San Petersburgo, de blanco y azul

Los seguidores realistas que han viajado a la capital del imperio zarista visitan la ciudad más bonita del norte de Europa

MIKEL SORO

Han tenido suerte, mucha suerte, los realistas que acompañan a la Real en sus desplazamientos internacionales, porque en esta ocasión pueden disfrutar de San Petersburgo, la ciudad más bella del norte de Europa. Y una de las más bonitas del viejo continente, compitiendo con París, Londres y Roma. Sus canales en el Río Neva, iglesias, monumentos y trazado urbano, son de lo más turístico.

San Petesburgo es un destino más que atractivo también para quienes al margen del fútbol europeo, quieran hacer turismo del bueno. Una San Petersburgo blanca y azul.

Lo primero que llama la atención son sus largas y rectas calles. Lo segundo, sus magníficas iglesias, especialmente la del Salvador de la Sangre Derramada, una obra maestra de los templos ortodoxos, al lado de uno de los canales más céntricos de la ciudad. Ya desde fuera se ve su magnificencia, la calidad de la construcción, los colores de sus cebolletas que rematan las torres… A los que gustan de visitar templos, se encontrarán además con la catedral Kazanskiy (Kazanskaya 2, metro Nevsky Prospekt) o la catedral Nikolski (Plaza Nikolskaya, metro Sennaya, Sadovaya o Spasskaya).

Museos y canales

Otras visitas interesantes son el Palacio Menshikovsi, del año 1711, en Univesitetskaya Naberezhnaya 15, metro Vasileostrovaskaya); el Jinete de bronce, estatua de Pedro el Grande, fundador de San Petersburgo (plaza Senatskaya, metro Nevsky Propspekt); la Puerta triunfal, que rememora la victoria rusa en la guerra contra los turcos en el siglo XIX (plaza Moskovskiye, Vorota, metro del mismo nombre) y la fortaleza amurallada de San Pedro y San Pablo, ubicada en un islote en la confluencia de dos canales del Neva. Si se dispone de más tiempo merece la pena visitar los palacios Petrodovorest y Pushkin o presenciar un espectáculo folclórico en el teatro estatal, muy céntrico.

Pero, sí o sí, hay que visitar el Museo del Hermitage. Se salvó de la rapiña del ejército nazi por la valentía de su gente, cuando resistió 800 días el cerco sobre la ciudad, cuando se llamaba Leningrado, en tiempo de la URSS.

Es el más grande del mundo. Si dedican cuatro horas, habrán visto la décima parte de las maravillas que contiene. Habrá colas, pero la gente entra con rapidez, porque está muy bien organizado. Los alrededores son edificios y construcciones imperiales. Estatuas, edificios, monumentos… Por algo era la capital del imperio zarista ruso.

No se deben perder tampoco el paseo en motora por sus canales más céntricos. Dura hora y media y cuesta unos 10-12 euros. Merece la pena porque se disfrutan de la visión de toda la monumentalidad de San Petersburgo. Lo mismo ocurre con el metro. Sin ser el de las maravillosas estaciones de Moscú, no deja de ser mágico hacer un recorrido o varios. Las señalizaciones están en cirílico y en nuestra grafía. Y como es una gran ciudad, hay que tener cuidado con los bolsos y billeteras. Ya saben. Más vale prevenir que lamentar.

Comprar y comer

Las compras las pueden hacer a lo largo de toda la calle Nevsky Prospekt, donde se encuentran las mejores tiendas, las habituales en las grandes ciudades. Y en ella, en el número 35, hay que entrar a ver el Bolshoy Gostiny Dvor, un gran centro comercial al estilo ruso. No se les ocurra comprar una balalaika, porque son para turistas, de rascarrasca, es decir, no suenan. Las profesionales cuestan una fortuna, unos mil euros. La artesanía, ropa de abrigo, gorros de piel, guantes… son de calidad y buen precio.

Y es que los precios son más que contenidos. Hay que llevar rublos, pero también cogen euros, aunque te hacen el cambio siempre a su favor, claro. Un gran vaso de cerveza cuesta dos euros. Un vodka, tres. Comes bien por diez euros en una cafetería o restaurante turístico.

Los que quieran gastar un poco más pueden ir a los restaurantes Baron (Malaya Moskaya Ulitsa 14, al Kopovabar (Karavanna Ulitsa 8), Rodchenko (Moskovsky Prospekt) que además tiene un bar, impecable y enorme. Los camarero/as son muy amables, especialmente si te diriges a ellos en ruso. Aunque solo sea para decir hola, adiós, salud (nasdrovia). Lo mismo que la gente. Aunque sea en septiembre, las y los rusos irán vestidos de verano. Para ellos estar a 15 grados es como para nosotros salir a la calle con 25. Faldas cortas y camisetas de tirantes ellas y mangas de camisa y pantalón corto para ellos. «Ya llegará el invierno», piensan.

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