normandía, Una tierra que inspira

El noreste de la región gala se abre paso con ese encanto impresionista que sedujo antaño a pintores y hoy a muchos turistas. El futuro es suyo

normandía, Una tierra que inspira
Mikel Madinabeitia
MIKEL MADINABEITIA

Porque Normandía es mucho más que el Mont Saint-Michel. Porque Normandía es mucho más que las playas del desembarco. Porque Normandía tiene muchos atractivos que regalar al viajero. Por todo eso y más, los amigos de Atout France nos llevaron a conocer los secretos de la región septentrional francesa, más bien su zona noreste, en cuatro días milimétricamente planificados en los que seguimos el curso del río Sena desde Giverny hasta Étretat para proseguir después por Le Havre, Honfleur y Trouville. Fue un periplo como los de ‘Des racines et des ailes’, un programa de culto en nuestra casa, en el que se recorren las maravillas del país en base a la cultura, la naturaleza y la gastronomía, lo que nos hace felices. Si ustedes son de los que se entusiasman con la belleza, este es su reportaje. Bienvenidos a Normandía.

Penetramos en la región por Giverny, a hora y media de París, el enclave que sedujo a tantos impresionistas y que muchos pintores, sobre todo Claude Monet, llevaron a la posteridad. La casa del artista y el jardín son muy visitados y lo cierto es que se aprecian una serie de paisajes arrebatadores. El agua y la naturaleza forman una perfecta simbiosis alrededor de ese estanque tantas veces fotografiado, con esos nenúfares que aparecen en todos los encuadres. Como ese puente verde, tantas veces retratado también.

A 7 kilómetros, por cierto, se halla Vernon, el pueblo donde nació Philippe Montanier, el mejor entrenador de la Real desde los tiempos de Alberto Ormaetxea (lo digo como lo siento). Tiene un antiguo molino y más secretos arquitectónicos que prefiero no descubrirles. Como dijo Tácito, «todo lo desconocido se supone maravilloso».

Un paseo por el Sena

El Sena continúa rumbo al mar y, de hecho, una buena forma de recorrerlo es realizar un paseo en barco, como los que organiza Dominique Polny con salida en la población de Muids. Tienen más información en www.liberte-seine.fr/fr/. Nuestra pernocta fue en Moulin de Connelles, un paraíso para los que gusten de la buena vida. Su lideresa, Karine, fue la perfecta anfitriona que nos hizo sentirnos como en casa. Transmite pasión por su negocio y se come de maravilla. Prometido.

El rostro cambiante del río Sena y su naturaleza fascina en las cuatro estaciones

Al día siguiente llegaremos al mar. Pero antes, una sorpresa. Entre la niebla fantasmagórica nos apareció de forma repentina el castillo de Champ de Bataille, el pequeño Versailles, que ocupa más de 100 hectáreas y forma un recinto impresionante. Su propietario, Jacques Garcia, un prestigioso diseñador de interiores, es un hombre que colecciona arte como si el mundo se acabara mañana. Y lo cierto es que una visita a los aposentos impresiona. Tanto es así que Sofia Coppola le pidió grabar ahí su película ‘María Antonieta’ pero, al parecer, el señor García no es fácil de persuadir...

Los acantilados de Étretat, que tienen un aire a los de Zumaia, forman un paisaje sobrecogedor. Al fondo, la mítica ‘trompa de elefante’. Debajo a la izquierda, los jardines de Giverny, donde Claude Monet era feliz. ¿Y quién no? A su vera, el château de Champ de Bataille. / MIKEL MADINABEITIA

Posteriormente, les recomiendo hacer una parada en Pont-Audemer. Mejor dicho, un desvío, o ‘detour’, como dicen nuestros vecinos. No es casualidad que esta localidad, antigua villa de curtidores, conocida como la Venecia normanda, donde nació la actriz Laetitia Casta, aparezca en el libro de los cien mejores desvíos de Francia. Está surcada por canales y cuenta con numerosos ejemplos de la arquitectura de estos lares, con esos entramados de madera que tanto gustan (la calle Paul Clemençin es un buen ejemplo). Cuando vean una pastelería, esas ‘boulangeries y patisseries’ que definen el buen gusto de Francia, no se olviden de adquirir unos ‘mirlitons’. Es una pasta hecha de crema de cigarrillo enrollada, forrada con espuma de praliné y cerrada en ambos extremos con chocolate negro. ¡Ñam, ñam!

