Diario Vasco

«Sin violencia todo ha mejorado pero continúa habiendo gente de ese mundo que nos odia »

Homenaje. El que fuera jefe de Arostegi y Mijangos deposita dos claveles ante la placa y el monolito en el cruce del asesinato.
Homenaje. El que fuera jefe de Arostegi y Mijangos deposita dos claveles ante la placa y el monolito en el cruce del asesinato. / IÑIGO ROYO
  • El jefe de los dos ertzainas asesinados por ETA en Beasain recuerda a sus compañeros al cumplirse quince años del atentado

Muchas cosas han cambiado en el cruce de Zaldizurreta de Beasain en estos quince años. Las colas son más llevaderas, aquellas molestas obras para renovar los colectores acabaron y se construyó una nueva rotonda, con un bonito vagón de la CAF, la empresa señera del municipio, como adorno. Nada que ver con la vieja intersección de tráfico en la que aquella lluviosa y oscura tarde de noviembre de 2001 los ertzainas Ana Isabel Arostegi y Javier Mijangos trataban, a duras penas, de mitigar las interminables retenciones. Eran las siete de la tarde de un viernes y la gente ponía fin a su semana laboral. Concentrados en que los coches avanzaran fueron presa fácil de dos miembros de ETA que les tirotearon a bocajarro. Una escultura y un monolito con los nombres de los ertzainas testimonian tres lustros después que este moderno cruce de entrada al pueblo estuvo un día teñido de sangre.

Javi, un ertzaina guipuzcoano, era el jefe de Seguridad en Beasain aquel 23 de noviembre. Fue él quien ordenó a ambos efectuar el relevo para regular la circulación en ese maldito cruce que no gustaba a ningún agente porque «estaban muy expuestos», rememora. La víspera, de hecho, algunos de los ertzainas de Tráfico habían acentuado su percepción de «déficit de seguridad» y antes había habido algunas quejas ante un servicio largo y rutinario. «Me sentí culpable de haber enviado a Ana y Javier a ese cruce», señala apesadumbrado el entonces responsable del grupo de Seguridad Ciudadana de la comisaría de Beasain, ubicada a escasos trescientos metros.

Después vendrían el shock, las lágrimas, las sesiones con psicólogos en la central de Erandio -«acabamos todo el grupo llorando»-, y las noches sin dormir. Y es que Javi no olvida a Ana y a Javier. Ella, de 32 años, con tres hijos de corta edad y un marido también ertzaina era una persona «con gran madurez». Apenas llevaba dos meses destinada en Beasain. La víspera de su asesinato había sido un día difícil para esta agente vizcaína de Mungia. «Tuvo que ir a un accidente mortal en el barrio de Salbatore y estaba un poco afectada», recuerda su entonces superior. Él, de 34 años y nacido en Bilbao, era «más serio y callado». Casado y con un bebé, también acababa de llegar a la comisaría del Goierri y su hermano pertenecía, asimismo, al cuerpo. «Eran buenos profesionales y se sacrificaban mucho, con viajes diarios largos desde Mungia y Miranda para venir a trabajar».

Al igual que en el cruce de Zaldizurreta, en el cuartel de la Ertzaintza de Beasain también han cambiado muchas cosas. Han entrando nuevos agentes y pocos conocían personalmente a los dos asesinados. El centro se bunquerizó tras los sucesivos atentados contra comisarías como las de Zarautz u Ondarroa. En el exterior, lucen una escultura de cuatro ramas que brotan de la tierra y una placa con los nombres de Arostegi y Mijangos, costeada por sus compañeros de comisaría. También menciona a Iñaki Mendiluze y José Luis González, los dos ertzainas asesinados con una escopeta en 1995 en la vecina Itsasondo por Mikel Otegi, que tras ser absuelto por un jurado popular se integraría en ETA.

Las cosas también han cambiado en Euskadi tras el cese definitivo de la violencia y Javi se alegra de ello. Lejos quedan los tiempos en los que «te montabas en una furgoneta antidisturbios y no sabías si ibas a volver», evocando los asesinatos de compañeros o episodios como el de Jon Ruiz Sagarna, el policía vasco quemado en Errenteria. «No sé cómo aguantábamos aquello. Quizás porque éramos más jóvenes. Creo que ahora no volvería a ser ertzaina en esas circunstancias», se sincera este agente de 54 años. Con el final de los atentados, «la convivencia ha mejorado». No obstante, muchos ertzainas han podido comprobar que persisten algunas malas miradas. «Sigue habiendo gente de ese mundo que continúa odiándonos, aunque en su día gente de la izquierda abertzale me pidió perdón por aquel atentado. Yo no les odio», subraya.

Vuelta a los orígenes

Este agente guipuzcoano trabaja ahora como responsable de patrullas y explica que, tras el cese de ETA, la Ertzaintza ha vuelto a sus orígenes, a una labor de lucha contra el delito común y servicio al ciudadano. «Antes a los incidentes íbamos dos, tres o cuatro patrullas. Ahora eliminaron aquella 'instrucción 53' y, entre que hay menos recursos y menos coches, hay déficit de seguridad». En este punto, cita el atropello mortal de la semana pasada en Irura, mientras atendía un accidente, del agente Iosu Uzkudun, a cuya familia y compañeros manda un abrazo. «Seguramente fue inevitable, pero siempre con dos coches patrulla estás más seguro que con uno», expone.

Lo que no ha cambiado quince años después es la incógnita sobre los autores del doble crimen. «Nuestro trabajo es resolver el caso y poner a los culpables ante la justicia. Por Ana y Javier, y su familia», concluye.

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