Diario Vasco

El bipartidismo se juega su futuro en tres elecciones

Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, en las escaleras de la Moncloa
Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, en las escaleras de la Moncloa / Archivo
  • El PP sostiene que la fórmula vigente desde la Transición se mantendrá, pero el PSOE teme que la Moncloa sea un asunto de tres

La alternancia política entre los dos grandes partidos está en el alero. El 24 de mayo y el día de noviembre que escoja el presidente del Gobierno para celebrar las elecciones generales serán las dos fechas que permitirán calibrar el estado de salud de la fórmula instaurada en 1977 y que se ha mantenido inalterable hasta las últimas legislativas de 2011. El PP se muestra convencido de que el sistema se mantendrá porque la estabilidad, en palabras de Mariano Rajoy, es «lo mejor». Los socialistas, en cambio, no las tienen todas consigo y se barruntan que el Ejecutivo ya no será un asunto a dirimir solo entre dos.

El protagonismo de los dos grandes en el escenario político ha sido abrumador desde la transición. En las primeras elecciones democráticas entre la extinta UCD y el PSOE acapararon el 63,7% de los votos, y la tercera fuerza, en aquella ocasión el Partido Comunista, se quedó en un 9,3%. En las últimas generales de noviembre de 2011, entre PP y los socialistas acapararon el 73,3% de las papeletas, y el tercero, Izquierda Unida, el 6,9%. Entre medias, los dos partidos mayoritarios han sumado siempre más del 65%, con momentos estelares de más del 80% en 2004 y 2008.

Esta realidad puede pasar a ser historia por la brutal caída de PP y PSOE, carcomidos por las impopulares respuestas a la crisis y los casos de corrupción que erosionan su credibilidad. En paralelo, han surgido nuevas fuerzas políticas, el caso más notorio es Podemos, que amenazan la hegemonía de los dos grandes. Aunque no es solo el partido de Pablo Iglesias el beneficiario de ese desgaste; Ciudadanos, y en menor medida UPyD, Izquierda Unida y los nacionalismos, se han alimentado de ese deterioro.

Toque de atención

El toque de atención más claro para PP y PSOE fueros los comicios al Parlamento Europeo de mayo del año pasado, cuando entre los dos no llegaron al 50% de los sufragios. Un descalabro que han confirmado después todas las encuestas, unas prospecciones que hacen pensar que la situación se va a repetir en las elecciones generales de noviembre y que abrirán un escenario inédito. En estos 38 años de democracia nunca ha habido una pugna a tres bandas por el Gobierno nacional.

Rajoy y la dirección del PP, no obstante, hacen un análisis más tranquilizador para sus intereses. Consideran que las deserciones en su electorado no se traducen en un trasvase hacia otras opciones políticas. Los populares han asumido el análisis del experto Pedro Arriola de que sus votantes huidos se han quedado en su gran mayoría en la abstención. Calculan que cerca de dos millones de desengañados con el Gobierno de Rajoy prefieren quedarse en casa antes que apoyar a otros partidos.

Ese es el gran objetivo del PP, recuperar esos votos desencantados. Rajoy lo ve posible porque está convencido de que los primeros buenos datos económicos se trasladarán este año al bolsillo de los ciudadanos y volverán a confiar en el PP.

Mucho ruido

El jefe del Ejecutivo y líder de los populares no se plantea grandes revoluciones ante las próximas citas electorales persuadido de que ahora hay «mucho ruido» y de que llegado el momento los ciudadanos escogerán la certidumbre. Rajoy repetirá como candidato a la Presidencia del Gobierno y no cree que le afecte la 'fatiga de materiales' que han detectado otros partidos en sus liderazgos nacionales y que les han llevado a hacer cambios. Tampoco se prevén grandes novedades en los aspirantes autonómicos y municipales, con las dos únicas incógnitas por despejar de Madrid y la Comunidad Valenciana. El PP, en resumen, apuesta por la continuidad.

El PSOE dibuja un cuadro más sombrío, en buena medida porque no consigue despegar en los sondeos de intención de voto a pesar del cambio de líder del partido, la profunda renovación de su comisión ejecutiva y el firme declive de los populares, un retroceso que no logra rentabilizar.

Los socialistas no ven factible que vayan a sufrir un descalabro como el que han sufrido otras fuerzas políticas de su misma ideología. El ejemplo del Pasok griego, con su exiguo 5% en intención de voto, no entra ni en sus peores previsiones; pero tampoco parece muy factible en sus mejores perspectivas alcanzar el 30%, que siempre, salvo hace cuatro años, han superado con amplia comodidad.

El primer banco de pruebas va a ser las elecciones municipales y en 13 de las 17 comunidades autónomas del 24 de mayo. Aunque son unos comicios con un importante componente local, también tienen su lectura nacional porque suelen ser un preludio de las votaciones legislativas nacionales.

Si el PSOE no logra, dentro de la modestia de sus expectativas, unos resultados esperanzadores, en esas primeras citas electorales el futuro de Pedro Sánchez, con solo seis meses al frente del partido, estará en entredicho y lo que se presumía que iba a ser un paseo militar en las primarias de julio para elegir el candidato a la Presidencia del Gobierno puede convertirse en una disputa a cara de perro. Será, dicen muchos dirigentes socialistas, la hora de Susana Díaz.