Diario Vasco

Tras el misterio de los seles

Vacas y yeguas pastan en los pastos de Arritzaga, zona de las minas de Amezketa en Aralar, indiferentes al paso de un grupo de mendizales
Vacas y yeguas pastan en los pastos de Arritzaga, zona de las minas de Amezketa en Aralar, indiferentes al paso de un grupo de mendizales / Belauntzaran
  • Miles de cabezas de ganado eran alimentadas en las zonas delimitadas por los seles, espacios en los que los ganaderos gozaban de protección y derechos

El tiempo ha hecho que muchos hayan desaparecido o al menos hayan caído en el olvido, pero los seles fueron claves en la ganadería vasca. Se trataba de claros en el bosque para recoger ganado y era conocidos en euskera como sarobe, saroi, korta...

La mayoría de las veces eran terrenos comunales, casi siempre redondos y unidos al pastoreo o la cría de ganado bovino. Se piensa que estos terrenos estarían limitados con algún muro y el uso de los mismos estaba estipulado por el pago de impuestos que aseguraban el buen recaudo de las cabezas de ganado.

Existen testimonios escritos que indican claramente que por aquel entonces la palabra vasca ‘hausterretza’ no significaba necesariamente ‘mojón’ sino también ‘lugar donde se ha hecho fuego’ (foguera, en español antiguo). Además de los términos abstarria (1452), abstarri (1487) y (h)ustarria (1516), también se han encontrado austerreça (1433), austerraça (1433), vstarriça (1485) y austerriça (1539-1542).

En cierta medida, los seles están relacionados con la cultura megalítica ya que son herederos de dicha cultura en muchos sentidos. De hecho, no parece que la cultura megalítica desapareciese de repente. Se han encontrado testimonios de seles en Berastegi, Aizarna, Errezil, Aia, Amasa-Villabona, Usurbil, Orio, Donosita, Ataun, Zegama, Azkoitia, Azpeitia, Bergara y Elgeta, muchos de ellos con su correspondiente centro, por no decir todos. Lo mismo en Salazar (Ori, Abodi, Ezkaroz), valle de Aezkoa (Garralda), Roncesvalles, valle de Erro, Esteribarren (Larrasoaña), Zugarramurdi, Urdazubi, Beintza (Labaien), Basaburua Mayor (Beruete), Larraun (Baraibar), Valcarlos, Les Aldudes, Quinto Real, Saint-Michel, Urepel, Banca, Lasse, Cinco Villas (Etxalar, Bera), Hondarribia, Deba, Amorebieta, Busturia, Zeberio, Igorre, Gueñes, Sestao, Arrigorriaga, Berriz y Mañaria, Andimendi, Entzia, Asparrena, Zalduondo, San Millán, Barrundia, Aiala, Orduña, Zeanuri, Busturia, Lekeitio, Elorrio, Markina, Durango, Aramaio.

Luis Mari Zaldua, filólogo, antropólogo y estudioso de los seles, recoge en sus trabajos que «los seles son espacios de naturaleza diferente y diferenciada. Dado que hablamos de diferenciación, algunos centros de sel podrían haber sido elementos de protección, y no mojones al uso. Las primeras menciones escritas de los seles son de la Alta Edad Media; los primeros testimonios escritos del nombre del centro del sel en euskera datan del siglo XV».

«Los seles que encontramos entre dos poblaciones (o dos provincias) reflejan claramente que estos constituían un derecho de explotación (de pasto, de madera...). Una parte de un sel, un dieciseisavo del mismo, no tiene valor de propiedad, sino de derecho o, mejor dicho, constituye un modo de lograr un derecho. Así, existen documentos en los que los paisanos otorgaban a alguien ‘derecho de sel’».

En suma, «constituyen un apartado poco conocido de la cultura pirenaica occidental. En un tiempo hubo cientos de seles, que constituían la base de la ordenación territorial, pero actualmente, en la mayoría de los casos, no encontramos más que testimonios escritos de los mismos».

Según Zaldua, «la función de los seles era triple, puesto que además de contar con chabolas, corrales y pastos, también eran lugares diferentes y diferenciados, así como normas-derechos de explotación ganadera. Antaño, en un amplio ámbito territorial, existía un mismo modelo o normativa de explotación y transformación del espacio ganadero. En la trayectoria de los seles ha resultado muy importante la transformación en propiedad del derecho derivado de la tradición. Parece que la concreción de dicho derecho está relacionada con los cambios producidos en el primer milenio y, concretamente, con los producidos en la época que desemboca en el surgimiento del reino de Pamplona».

«En la Alta Edad Media, al contrario de lo que afirman algunos, la población de montaña no formaba un grupo humano basado exclusivamente en la relación familiar sino, más bien, una sociedad organizada alrededor del derecho de usufructo del espacio. De hecho, la aristocracia que posteriormente cedió los seles a la Iglesia se fortaleció apropiándose de dicho derecho de usufructo. No obstante, los seles no son un fenómeno surgido a finales de la Alta Edad Media, puesto que, en muchos aspectos, son herederos de la organización social previa. Con el paso del tiempo, lo que un día fuera derecho de usufructo se convirtió en propiedad, especialmente debido a la influencia de los monasterios y señoríos».

Parece ser que «muchos solo se utilizaban en verano. Algunos eran privados, la mayoría de las veces unidos a Parientes Mayores». El poder de uso de estos espacios ‘reservados’ era un bien muy codiciado en una sociedad agro-pecuaria en la que la ganadería era clave. Rebaños de reses, propiedad de la colegiata de Roncesvalles, llegaban hasta tierras tierras guipuzcoanas. En este y otros casos, «su gran número de cabezas hacía que fuera necesaria una ordenación social (jefe de pastores, señor del sel, señor de la manada, jefe de peones), de medidas (gorabil, gizabete, hamalau-oin) y, especialmente, de derechos (tercio, cuarto, dieciseisavo)».

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