Diario Vasco

Atalayas, los ojos del mar

  • bale talaiak

  • Es una propuesta de las oficinas de turismo de Getaria y Zarautz para recorrer tres itinerarios por las atalayas de observación del mar entre ambas localidades costeras

En un mundo globalizado donde la información es poder y poseerla lo antes posible algo fundamental, conviene echar una mirada atrás para ser conscientes de que esta necesidad de conocer, de saber antes que los demás, de manejar la información en primer lugar, no es algo nuevo.

Las atalayas que podemos encontrar en nuestra costa nos recuerdan que muchos siglos atrás también era fundamental conocer todo lo que ocurría en nuestro entorno para sacar el mayor provecho posible, y para las localidades costeras el mar era el punto de observación más interesante y productivo que tenían.

Bale Talaiak

Bajo este nombre se esconde una iniciativa de las oficinas de turismo de Getaria y Zarautz que invita a conocer mediante varios itinerarios las atalayas que utilizaron nuestros antepasados para escudriñar el horizonte en busca de oportunidades.

Son tres recorridos que se realizan a pie y que arrancan en el puerto de Getaria, desde donde se sube al monte San Anton en el primero de ellos, se camina hasta Zarautz por el paseo peatonal que va junto a los acantilados de la costa paralelo a la N-634 en el segundo, y con un tercero que suma los dos primeros y que invita a subir a Santa Bárbara y regresar a Getaria por el barrio de Eitzaga.

Son muy sencillos de realizar, están perfectamente señalizados y permiten al paseante conocer un poco más nuestra historia, visitando estos puntos estratégicos desde los que antaño se obtenía información muy útil para sus vecinos y que además cuentan con bellísimas estampas de nuestro mar Cantábrico y de su preciosa costa.

Mirando al mar

La utilización de estas atalayas fue fundamental durante mucho tiempo, como recuerda el historiador zarauztarra Xabier Alberdi, experto conocedor de todas las cuestiones relacionadas con la costa vasca, quien confirma que «eran puntos estratégicos para la obtención y transmisión de información».

Una información «absolutamente fundamental para unos pueblos que viven de diversas actividades económicas, como la pesca y el comercio, y que desde las atalayas podían recabar información tan variada como la llegada de temporales, la presencia de bancos de pesca o de ballenas, el control del tráfico marítimo o la aparición de posibles enemigos, que en algún caso nos pueden agredir pero que también se da el caso de corsarios autóctonos que atacan a otros buques».

El origen de estas atalayas «se nos pierde en la noche de los tiempos, y no llegaremos a saber con exactitud cuándo se empiezan a utilizar. Pero para hacernos una idea, las primeras referencias de capturas de ballenas de manera sistemática en nuestra costa datan del siglo XI, incluso antes de que se funden las villas. Y para cazar estos cetáceos es fundamental el recurso de la atalaya, por lo que ya en aquella época el sistema atalayero está establecido», destaca Alberdi, para quien «desde el momento que hay comunidades que dependen del mar necesitan de estos puntos de observación y mirar al mar continuamente».

En cuanto al momento en que comienza su declive, Alberdi advierte de que «es mucho más tarde de lo que nos podemos pensar; cuando empiezan a desarrollarse los sistemas de comunicación vía radio, es decir, a mediados del siglo XX».

Buscando ballenas

Ha quedado claro que las funciones de estas atalayas eran muy diversas, pero para el visitante que vaya a recorrer estos itinerarios de Bale Talaiak entre Getaria y Zarautz probablemente la actividad más interesante y atractiva sea la relacionada con la observación de la llegada de ballenas y su captura posterior, y más cuando a primeros de año el puerto de Getaria recibió la visita de una ballena que generó una gran expectación entre locales y visitantes.

Recuerda el historiador que «hoy en día vemos la captura de las ballenas como algo casi romántico, como una aventura, mitificado a través de novelas o películas, creando en nosotros una imagen muy diferente de la realidad de la época. En realidad se trataba de una fuente muy lucrativa de obtención de beneficios. Además, hasta principios del siglo XVII, el único pueblo que en Europa caza y comercializa ballenas es el País Vasco, con lo cual estamos hablando de un recurso de exportación muy valioso. Hablamos del petróleo de la época, porque realmente es lo que acaba desbancando a la grasa de la ballena».

Muchos de los productos que ahora son derivados del petróleo se obtenían antes de las ballenas. «El combustible líquido que se conseguía de la grasa de la ballena, los cosméticos que se hacían tanto con la grasa como con el esperma de los cachalotes, las barbas de las ballenas que era un material plástico, elástico muy utilizado. En definitiva, no se trataba de disputas entre pueblos ni de aventuras, sino más bien de beneficios que de no conseguir un sistema efectivo de detección y posterior captura de esas ballenas serían otros quienes los aprovecharían. Ahí es donde entran de lleno las atalayas».

Es por esto que la elección del punto donde se instalan las atalayas tiene una importancia capital. «Por un lado buscarán observar el máximo espacio posible y, al mismo tiempo, estar lo más escondidas posible para los competidores. Por eso siempre están situadas en puntos muy interesantes. De hecho, habitualmente son lugares muy pintorescos desde donde se puede otear un horizonte bastante amplio pero al mismo tiempo pasar la información a los interesados sin que el rival se percate de ello».

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