Diario Vasco

Sin salida

El abc de la política dicta que una de las habilidades del buen gobernante es no quedarse nunca sin salida ni dejar a los tuyos sin una viable. Poco importa el grado de hostilidad –inenarrable, a nada que se tome el pulso a unos y otros– al que han llegado las dos almas que pugnan a estas horas por ver quién mata con más saña una sigla centenaria bajo amenaza real de desintegración. Poco importa si llevan razón Pedro Sánchez y sus fieles cuando acusan a la baronesa y los barones de hacerles la vida doméstica imposible casi desde que entraron en Ferraz, o si son los críticos los que están cargados de razones ante un líder al que ven veleidoso, inconsistente y con una ambición desmedida para sus menguante cosecha electoral. La conclusión es que el PSOE se encuentra atrapado y sin salida decorosa posible ya ante una quiebra orgánica que avanza con la virulencia destructiva de un tsunami sobre tejados de paja. Desde que Susana Díaz encontrara en el arrojo de Sánchez la palanca para frenar a Eduardo Madina –hoy la dirigente andaluza y el diputado vasco comparten bando–, el secretario general ha dado siempre la impresión de no haberse bajado del coche con el que se pateó las agrupaciones en las primarias. De estar en permanente movimiento, alentando una investidura fallida y otra nonata con el peor bagaje en las urnas del PSOE, o buscando un resquicio tras otro en la maquinaria interna para tratar de preservar su tambaleante liderazgo.

La resistencia hiperactiva de Sánchez para intentar retener el poder socialista por la vía de ser elegido presidente del Gobierno en franca minoría y el señalamiento de la abstención técnica a Rajoy como una suerte de violación de los principios fundacionales han estrangulado todo margen de maniobra del partido. Es difícil predecir ante semejante seísmo en la fuerza política que más tiempo ha gobernado España cómo van a salir de esta Sánchez, Díaz y los demás. Pero se antoja aún más difícil que una organización con semejante zozobra esté en condiciones de medir una fragilidad que ya es sistémica en la competición de unas nuevas generales y que conduzca a ellas a todo un país que ya votó dos veces en seis meses. Un cuerpo electoral de 24 millones de electores –los que acudieron en total a las urnas el 26 de junio– cuya legitimidad Sánchez ha pretendido confrontar con la de los 200.000 afiliados de un PSOE partido en dos.