Diario Vasco

Japón está en Landarbaso

    (Casi) todos los verdes posibles de la Naturaleza.Casi todos los rosáceos, violetas, púrpuras, sanguíneos posibles bajo el cielo azul.
    (Casi) todos los verdes posibles de la Naturaleza.Casi todos los rosáceos, violetas, púrpuras, sanguíneos posibles bajo el cielo azul. / LOBO ALTUNA
    • Transitando en la niebla. Es el título del blog de Jesús Rodríguez, el propietario y al mismo tiempo fiel guardián y esclavo feliz de esa hectárea donde se medita y se vive bajo magnolios amarillos y entre rocas sintoístas

    Heló en abril en el Valle del Ebro. Nevó en el Pirineo. Se llenaron de humedades las entradas de las cuevas de Landarbaso y Aitzbitarte y el agua que desde el monte Igoin colma el arroyo aun lleva una capa de hielo. Dice el refrán que cuando abril truena, noticia buena pero temen en La Rioja Alavesa por las cepas, las vides, la uva y el vino próximo. Lloran algunos por sus frutales y bendicen otros las primeras lluvias de mayo.

    Nada temen sin embargo los arces, los cipreses de Lawson, los líquenes, las camelias, los bambúes negros, los pequeños alerces autóctonos, siberianos o japoneses, los abedules de corteza rosada envuelta en mitología. Nada temen las azaleas con sus hojas en forma de campana. Los membrilleros orientales y las hayas viejas (o quizás aun jóvenes) como de 40 años que sienten pasar el tiempo convertidas en hermosos bonsais. Nada teme ese roble que crece lento desde sus 90 años.

    Todos están protegidos en el espacio vital y ensoñador creado por uno de los 13 habitantes del barrio donostiarra de Landarbaso. Él es Jesús Rodríguez, un economista retirado que soñó con ser ingeniero agrónomo, acaba de regresar de una aventura fotográfica en Vietnam y es hijo de pescador cántabro perdido en el mar y navarra imperiosa nacida en Arroniz, allí donde se rinde culto al buen aceite.

    En esa zona increíble, cruce de caminos, sendas y veredas. No tan lejos del Parque de Listorreta, de su merendero, y su club hípico. Cerca del caserío Perurena, en estas exactas coordenadas de latitud y longitud, 43°16’23.2’’N 1°53’51.8’’W, tras una puerta de cobre oxidado que representa al sol que nace y alque se pone, en un terreno donde aun queda algún manzano y donde las zarzas guardan, feroces, su hábitat, las horas pasan con intensa lentitud discutiendo sobre las variedades del arce, ese árbol cuyo hoja embellece la bandera de Canadá, su savia es jarabe redentor de tantas fatigas físicas, la dureza de sus ramas fue alabada por Plinio y hoy esa madera es la única admitida para los bates de las Grandes Ligas de béisbol USA.

    El arce es el rey del jardín japonés que se oculta tras esa puerta de cobre grabado. Necesita una tierra de no excesivo ph. Necesita luz pero no aguanta bien que el sol impacte directamente sobre sus hojas. Así que en esa hectárea de Landarbaso, no tan lejos del dólmen de Igoingo Lepoa, todo está proyectado para proteger, resguardar y al mismo tiempo realzar unas cuantas, unas muchas de las 160 especies de arce reconocidas y algunos de los más de 1000 cultivares que existen en el mundo del arce japonés, siendo el cultivar ese grupo de plantas seleccionadas artificialmente por diversos métodos a partir de un cultivo más variable, con el propósito de fijar en ellas caracteres que los maestros jardineros, los amantes de ese árbol y los cultivadores fascinados consideran importantes por su belleza, por la delicadeza de sus lóbulos, por la simetría de sus nervios, por las inflorescencias con aspecto de racimo...

    De hecho, Jesús mezcla semillas que compra directamente en Japón, investiga, sueña, planta y espera. Y así surge en Landarbaso, no lejos de los senderos del agua, el arce ’palmatum’ de hojas de tonos rosáceos, púrpura y rojos que vemos en la foto no lejos de la gata y la carpa. Jesús, que lleva una década estudiando japonés, lo llama ‘Niji’. Significa, ‘Arco Iris’.

    Los nombres del arce

    Y ahí están los arces. En una hectárea secreta de Landarbaso. Viviendo, un año más, el prodigio de la primavera. Iluminados entre las ramas protectoras de la catalpa, árbol cuyo origen está en Norteamérica, las Antillas y Asia Oriental, cuya sombra es densa y entre cuyas ramas los pájaros se protegen del frío y la lluvia. Y si no es la catalpa, será la sequoia japonesa que aunque siempre que oigamos ese nombre pensemos en Yosemite, existir, existe. Es la ‘criptomeria japónica’ y allá en el mar del Japón se llama ‘sugi’.

    Julieta no pensaba en el arce al preguntar ‘¿Qué hay en un nombre? Eso que llamamos rosa tendría la misma fragancia con cualquier otro nombre’ pero cada uno de los que tiene le dan a ese árbol un sentido distinto. Porque si hay uno ‘palmeado’, hay otro llamado ‘atropurpureum’. Otro dicho ‘yamamoniji’ ,que significa ‘de la montaña’. Al plateado se le dice ‘Sacharinum’. Y lo hay griego. Y también de Capadocia. Y uno nombrado ‘Sango kaku’, indicando ‘sango’ese color de sangre que lleva en sus hojas.

    Una hectárea japónica lejos del cruce de caminos. Y tras la puerta de cobre, un jardín sintoista creado con rocas, agua y árboles. Jardín para la meditación y la contemplación interior. Hay un estanque donde las carpas encelan a la gata cazadora. Mientras, Jesús proyecta hoy lo que con el tiempo será un jardín zen, abstracción pura de la Naturaleza.

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