De la que subes, para en Córdoba

Los arcos de la mezquita de Córdoba./R.C
Los arcos de la mezquita de Córdoba. / R.C

Aún hay vascos que apuran el verano en las playas andaluzas, pero eso no durará para siempre. De vuelta a casa hay que pasar al menos una noche junto a la mezquita y celebrar la vida con salmorejo, rabo de toro y berenjenas con miel

LUIS LÓPEZ

Sí, ahora en Córdoba aún hace mucho calor. ¿Y qué? ¿Qué importa eso si al anochecer la piedra del puente romano brilla amarilla y luego la luna llena arranca destellos del Guadalquivir? ¿Qué importa el calor si dentro de la mezquita-catedral se está fresco y en el mercado Victoria hay cerveza, salmorejo, rabo de toro y berenjenas con miel? Tienen suerte todos esos vascos que aún sestean en la costa andaluza, que apuran los restos del verano antes de volver al Norte, porque cuando llegue el momento de regresar, de la que suben, pueden parar aquí, en la que hace once siglos era la ciudad más refinada y poblada de Europa. Y eso aún se nota.

Por supuesto que la patria de Séneca merece una visita pausada, de varios días, para paladear el esplendor romano, la delicadeza del califato, para admirar sus patios y sus palacios, para acercarse a Medina Azahara... Pero estamos de retirada, aún llevamos arena en los pies, y bastante tenemos con arañar una noche, quizás la última de las vacaciones. ¿Merece la pena hacer aquí una parada técnica de regreso a Euskadi? Por supuesto.

Eso sí, siempre que nos alojemos en uno de los hoteles que están al lado de la mezquita-catedral. Están bien el Maimonides y el Conquistador porque son baratos (algo más de 50 euros la noche) y desde las habitaciones parece que se pueden tocar las filigranas y los mosaicos exquisitos que adornan la fachada del templo. También es cierto que hay que ir preparado para llegar hasta aquí: el acceso es infernal. Y el GPS, un estorbo. Lo prudente es pedir indicaciones en el hotel y luego dar la matrícula en recepción para que anulen todas las multas en las que habremos incurrido por invadir zonas peatonales y circular en dirección prohibida, al borde de un ataque de ansiedad y con la espalda empapada de sudor. Lo hacen, y aquí no ha pasado nada.

El Puente Romano sobre el Guadalquivir en Córdoba.
El Puente Romano sobre el Guadalquivir en Córdoba. / R.C.

Cuando cae el sol, al atardecer, es delicioso dar un paseo alrededor de la mezquita-catedral, bajar hasta el Arco del Triunfo, y luego cruzar el Puente Romano. Es una experiencia caminar junto al Guadalquivir bajo la silueta majestuosa del casco histórico, el segundo mayor de Europa y, dicen, el mayor espacio urbano del mundo que ha sido declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad. Por ahí hay sitios donde picar algo, aunque para cenar también se puede ir en la dirección opuesta, hacia el norte por la calle Céspedes, hasta la Plaza de las Tendillas. La gente del lugar se junta ahí y recomienda sus locales, pero uno debería dejarse llevar por la intuición y evitar establecimientos de esos impersonales y de estética minimalista que anuncian a gritos mediocridad y decepción. Por mucho que los recomienden. En caso de errar en la elección del restaurán, uno siempre se puede resarcir con un helado de vuelta al hotel, o con una copa en un bar normal.

Pero sin muchos excesos. Porque a la mañana siguiente lo mejor es madrugar, desayunar, y entrar en la mezquita-catedral entre las 8.30 y las 9.20, la hora más tranquila y cuando el acceso es gratuito (si no, la entrada cuesta 10 euros). La verdad es que uno se podría pasar horas en este mar de columnas y destellos, en esta mezquita que tiene una catedral en medio. Cada zona tiene su historia, cada ampliación responde a un estilo. Están los rincones oscuros y recogidos que contrastan con la opulencia y los brillos dorados del maqsura y el mihrab, espacios reservados para el califa. Están las inscripciones árabes que dan acceso a capillas cristianas. Un montón de historia mezclada que tiene su continuación afuera, en el patio de los naranjos y en las calles adyacentes, donde policías con armas largas vigilan tensos, porque, por su poder evocador y condición simbólica, es difícil encontrar un objetivo más tentador que este para el terrorismo radical islámico.

La mezquita bien merece una mañana y luego, para comer, hay que poner rumbo al mercado Victoria, a sólo diez minutos caminando. Ya la construcción merece la pena, porque se trata de un edificio decimonónico de forja incrustado en los bonitos Jardines de la Victoria. Pero lo mejor está dentro. Una treintena de puestos ofrecen delicias locales e internacionales en un espacio único. Es bueno ir picando, dejarse tentar, y recopilar platos de aquí y allá para ir probando. Claro que este proceder conlleva el riesgo de entusiasmarse demasiado y encontrarse en la mesa con más comida de la que puede ser consumida. En este caso, es una gran idea llevársela empaquetada para dar cuenta de ella al día siguiente, ya en casa, de vuelta en Euskadi, y alargar así un poco más, casi patéticamente, la sensación de estar de vacaciones.

Despacito, queso y gasolina

Puede ocurrir que no haya nadie cuando uno se pare a repostar en la gasolinera de Repsol que está en el kilómetro 106 de la A-4, en la autovía de Andalucía a su paso por el municipio toledano de Madrilejos. Y puede también suceder que en ese preciso instante comience a sonar por megafonía el 'Despacito'. Ahí la cosa se va animando. Entonces aparece Mariano o Elías. Porque aquí aún hay ese toque humano. Todo el mundo balancea los hombros porque suena la música mientras el gasolinero llena el depósito.

Lo bueno de este establecimiento, sí, es que quienes lo atienden son unos cachondos. Elías, con su mirada remotamente nostálgica, y Mariano, explosivo y vacilón. De manera que una parada rutinaria se convierte en un rato de divertida camaradería. Pero es que, además, aquí se demuestra que una estación de servicio no tiene por qué estar condenada a ofrecer únicamente los productos más anodinos e insípidos. En el kilómetro 106 de la A-4 hay quesos manchegos exquisitos como El Vegazo, producidos en el mismo municipio de Madrilejos, y aceites de oliva también locales y deliciosos como el García de la Cruz. Y todo barato.

De vuelta a Euskadi (a este paso, no llegamos nunca) ya casi no cabe más comida en el coche.

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