Diario Vasco

Paesa, el truhán que engañó a ETA

Imagen de archivo de Paesa en los años 70.
Imagen de archivo de Paesa en los años 70.
  • El estreno de la película 'El hombre de las mil caras' vuelve a poner el foco sobre un estafador que consiguió vender a la banda misiles trucados

  • El paso de este personaje por Euskadi es una historia que mezcla a la CIA con traficantes de armas, los GAL y la masonería

El próximo sábado se presenta en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián 'El hombre de las mil caras', la película con la que el sevillano Alberto Rodríguez recrea la historia de Francisco Paesa, el 'fontanero' del Ministerio de Interior en los mandatos de Felipe González y cuyo nombre aparece en las tramas más siniestras vinculadas con los gobiernos socialistas de los años 80. En Euskadi, Paesa fue clave para asestar a ETA uno de los mayores golpes de toda su historia: la 'operación Sokoa', en la que se consiguió vender a la banda dos misiles rusos a los que se habían colocado radiobalizas que permitirían localizarlos y llegar hasta la madre de todos los zulos de la organización. Fue una de las investigaciones más complejas llevadas a cabo en la historia de la lucha antiterrorista y contribuyó a su final, ya que permitió entrar de lleno en sus finanzas. Gran parte de sus inspiradores acabaron años más tarde en la cárcel por sus relaciones con los denominados Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL). Sólo Paesa se salvó al haber desaparecido en las sombras. Fueron personajes oscuros en tiempos oscuros.

Cuando la 'operación Sokoa' estaba en marcha en el otoño de 1986, un helicóptero sobrevolaba de forma periódica la muga francoespañola con dos agentes de la CIA a bordo. Los espías, armados con la tecnología más avanzada para unos años en los que todavía no existían los GPS, controlaban la baliza colocada en el interior de dos misiles antiaéreos que ya estaban en poder de la banda. Los norteamericanos estaban alojados en el cuartel de la Guardia Civil de Intxaurrondo, donde se habían hecho adictos a la Lotería Primitiva y aprendieron a jugar al mus. Su presencia comienza en la calle de Aldapeta, en San Sebastián, donde se habían entregado los dos cohetes capaces de derribar un avión en vuelo. O quizás mucho antes, en un despacho del Ministerio de Interior. Donde Paesa se reunía con sus amigos y agotaba cajetillas de tabaco rubio.

«La idea se le ocurrió a Julián Sancristobal», relata Rafael Vera, entonces secretario de Estado de Seguridad y, en ese momento, uno de los hombres más todopoderosos de España. Con el tiempo sería condenado por su relación con el secuestro de Segundo Marey, en lo que fue la primera acción de los GAL, y por la desaparición de dinero de los fondos reservados. El autor intelectual de la 'operación Sokoa', Sancristobal, era un bilbaíno que llegó a ser alcalde de Ermua con el PSOE y que más tarde sería director general de seguridad. También entraría en la cárcel por los mismos delitos que Vera. «Sabíamos que ETA estaba deseando hacerse con unos misiles y a él se le ocurrió la idea de vendérselos con algún tipo de tecnología capaz de rastrearlos y llegar así hasta sus almacenes. Contaron con Paesa porque era muy amigo de los comisarios de la Policía y de algunos guardias civiles», recuerda Vera.

«Un pícaro de categoría»

En ese momento, Paesa era un confidente policial conocido por haber sido novio de Dewi Sukarno, una de las mujeres del que fuera presidente de Indonesia, del que utilizaba el apellido. Paesa y Dewi formaban parte de la jet set y vivían como príncipes destronados. El español había intentado negocios que bordaban la estafa en lugares como la excolonia española de Guinea y su agenda telefónica tenía más nombres de delincuentes europeos que los archivos de la Interpol. «Fueron los policías los que encargaron a Paesa, un pícaro de categoría, que buscase al intermediario que vendía armas a ETA y le ofreciera los misiles. Mi misión fue conseguir las armas y trucarlas», explica Rafael Vera.

En este punto existen varias lagunas que todavía hoy, 30 años después, permanecen ocultas y ni siquiera Rafael Vera desvela del todo. Los misiles se consiguieron en el mercado negro aunque todo apunta a que fueron los servicios secretos israelíes los que facilitaron dos 'Sam 7' rusos a España. Luego, tras un acuerdo con el Gobierno estadounidense, fueron enviados a una base de la OTAN en Alemania, donde agentes de la CIA les retiraron la carga explosiva y les colocaron radiobalizas. Paesa se encargaría de mover los misiles, que terminaron en una furgoneta aparcada en la Cuesta de Aldapeta, en la capital donostiarra -no muy lejos de un cuartel de la Policía Nacional- donde serían recogidos por los miembros de ETA. El viaje del armamento hasta allí es incierto -como lo es todo lo vinculado al espionaje- pero puede ser que los misiles hubieran sido entregado en Portugal al traficante de armas que trabajaba para la banda terrorista.

