Diario Vasco

El asesinato que sacudió la Transición

El asesinato que sacudió la Transición
  • Hace 40 años ETA secuestró y mató a Javier de Ybarra tras desoír los numerosos llamamientos para dejarle en libertad

El cadáver apareció el 22 de junio de 1977 cubierto con unos plásticos y unas ramas en una pista forestal del alto de Barazar. Javier de Ybarra y Bergé (Bilbao, 2 de julio de 1913) había recibido un tiro en la sien. Los terroristas le habían asesinado varios días antes tras desoír el llamamiento generalizado realizado por partidos, sindicatos y diferentes colectivos sociales para que le dejasen en libertad. Había sido secuestrado un mes antes en su propia casa, en Getxo, en presencia de sus hijos. La autopsia y las investigaciones posteriores determinaron que su cautiverio fue un calvario.

Fue un dramático final que convulsionó una Transición ya de por sí agitada. Una especie de aldabonazo en las conciencias de muchas personas. La confirmación definitiva de que ETA no desaparecería con el fin del franquismo, como muchos esperaban, sino que continuaría atentando en plena democracia.

ETA había ejecutado en Elgoibar a Ángel Berazadi solo un año antes y las cartas de extorsión empezaban a convertirse en algo habitual. El propio Ybarra había recibido amenazas por teléfono. El miedo empezaba a calar en los ambientes empresariales del País Vasco, pero todavía no había transformado la realidad. Casi nadie se planteaba adoptar medidas adicionales de seguridad. Tampoco Ybarra. Y eso facilitó la labor de los terroristas.

Fue un secuestro en cierta medida inusual. En el mismo domicilio familiar de quien era presidente de EL CORREO y de EL DIARIO VASCO. Alcalde de Bilbao entre 1963 y 1969, permanecía alejado de la política y estaba centrado en su actividad industrial como consejero del Banco de Vizcaya, presidente de Babcock Wilcox... y en su labor como jurista -presidente del Tribunal Tutelar de Menores de Bizkaia- y académica. Pero Ybarra representaba algo más. Era el símbolo de una clase empresarial. De una burguesía asentada en Neguri. Y el atentado buscaba atemorizar a todos. Mario Onaindia afirmó años después: «Le secuestran y asesinan por ser la cabeza pensante. El más intelectual de todos ellos».

Metralleta en mano

Los terroristas ni tan siquiera esperaron a que saliese de casa. Se vistieron de enfermeros y tocaron el timbre. Eran las 8.30 horas del 20 de mayo de 1977. El comando estaba compuesto por cinco terroristas. Iban encapuchados. Nunca se les identificó. Fueron de habitación en habitación, sacando a punta de metralleta a cuatro de los hijos del empresario que estaban en la vivienda. Los jóvenes fueron encerrados en una de las estancias junto con cuatro empleados.

Ybarra estaba en el baño. Los terroristas llamaron a la puerta. «Don Javier, salga. Somos de ETA y venimos a detenerle». El secuestro fue descrito en ‘Nosotros, los Ybarra’ (Ed. Tusquets), libro publicado en 2002 por Javier, uno de sus hijos. Ybarra pensaba que era una broma. «¡Chicos, estaos quietos!». Pero todo era real. Los terroristas le obligaron a vestirse. Lo hizo de forma metódica. Como si no pasara nada: camisa, traje, gemelos, pañuelo blanco en la chaqueta... No le dejaron ponerse la corbata. Todo se vivía con una extraña tranquilidad. «Don Javier, es hora de irse», le instaron los terroristas. «No os preocupéis por mí. Lo más que éstos van a poder hacer es pegarme un tiro y, en ese caso, iré a reunirme con vuestra madre en el cielo», dijo Ybarra a sus hijos, que permanecían esposados. El comando desapareció en una ambulancia simulada.

El secuestro fue reivindicado por un denominado ‘comando Zaharra’. Se cree que formaban parte de los ‘bereziak’, un grupo que acababa de escindirse de ETA (pm) al considerar que había entrado en una vía «liquidacionista». La mayoría de sus miembros acabaron en ETA (m) o en los Comandos Autónomos Anticapitalistas. Entre los ‘berezis’ estaban Miguel Ángel Apalategui ‘Apala’, Francisco Mujika Garmendia ‘Pakito’ o Eugenio Etxebeste ‘Antxon’. Los terroristas exigieron un rescate de 1.000 millones de pesetas.

Diez días después del secuestro, la familia recibió una primera carta. Era del propio Javier de Ybarra. Empezaba con un «queridos hijos míos, por fin mis secuestradores me permiten escribiros...». Estaba fechada el 28 de mayo. Afirmaba encontrarse «bien de salud y fortalecido espiritualmente». Junto a la misiva, una llave para poder abrir el sagrario de la capilla de la casa. Hubo un segundo mensaje. Del 4 de junio. «No os preocupéis por mí. Estoy en manos de Dios».

Búsqueda infructuosa

Las muestras de rechazo se sucedían. La puesta en libertad fue exigida de forma contundente por la mayoría de fuerzas políticas y sociales. Mientras Ybarra permanecía secuestrado, España estaba inmersa en la campaña para las primeras elecciones democráticas del 15 de junio. En un mitin en Anoeta, Felipe González proclamó: «Lo pido solemnemente, por favor, déjenle en libertad».

La vida continuaba. España intentaba dejar atrás las heridas del franquismo. Solo unos días después del secuestro, Dolores Ibarruri, ‘La Pasionaria’, aterrizaba en Bilbao por primera vez en más de 40 años; ‘Apala’ era detenido en Francia; el Gobierno negociaba la amnistía para los presos de ETA... Se apostaba por la figura del ‘extrañamiento’. Destacados dirigentes de la rama ‘político militar’ como Mario Onaindia y Teo Uriarte fueron enviados a Bélgica el 22 de mayo... Pero los más radicales apostaban por la violencia.

Los contactos para conseguir la liberación se intensificaban. El ultimátum dado por la banda se acercaba, y la presión sobre ETA aumentaba. El lehendakari Jesús María de Leizaola afirmaba: «No entiendo que pueda haber patriotas capaces de llevar a cabo un acto semejante». Carlos Garaikoetxea, por aquel entonces presidente del PNV, pedía «de todo corazón» su puesta en libertad. El EBB calificaba de «incomprensible» el secuestro.

Las esperanzas se oscurecieron el 20 de junio. Una llamada a Radio Popular aseguraba que Ybarra había sido asesinado y que su cuerpo estaba junto a un refugio en el alto de Barazar. La nota señalaba que había sido «ejecutado» el 18 de junio. Se puso en marcha un dispositivo de búsqueda que no dio resultado. Resurgió el optimismo. Pero todo fue una ilusión. Dos días después, los terroristas insistieron: Ybarra había sido asesinado y su cadáver estaba en el puerto vizcaíno.

En su mano se halló un misal y un rosario.

A partir de su asesinato todo cambió. Otro de sus hijos, Juan Antonio, afirmó años después: «Comenzó una diáspora». El miedo se había instalado.

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