La Toscana riojana o El confort de los monjes

Una serpenteante calzada a través de la 'Toscana riojana' conduce al refugio anacoreta que llegó a ser el cenobio más boyante de la España medieval

Parada y fonda. Un pajar abandonado, convertido en cartel anunciador de la hostería que hoy alimenta al monasterio de Yuso.
Parada y fonda. Un pajar abandonado, convertido en cartel anunciador de la hostería que hoy alimenta al monasterio de Yuso. / G. E.
GUILLERMO ELEJABEITIA

Algo tendrá este valle a los pies de la Sierra de la Demanda para que los monjes lo escogieran como retiro. A los pies del pico San Lorenzo se esconde la celda que Millán, un anacoreta del siglo V, excavó en la roca con sus propias manos para vivir alejado del mundanal ruido. Casi a su pesar, la fama de este ermitaño que vivió 101 años se extendió por toda la España cristiana. En los siglos siguientes cientos de discípulos siguieron sus pasos y edificaron sobre aquella cueva el que llegó a ser uno de los monasterios más prósperos de la península. A él se llega por una serpenteante carretera que parte de Santo Domingo de la Calzada.

Abandonamos la ciudad jacobea flanqueados por los almacenes de patatas que alimentan la economía local, en dirección a Cirueña. Este viejo pueblo de labradores ha adquirido cierto renombre en los últimos años merced a un campo de golf y a un complejo residencial que ha doblado el tamaño de la localidad. Las casas son de ladrillo y cemento y no exhiben blasones; este nunca ha sido un pueblo de señores.

La iglesia, con su torre desconchada y sin más decoración que un reloj que hace décadas dejó de dar la hora, no aparece en los itinerarios artísticos de la región. Sus escasísimos vecinos son los tataranietos de quienes durante siglos llenaron con su trabajo las barrigas de los clérigos y las sacas de los nobles. En el bar Jacobeo, un bebedero sin florituras que durante el invierno hace las veces de club de la tercera edad, un grupo de japonesas al borde de la insolación repone fuerzas antes de seguir el Camino. Raya el mediodía y se impone buscar la sombra. La encontraremos en la abadía cisterciense de Cañas.

Nada más dejar Cirueña el encantamiento del campo de golf se desvanece y la amplia carretera recién asfaltada da paso a una calzada llena de baches cuyo último baño de brea fue hace muchos veranos. A cada curva, el mismo paisaje de colinas leves y campos agostados se manifiesta de manera diferente. Por momentos, uno no sabe si está en La Rioja o en la Toscana. Tomamos un pequeño desvío de 3 kilómetros por la LR-327 -apenas un sendero de cemento- para visitar el monasterio de Santa María de San Salvador, fundado en el siglo XII por una de las primeras comunidades femeninas del Císter en la Península Ibérica.

La llaman la 'Abadía de la Luz' y, caprichos de la Historia, hoy se dibuja en el horizonte enmarcada por un huerto solar. A través de los ventanales de alabastro de su iglesia gótica se cuela una luminosidad pura como la toca de las monjas, que siguen manchándose las manos de harina en el obrador para preparar los dulces que ofrecen a los peregrinos. Nada que ver con su macabra colección de reliquias, entre las que dicen contar con un puñado de calaveras de las legendarias 'Once Mil Vírgenes', esas que murieron junto a Santa Úrsula por negarse a satisfacer los apetitos sexuales de Atila y los hunos.

Y hablando de hambres bárbaras, han dado las tres en el reloj. A tiro de piedra de nuestro destino está Berceo, pueblo universal. Si a San Millán de la Cogolla las últimas investigaciones científicas le han arrebatado la paternidad de las primeras palabras escritas en castellano, este municipio de apenas 200 habitantes sigue teniendo entre sus vecinos ilustres al primer poeta. Un tal Gonzalo que quiso «facer una prosa en roman paladino» y acabó entregándose a los placeres de «un vaso de bon vino».

Como el que sirven en El Mirador de Berceo, una casa de comidas en las carreteras secundarias de la hostelería, desde cuyas ventanas se ve la silueta espigada del monasterio de Yuso. Levantado cuando Castilla ya era 'La Vieja', esta mole de estilo herreriano es una demostración de poderío económico con vocación escurialense. Es arriba, en la montaña, donde buscó refugio el anacoreta en una época guerrera y en una tierra fronteriza. Sus seguidores erigieron en los siglos posteriores el pequeño cenobio de Suso, una construcción enigmática en la que se mezclan los estilos visigodo, mozárabe y románico. Tras sus sillares se esconde la cueva primigenia. Son las cinco de la tarde bajo un calor abrasador, pero junto a la tumba del santo hace fresco. No hay duda de que Millán supo elegir su retiro.

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