Diario Vasco

Un tímido deshielo que nace al pie del Árbol de los derechos históricos

La vicepresidenta Sáenz de Santamaría y el presidente catalán Carles Puigdemont se saludan en el acto celebrado ayer en la Casa de Juntas de Gernika.
La vicepresidenta Sáenz de Santamaría y el presidente catalán Carles Puigdemont se saludan en el acto celebrado ayer en la Casa de Juntas de Gernika. / IGNACIO PÉREZ
  • Sáenz de Santamaría y Puigdemont simbolizan una 'normalidad institucional' marcada por los gestos y la distancia política

«Ante la mirada de los siglos de historia». La vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría se puso solemne en su dedicatoria en el libro de la Casa de Juntas de Gernika. La número dos del Gobierno de Rajoy sabía que su imagen junto al lehendakari Urkullu y el president Carles Puigdemont en la villa foral encierra un alto simbolismo político. Sobre todo en un momento en el que el debate territorial sigue inflamado y el Ejecutivo de Rajoy busca canales de diálogo para romper el frente de la presión catalana y ganarse el respaldo del nacionalismo vasco. Y en una coyuntura en la que el pacto de coalición PNV-PSE se presenta como una alternativa reformista y legal al unilateralismo soberanista catalán. «Tenemos mucho que hablar y que trabajar», aseguraba con una sonrisa la vicepresidenta. Despliegue de cortesía. «Esto me recuerda a un festival de música castellana», comentaba distendida al secretario de la Mesa del Parlamento Vasco, el jeltzale Iñigo Iturrate, en alusión a los tambores de la ceremonia. Txistularis y maceros con indumentarias de época, con sus pelucas, y un regimiento de ertzainas con uniformes de gala del siglo XIX ponían la pompa histórica a una ceremonia envuelta en la semántica de los gestos y la música de los derechos forales ante el Árbol de las libertades vascas. Y el recurso escénico funcionó con un punto de magia y una pizca de emoción.

Los protagonistas claves, además de Urkullu, eran Puigdemont, y Sáenz de Santamaría, centro de los focos y que, según el protocolo, se sentaron juntos en el interior de la Sala de Juntas, apretujados como todos los asistentes. Cuando entró Puigdemont - que recibió muchos aplausos a su llegada- se hizo un silencio solemne en el hemiciclo. Saludos cordiales, conversaciones de cortesía, pero algunas miradas frías como el témpano cuando ambos, al margen de los flashes, coincidieron solos en la escalinata de la Casa de Juntas tras el juramento, a la espera de felicitar al lehendakari Urkullu.

Sin margen y sin orfebrería

¿Servirá el aparente deshielo de Gernika para cambiar las cosas en Cataluña? A corto plazo no, coinciden los observadores, que desdramatizan la discusión identitaria, «que allí la sociedad no está para nada dividida, más allá de la confrontación política», decía un colaborador del president. «Nos van a decir que miremos a Euskadi, que miremos cómo se puede avanzar si nos portamos bien, que la vía vasca es el 'contraejemplo', de que es posible una reforma para evitar la convocatoria de un referéndum», sostienen fuentes independentistas catalanas. Se muestran muy desconfiados y no creen que la 'vía vasca' arrastre al final a Puigdemont. «El president no tiene márgenes para moverse». Y es que, en opinión de estos medios, el camino recorrido por Cataluña lleva a un enfrentamiento institucional seguro porque Puigdemont es el representante de un 48% de la población catalana que aspira a la independencia y de un 80% que quiere el referéndum. «Salir de ese carril requiere de una orfebrería que no hay ni en Cataluña ni en Moncloa», aseguran.

Quizá la delicada labor de ingeniería para tender lazos podría comenzar en el PNV. Y es que los 'amigos nacionalistas' vascos invitaron ayer a Puigdemont a un encuentro y a una comida cerca de Gernika en un caserío después del juramento ante el árbol. El president de la Generalitat había venido de víspera al País Vasco, y ya conocía como turista la Casa de Juntas. En la cita, Joseba Egibar, Andoni Ortuzar y la presidenta del Gobierno de Navarra, Uxue Barkos. El PNV maneja la música de un Estado plurinacional, con una partitura reformista que suena bien en el socialismo catalán pero que siembra la desconfianza en Junts pel Si, que está en una apuesta de presión frontal al Gobierno central para reivindicar el derecho a decidir. Puigdemont se muestra muy escéptico «porque ha sido el propio Estado el que se ausenta cuando hemos emplazado a hablar de estas cosas y nosotros hemos recibido ya un portazo cuando lo hemos intentado», insistía ayer. Además, la situación de los servicios sociales y los efectos de la crisis dibujan un panorama catastrófico para las finanzas catalanas. Es decir, la vía vasca plantea un escenario distinto, entre otras cosas por el Concierto Económico que en su día fue la panacea soñada por los nacionalistas catalanes, aunque Jordi Pujol y Miquel Roca no se atrevieron a implantarla por miedo a la impopularidad que suponía hacerse cargo de la recaudación de los impuestos, como alguna vez confesó Xabier Arzalluz.

Puigdemont se fue contento de Gernika y cautivado por la gastronomía vasca. No se quedaba al partido de la Real con el Barça de hoy, porque tiene un compromiso con el deporte femenino «y porque es de Girona», bromean en la delegación catalana. A Puigdemont le sedujo el ritual histórico «que nosotros perdimos por un síndrome de falso progresismo», confesaba un colaborador suyo al equipo de Urkullu al referirse a la austera toma de posesión del president en el Palau de la Generalitat, sin el peso de la tradición, a pesar de ser una institución secular. Un sol tibio de otoño se filtraba por la vidriera y las campanas de la Casa de Juntas comenzaban a tocar el 'Gernikako Arbola'. Es la hora del aperitivo en Gernika y en algunos comercios el 'Black Friday', extendido al sábado, hacía los estragos de la hora punta. El cambio vasco también se escribe en las rebajas.

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