Diario Vasco

La Madrid Corrupción Week

Álvaro Pérez, 'el Bigotes', llega a la Audiencia Nacional en medio de una gran expectación.
Álvaro Pérez, 'el Bigotes', llega a la Audiencia Nacional en medio de una gran expectación. / Óscar del Pozo
  • La Audiencia Nacional parecía un cóctel de aquellos de cuando Madrid era todavía una fiesta

  • Al coincidir la declaración de Rato en el juicio por las 'tarjetas black' y el macroproceso de la trama Gürtel, se formó una gran cola de acusados en el tribunal

Alguien predijo alguna vez que en los juzgados de España habría cola para juzgar a la gente. Ese día ha llegado. En las puertas del edificio de la Audiencia Nacional en San Fernando de Henares se ha formado esta mañana una fila de acusados a la espera de entrar. Eran 102, entre: los 65 del juicio por las 'tarjetas black' y y los 37 del macrojuicio de la trama Gürtel, los dos enormes procesos de esta mañana en la sede judicial. Un ambientazo.

Fueron tantos los que tuvieron que acudir que Antonio Hernández, un preferentista con un cartel verde y amarillo ya gastado de tanto protestar, hizo una reflexión en alto: "El próximo juicio lo tendrán que hacer en el Bernabéu". En esta cuerda de candidatos a presos se juntaron Arturo Fernández, que se camuflaba detrás de unas gafas de sol y miraba a otro lado y Álvaro Pérez, 'El Bigotes', hoy 'El Barbas', polo blanco por fuera de los pantalones chinos granates y al hombro una bolsa parecida a aquellas que llevaba Pocholo Martínez Bordiú cuando pinchaba. Como un nuevo hípster, trendy y desafiante, Pérez se volvió y le aguantó la mirada a la cámara y a la media docena de preferentistas que le dijeron de todo, desde baboso a corrupto. Las gafas de sol eran del mismo modelo que las que llevaba en la boda de Ana Aznar, aunque en estas no hacía el pino Bernardino Lombao a la entrada de la iglesia. No estaba la mañana para cachondeos.

Ana Mato envió a su abogado

El primero en entrar fue Luis Bárcenas y un envejecido Francisco Correa. También Rodrigo Rato, con una botella de agua de etiqueta roja en la mano y una corbata granate. La mujer de Bárcenas, Rosalía Iglesias, también mostró el paso del tiempo y el peso de los años de instrucción. Solo Díaz Ferrán no tuvo que esperar, porque llegó en un furgón de la Guardia Civil y entró por el garaje. El día de la tormenta perfecta de la corrupción para el PP, la pasarela del cohecho, la Madrid Corrupción Week, hubieran coincidido en el hall de la Audiencia Rodrigo Rato y Ana Mato si esta no hubiera enviado a su abogado como representante. La exministra es responsable civil a título lucrativo, así que la justicia le ampara en su deseo de no comparecer personalmente y sentarse en la quinta fila, tercera silla empezando por la izquierda.

La presencia de Mato hubiera sido el remate. Compartían el salón de entrada Bárcenas, Merino, Sepúlveda, Ángel Sanchís, el Bigotes (en concentradísima charla con Francisco Correa junto a la ventana), López Viejo... Con tanta cara conocida y tanto cargo político (18 del PP) y de no ser por las togas de los abogados, podría creer uno que estaba en el cóctel de una inauguración de no hace tanto tiempo. Les ponen una copa de cava en la mano y era una escena de aquellas de cuando Madrid -aún- era una fiesta. Esta vez había solo café de 40 céntimos en una sola máquina de vending que compartían con ademán casi veneciano los abogados de tirios y troyanos.

Tal fue la afluencia de acusados y letrados que las sesiones de ambos procesos comenzaron con media hora de retraso. Sobre las diez y media comenzó la declaración de Rodrigo Rato ante las preguntas del la Fiscalía. Duró una hora y veinte en la que mantuvo la calma pese a un par de momentos de tensión con el fiscal, sobre todo el momento en el que tuvo que explicar de qué manera el uso de tarjetas consistía en una remuneración y que terminó con una pregunta: "¿Me ha entendido, señoría?" A lo que el fiscal contestó con un lacónico: "No". Cuando dijo que en ningún momento dudó de que su remuneración fuera razonable y que el uso de las 'black' no le parecía "ni bien ni mal, alguien en la sala carraspeó muy fuerte. El resto de acusados siguió el proceso con atención distinta. Entre los menos atentos, el empresario madrileño Arturo Fernández, que se durmió y se dio un buen susto al despertarse cuando lo nombraron desde la Fiscalía.

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