En Gipuzkoa, el cuartel general de la operación se instaló en Intxaurrondo, donde la supervisó Enrique Rodríguez Galindo, el futuro general que en 2000 sería condenado a 71 años de prisión por el secuestro y asesinato de los presuntos miembros de ETA José Antonio Lasa y José Ignacio Zabala. En uno de sus libros de memorias describió a los dos agentes de la CIA y su pasión por el mus, después de que los propios guardias civiles les enseñasen este juego de naipes.

Los dos espías norteamericanos mantuvieron la radiobaliza de los misiles apagada durante 24 horas, en previsión de que ETA revisara los cohetes. Pasado ese tiempo, utilizaron su sistema para que comenzase a emitir. En un principio, la Policía creía que aquellos cohetes iban a ser entregados al 'comando Madrid', el grupo más sanguinario de la banda en ese momento y la pesadilla de las fuerzas de seguridad. Pero los microchips revelaron que se había quedado en algún lugar cercano a la frontera. Y no se movían. La batería de aquellos dispositivos sólo funcionaba un mes. Al comprobar que no iban a ser trasladados, desde el Ministerio de Interior se avisó a sus homólogos galos.

Policías franceses sobornados

Los misiles estaban ocultos en la fábrica de muebles 'Sokoa', en Hendaya, casi en la orilla del río Bidasoa. En esa tapadera construida por el aparato logístico de la banda se ocultaban todos los datos sobre las finanzas, los arsenales y el funcionamiento interno de los terroristas. Pero eso no se sabía en ese momento. «A la Policía francesa le habíamos ocultado parte de la información porque no nos fiábamos de todos los agentes. Había algunos que podrían tener la tentación de pasar información a la banda, ya que su obsesión política era que el terrorismo no se extendiera a suelo galo. Sólo avisamos cuando ya estábamos seguros de la localización de los misiles», cuenta ahora Rafael Vera.

Cuando los agentes galos entraron a la fábrica de muebles se encontraron con una pared. Los datos de la Policía española les llevaban al muro de un sótano en el que no había ni un solo elemento delictivo. Fue la insistencia española la que consiguió encontrar el mecanismo de activación de la trampilla que conducía a uno de los mayores zulos de la historia de ETA. Según Vera, para que la información gala llegase cuanto antes a Madrid y se pudiera trabajar con la información sin esperar a la burocracia judicial se había sobornado a algunos funcionarios franceses que les hicieron llegar algunos documentos claves. Además, el Ministerio de Interior contaba con la colaboración de Angel Guerrero, un español con un alto grado en la masonería francesa que tenía acceso a los principales responsables de las instituciones galas y que estaba a sueldo del Gobierno español. «Gracias a los masones pudimos sortear muchos problemas y comenzar a revisar los archivos de ETA. Creo que hasta la tregua se ha continuado obteniendo información de esos documentos», narra el exsecretario de Estado de Seguridad.

Rafael Vera ha publicado este año el libro 'Operación Sokoa', prologado por Alfonso Guerra, en el que relata los pormenores de esta misión «con una parte de ficción, aunque la realidad es la que más se parece a la ficción». En aquel zulo al que llevaron los contactos de Paesa - «el señorito vendemisiles», según el autor- aparecieron no sólo los principales archivos de la banda. Los agentes encontraron también los uniformes y las armas de la Ertzaintza que tres años antes el agente Iñaki de Juana, actuando como 'topo', había robado en la Diputación de Gipuzkoa. También aparecieron unas extrañas medallas conmemorativas. Eran las que los jefes de ETA otorgaban a los etarras más sanguinarios.

La película de Alberto Rodríguez relata los episodios ocurridos tras esta operación, cuando Paesa ayudó al Ministerio de Interior a localizar a Luis Roldán, el director general de la Guardia Civil Luis huido a Laos en ese momento para evitar su paso por los tribunales acusado de saquear las arcas del instituto armado. La sospecha es que Paesa pudo embolsarse más de cinco millones de dólares en esta operación, en parte, procedentes del dinero que el propio Roldán había robado. En el caso de la 'operación Sokoa', la incógnita es si Paesa llegó a cobrar por sus servicios o fue engañado por sus 'amigos' en el Ministerio de Interior.