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La lucha encarnizada que se libra a cielo abierto en el PSOE recuerda un videojuego en donde los comecocos se meriendan a los fantasmas, y viceversa. En el fragor de la batalla, no es fácil distinguir a los buenos de los malos. En los dos lados hay militantes dignos y afiliados traidores. Pero el dispositivo ofrece una imagen de partido cainita que, para mayor bochorno, fue precisamente el que consiguió transformar este país de arriba abajo.

Resueltos a llegar hasta el final, los dos bloques enfrentados no pueden olvidar que después de la batalla habrá que enterrar a los muertos y sanar a los heridos, para que la formación que encarna los valores de la socialdemocracia intente recuperar el prestigio perdido.

Desde el minuto uno, del día primero, un sector del partido comenzó a hacer la vida difícil a Pedro Sánchez. Sus aciertos fueron ignorados, y su errores, convertidos en dardos envenenados contra la diana del secretario general. Y así, hasta las dimisiones de ayer de diecisiete miembros de la dirección socialista, y la reacción legitimista de quienes siguen al frente del partido, como explicó el secretario de Organización, César Luena.

Ante un golpe de mano del que, ojo, están al margen los dirigentes que trabajan en regiones con fuerte sentimiento identitario como Galicia, Euskadi y Cataluña, todos aquellos que aspiran a la continuidad de un partido socialista vigoroso fluctúan entre el asombro y la irritación.

Pendientes aún del desenlace del drama, que está por escribir, el problema es que si Pedro Sánchez gana la batalla, o el partido del genuino Pablo Iglesias elige otra dirección, el PSOE tendrá serios problemas para recuperar el prestigio perdido. ¿Dónde ha quedado la obligada lealtad al secretario general -sea quien sea- democráticamente elegido?

Nadie está libre de culpa, pero los críticos a Sánchez no podrán reprocharle el incumplido de los mandatos del comité federal, el máximo órgano entre Congresos que puso unos límites a su negociación para formar Gobierno, desconocidos hasta ahora en el histórico partido.

Unas exigencias que no habría admitido ni siquiera Alfredo Pérez Rubalcaba, sin ir más lejos. Por cierto, un valor del socialismo español, capaz de matizar las tensiones territoriales, por no citar sus sagaces aportaciones para alcanzar el fin de la violencia etarra.

La socialdemocracia española se enfrenta a su más dura crisis. ¿Sabrá recuperar el prestigio pérdido?

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