de Arqueología e Historia (fue miembro de la Real Academia de Historia), escuchaba música sinfónica y recibía a sus amigos. Y con frecuencia visitaba la casa El Salvador de Amurrio, fundada por su padre, y conocida popularmente como el ‘reformatorio’ pese a que estrictamente era una escuela privada en la que compartían pupitres niños del pueblo con otros enviados allí por el Tribunal Tutelar de Menores, que él presidía. Javier de Ybarra, que había sido presidente de la Diputación vizcaína y alcalde de Bilbao, fue asesinado por ETA tras un secuestro de un mes de duración hace ahora cuatro décadas. Estaba a punto de cumplir 64 años.

Nacido en Bilbao el 2 de julio de 1913, era hijo de Gabriel de Ybarra, un conocido empresario que había fundado ‘El Pueblo Vasco’ apenas tres años antes. Con 21 años, terminó Derecho en la Universidad de Salamanca, carrera que había comenzado en la de Deusto. En la Guerra Civil estuvo cautivo en la zona republicana y escapó al asalto de las cárceles de Bilbao de enero de 1937. Al acabar la contienda, entró a formar parte de una comisión gestora de la Diputación de Vizcaya, encargándose especialmente de una labor social que marcaría su biografía.

Durante muchos años, Ybarra repartió su tiempo entre su muy numerosa familia, las empresas de cuyos consejos formaba parte, la presidencia de Bilbao Editorial -sociedad propietaria de este periódico-, y el Tribunal Tutelar de Menores. Esta institución había sido creada por su padre, que recorrió Europa estudiando la obra psicopedagógica que se realizaba con los jóvenes con problemas de adaptación. Él continuó la tarea paterna, para la que consiguió el apoyo de otros empresarios, que se sumaba a los recursos económicos aportados por la Administración. Y a fin de año, como recuerdan sus allegados, si había déficit lo cubría de su bolsillo. Pero su vinculación con la Escuela de Amurrio iba más allá de lo económico: cada semana, acompañado por el padre Lojendio, realizaba una visita al centro para seguir los progresos de los alumnos en sus estudios.

Preocupación social

Su paso por la política estuvo marcado por algunas paradojas. Representaba a una clase empresarial en la que el régimen se apoyó, pero no dudó en reclamar la devolución del Concierto Económico cuando presidía la Diputación vizcaína. Con argumentos jurídicos e históricos, envió la petición a Franco, pero no fue atendida. Incluso le costó el cese poco después. En los años sesenta, quizá olvidado aquel episodio, fue alcalde de la Villa -y procurador en Cortes, en representación del municipio-, e impulsó numerosos planes de desarrollo en los barrios que sufrían un crecimiento demográfico mayor.

Cuando se alejó de la política se centró aún más en sus lecturas, sus investigaciones y la promoción de obras sociales. Sus hijos recuerdan que lo primero que hacía cada mañana era encaminarse al Tribunal Tutelar de Menores, donde se entrevistaba con las familias. Después iba al Banco de Bilbao y con frecuencia antes de comer volvía al Tribunal. En muchas ocasiones, dedicaba la tarde a visitar otros centros destinados a la acogida y educación de menores en los que estaba muy implicado o que incluso había fundado: el hogar Saltillo Nuestra Señora de la Merced en Portugalete; el centro de Educación Especial Gabriel María de Ybarra, en Orduña; la casa para chicos de Bilbao ‘El Cristo’ y la de muchachas, en Santurtzi; la casa tutelar para chicas de la Sagrada Familia y el colegio San José Artesano de Lujua. Además, en 1974, fue elegido presidente de la Asociación Internacional de Magistrados de la Juventud.

En su escaso tiempo de ocio, también leía poesía. Fue muy amigo de Rafael Sánchez Mazas, cuya obra admiraba profundamente. Y le gustaba pasear por el monte, deteniéndose en las ermitas y las iglesias de los pueblos. Más de una vez, al ver que alguna de ellas había sido pintada de manera inadecuada o habían añadido algún elemento a la fachada, buscaba al párroco y le hacía notar el daño al patrimonio que esa actuación había causado.

Su temprana viudedad lo inclinó aún más hacia la práctica religiosa. Durante su secuestro envió a su familia cartas en las que se mostraba sereno, confiado en Dios, en paz consigo mismo y habiendo perdonado a sus secuestradores. Murió con un rosario y un devocionario en sus manos. Los parlamentarios, recién elegidos por primera vez en libertad en cuarenta años, condenaron el crimen, incluidos los integrantes de la lista de Euskadiko Ezkerra. También lo hicieron los alcaldes del grupo de Bergara, que lideraba el dirigente abertzale José Luis Elkoro. Horas antes de que se descubriera su cadáver, alarmado por la suerte que podía correr, Mr. Fedeau, presidente de los Tribunales de Menores de Francia, dijo de Javier de Ybarra: «Es un hombre bondadoso e impecable; un santo varón».

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