Diario Vasco

La familia herida

Eduardo, militante socialista de toda la vida, es a sus ochenta años un cliente fijo de la casa del pueblo de Errenteria.
Eduardo, militante socialista de toda la vida, es a sus ochenta años un cliente fijo de la casa del pueblo de Errenteria. / ARIZMENDI
  • Militantes del PSE reconocen que están viviendo el momento más convulso

  • Defensores y críticos de Pedro Sánchez muestran su enfado ante la guerra que se ha desatado en su partido

Gildas y queso. La barra del bar de la casa del pueblo de Errenteria ya tiene preparados sus pinchos más reclamados. Son las once y media de la mañana y la cafetera echa humo. Varios parroquianos apuran sus cafés y sus cañitas. Dos militantes socialistas 'de toda la vida' discuten acerca de la guerra que se ha desatado en su partido. «Es una pena», asegura uno de ellos. El otro, Eduardo Encina, es más parlanchín. Tiene 80 años y lleva toda una vida afiliado al PSOE. Confiesa que no le gusta Pedro Sánchez: «Al principio sí le vi como un buen candidato, pero al haber perdido tantos votos tenía que haberse marchado ya». Van llegando los clientes más tempraneros. No se habla de otra cosa. Bueno, sí. Del «calorazo». «Parece un día de agosto», comentan. A todos les cuesta entender cómo se ha llegado a la cruenta batalla que libran Pedro Sánchez y Susana Díaz. Una batalla que ha desembocado en la mayor crisis de un partido centenario, dicen.

La que de verdad le gusta a Eduardo es la catalana Carme Chacón. «Hizo muy buen papel cuando estuvo de ministra. Sería una buenísima candidata. Sabe hablar y manejarse. Esa seguro que no va a cantar la Parrala», asegura con amabilidad este abuelo que de joven emigró a Alemania a trabajar en la Volkswagen, y tuvo la «fortuna» de conocer «en persona» a Willy Brandt, el socialdemócrata y premio Nobel que fue canciller alemán entre 1969 y 1974. «Un socialista y un político de los pies a la cabeza», afirma.

Feudos socialistas

A menos de 20 kilómetros se encuentra Lasarte-Oria. Otro de los feudos socialistas en Euskadi. De hecho, la única localidad vasca en la que el PSE-EE ganó las elecciones del pasado domingo. La casa del pueblo, que lleva el nombre de Froilán Elespe -concejal socialista asesinado por ETA en 2001- está bastante concurrida a mediodía. El bar lo regenta Michel, otro socialista convencido. No quiere hacer ningún comentario sobre la guerra en el PSOE. Pero entre los clientes -la mayoría simpatizantes del partido- no paran de comentar. A muchos no les gusta la actuación de Felipe González. «En absoluto». Coinciden al defender que «los trapos sucios se lavan en casa». «Es que no se puede salir por ahí hablando mal de los compañeros del partido. Eso no se hace», lamentan dos jubilados que confiesan estar muy enfadados. «Bueno, más que enfadados, tristes o desolados...». De las paredes del bar cuelgan fotografías de la última campaña de Idoia Mendia, de Patxi López y de Pedro Sánchez. Y muchas rosas. Fuera, un afiliado dice que «se veía venir». Se llama Luis y ronda los cincuenta. Está muy enfadado. «Los jóvenes se nos están yendo a otras formaciones, como a Podemos», se queja. «Algo habrá que hacer». Carmen, una abuela de muy buen ver, está de acuerdo. «Nos vamos a quedar sin gente», señala apenada.

La siguiente parada es Andoain. No es un feudo socialista, pero tuvo alcalde de esta formación, y fue un municipio muy castigado por el acoso del mundo radical en los peores años de plomo. A las puertas de la casa del pueblo reciben a los medios de comunicación con cara de pocos amigos. No quieren hablar. Y menos aparecer en las fotos de los periódicos. En este caso, el bar lo lleva una persona ajena al partido. Aquí nadie está para bromas. El tsunami que arrasa el partido les ha afectado mucho. Lo dice alguien ajeno al PSOE. «¿Si somos de Sánchez?», pregunta Manolo, militante a punto de convertirse en octogenario. «¡Pues claro! Hay que ser fiel al partido. Yo siempre estoy del lado de nuestro candidato. El que hemos elegido entre todos», afirma «muy cabreado». «¡Hay que estar ahí a las duras y a las maduras!».

El recorrido por «la desolación» termina a las dos y media de la tarde en Irun, cuyo alcalde es el socialista José Antonio Santano. Es otro de los municipios baluartes del PSE-EE en Euskadi. La casa del pueblo está en pleno centro. Está cerrada a cal y canto. Parece que está de obras. Un simpatizante pasa por delante. Prefiere no revelar su nombre, pero sí acepta hacer un análisis de la situación: «¡El domingo nos dimos una leche tremenda! Y con lo de ahora... No sé qué pasará».

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