ARTIKUTZA, LA JOYA PROTEGIDA POR LOS BOSQUES

Enormes bosques poblados de acebos, hayas, robles y otras especies protegen este enclave precioso

Conjunto de casas que conforman el nucleo urbano de la finca./IÑIGO ARIZMENDI
Conjunto de casas que conforman el nucleo urbano de la finca. / IÑIGO ARIZMENDI
ELISA BELAUNTZARAN

Una suave niebla cubre las copas de los frondosos árboles que comienzan a lucir un manto bicolor. El intenso verde da paso, poco a poco, a unos tonos rojizos, marrones, amarillos en hayas, robles y demás árboles que se encuentran en la entrada de la finca de Artikutza. La belleza natural del paraje envuelve al visitante mientras avanza entre bosques plagados de hayas trasmochos que con sus caprichosas formas emulan a esculturas naturales. Madera que no hace muchas décadas era utilizada por los carboneros que realizaban un arduo trabajo para lograr ese bien tan preciado antaño como era el carbón. Hombres capaces de domar los hayas, que hoy aparecen retorcidos y llaman la atención de los visitantes.

Y es que la tranquilidad que hoy impera en todos los rincones de la finca, ajena al ajetreo mundano, hace difícilmente verosímil la historia de que en el siglo anterior,Artikutza fue escenario de jornadas más ajetreadas e intensas, en las que varios cientos de personas convivían y trabajaban en sus bosques talando árboles, haciendo carbón, extrayendo y transportando el mineral de sus minas.

Durante todo el año se organizan interesantes visitas que proponen salidas para conocer la historia de la finca, sus habitantes, sus oficios, su riqueza natural...

Historia que comienza tal y como la conocemos ahora en el siglo XX, cuando el Ayuntamiento de San Sebastián la compró. Fue en el año 1919 y el consistorio donostio pagó 3.200.000 pesetas de las de entonces (unos 19.233 euros) con el objetivo de ‘controlar’ el abastecimiento de agua de la ciudad tras una epidemia de tifus.

Al parecer, tras adquirir la finca, el Ayuntamiento de Donostia construyó una amplia red de tuberías y canales y prohibió todas las actividades que pudieran contaminar el agua: explotaciones forestales, mineras, ganaderas… limitando el acceso de personas y trasladando a los habitantes de los caseríos dispersos por la finca al barrio de Artikutza.

Pero la historia de Artiku-tza es muy anterior. Las primeras referencias escritas de este precioso enclave situado en terrenos de la localidad navarra de Goizueta datan del siglo XIII, cuando era posesión de la Colegiata de Roncesvalles. Los monjes agustinos arrendaban o explotaban las ferrerías, los derechos de explotación del carbón, la extracción de mineral, el aprovechamiento forestal y de pastos para el ganado. Hoy en día, todavía son visibles los mojones, grabados con el símbolo de Roncesvalles, que delimitaban las posesiones de la Colegiata en el centro urbano de la finca. Además, la finca de Artikutza fue objeto de las desarmotizaciones del siglo XIX. En 1844 pasa a ser propiedad particular. Tras pasar por varias manos, los herederos del marqués de Arcillona venden la finca al Ayuntamiento de San Sebastián.

En la actualidad varias edificaciones ocupan el centro urbano de la finca, en el que destaca una enorme casa señorial, que fue propiedad del dueño de la antigua ferrería, y muy cerca de ella se encuentran una borda, el frontón y la ermita de San Agustín, que completan el poblado de Artikutza, que ofrece una estampa de cuento, pintada con tonos otoñales que han transformado el manto de sus árboles en el que predominaban los verdes en rojos, amarillos, ocres, marrones...

Viejos trazados de ferrocarriles mineros, minas, ferrerías y molinos salpican aquí y allá entre los bosques de la finca. Se localizan fácilmente siguiendo los recorridos señalizados y propuestos para conocer la actividad laboral que se llevaba a cabo en ella. Entre ellos, se encuentran los restos de la antigua vía del tren de Artikutza que se construyó 1898. El ferrocarril minero y forestal deArtikutza recorría unos 30 kilómetros, el de mayor longitud de España en su categoría y su vida se prolongó hasta 1917. A finales del siglo XIX se abrió el primer tramo de ese ferrocarril en la vertiente guipuzcoana de Bianditz.

Transcurría desde las minas de hierro de Zorrola, situadas en el barrio oiartzuarra de Karrika y transportaba el material extraído hasta la estación de Errenteria, donde enlazaba con el Ferrocarril del Norte. Cuentan que los cestos de carbón vegetal y de hierro extraído en las mina de Elama llegaban a Karrika volando. La razón es muy sencilla. Las características del terreno hicieron que la Compañía Forestal de Artikutza transportara su producción por medio de un sistema de cables aéreos. Sistema que desapareció cuando se amplió la línea de tren hasta Artikutza con una obra que obligó a trazar tres planos inclinados para salvar los desniveles. Los vagones debían subir y bajar por una rampa con mucha pendiente y dos vías paralelas. Los trabajadores enganchaban los vagones a una cadena y con la ayuda de vagones cargados de agua que bajan a toda velocidad, lograban subir por la otra vía los cargados de miner.

Riqueza natural

Al pasear por la finca el silencio absoluto se rompe con el sonido del agua que discurre por el río y que se mezcla con el canto de las aves o el sonido insistente de un laborioso pájaro carpintero que ha encontrado su paraíso terrenal en los poblados bosques. Paraíso que comparten con corzos, jabalíes, gatos monteses, martas, reptiles, corzos, ardillas, anfibios como la rana bermeja o la salamandra común y un sinfín de murciélagos.

Sin olvidar esa joya animal que se mueve en silencio por las entrañas de la finca y está en peligro de extinción. Se trata del desmán de los Pirineos, este pequeño mamífero es una especie de la familia de los topos que en la finca estudian y cuidan con mimo. Otra especie peculiar porque no abunda pero se puede encontrar en la joya natural donostiarra es el mirlo acúatico.

Este precioso entorno natural protegido en el que se puede disfrutar de largos paseos en contacto con la naturaleza es una ruta circular, de algo más de 11 km (ida y vuelta) y perfectamente señalizada. Se estima que en sus 3.700 hectáreas viven cerca de un millón de árboles, con mayoritaria presencia de hayas y robles entre los que se encuentran hermosos rincones como la preciosa cascada de Erroiarri, entre otros.

Un paraíso por descubrir

La finca de Artikutza cuenta con 3.645 hectáreas, de las cuales 2.893 son de frondosas; 381 de coníferas; 355 de forestal no arbolado; 86 de agua; y las 16 hectáreas restantes corresponden a espacios productivos. Junto con la belleza natural, los visitantes pueden disfrutar de un recorrido por la historia de este enclave donostiarra. El próximo sábado se realizará la visita guiada del ferrrocarril de la mano del experto Anton Mendizabal. Se recorrerán unos 9 kilómetros y un desnivel de 335 metros. Para inscribirse llamar al 690 72 02 64 de lunes a viernes, de 08.00 a 16.30 horas o en la página web del consistorio donostiarra.

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