El espectáculo de los acantilados

Finalmente, arribaremos al mar. Como le gustaba cantar a Charles Trenet, con sus reflejos plateados y siempre cambiantes, el océano nos recibe en Fécamp. Punto de partida para coger un barco y recorrer los acantilados hasta Étretat. Hay paseos similares a los que se hacen en Zumaia para conocer la ruta del flysch. Aquí también tienen lecciones de historia geológica y unas formaciones sumamente curiosas, como la que preside este reportaje con ese arco natural conocido como el ojo de aguja. Lo ideal es recorrer los acantilados por tierra y mar, por arriba y abajo, asomándose a los abismos vertiginosos o pasando por debajo si la marea alta lo permite. Esta costa de alabastro es un auténtico espectáculo. Las cámaras echan humo porque el paisaje es de quitar el hipo, con ese contraste entre la piedra blanca de los acantilados y el verde de las laderas junto a la profundidad del mar.

Visitaremos Fécamp, Honfleur, Trouville y Pont-Audemer, la Venecia normanda

De vuelta en Fécamp, no se olviden de visitar el Palacio Benedictino, de arquitectura ecléctica e inspiración gótico-renacentista. Cuenta con un museo y una destilería donde producen el célebre licor DOM, que pasó de ser el elixir de la salud a una bebida digestiva. Se hace con 27 plantas y especias que proceden de las cuatro esquinas del mundo. Hoy en día elaboran tres tipos: la clásica, la b&b y la single class.

El pueblo pesquero de Honfleur tiene ese sabor marino inconfundible. Visítenlo a primera hora, con la buena luz de acompañante y sin turistas, y degusten después una buena mariscada. Debajo a la izquierda, el palacio benedictino de Fécamp, donde elaboran el célebre licor digestivo. A la derecha, imagen aérea de Le Havre. / MIKEL MADINABEITIA

La ciudad más importante de los alrededores es Le Havre, destruida totalmente durante la Segunda Guerra Mundial. Su mérito estriba en haber sido reconstruida íntegramente según el plan del arquitecto Auguste Perret, que se apoyó en el hormigón armado. La UNESCO inscribió la ciudad en 2005 en el selecto club del Patrimonio Mundial de la Humanidad. La iglesia de San Joseph, sobria por fuera y sorprendente y colorida por dentro, el museo de bellas artes André Malraux (MuMa), la avenida Foch, el Ayuntamiento o el volcán, obra de Oscar Niemeyer, forman los hitos de esta ciudad que quiere abrirse paso con decoro.

Más joyas

Aún nos queda la traca final, en forma de dos regalos. Por un lado, tenemos la joya de Honfleur, uno de esos pueblos costeros con inconfundible sabor marino. Su viejo puerto es una delicia para pasear a primera hora, cuando los restaurantes se quitan las legañas, cuando las gaviotas revolotean en busca de su desayuno diario, cuando el sol asoma por detrás para iluminar las fachadas y proyectarse sobre el agua, cuando damos gracias a quien sea por estar aquí, por disfrutar de la vida, por saber saborear el momento, por...

A apenas 15 kilómetros se halla Trouville-sur-Mer, antaño reducto de aristócratas que buscaban en su playa alejarse de los palacios. No se nos ocurre mejor lugar que este para acabar en el mercado, rodeado de mariscos y pescados. Dense un homenaje mientras repasan toda la colección de bellas imágenes que se llevan. Es lo que pasa en Normandía. Que enamora, que inspira.

Guía

Cómo llegar
Vuelo hasta París y después en coche.
Cuándo ir
Primavera y otoño son buenas opciones.
Hoteles
Moulin de Connelles (40, route d’Amfreville-Sous-les-Monts, Connelles). Le Grand Pavois (15, quai de la Vicomte, Fécamp). Hotel et Spa Vent d’Ouest (4, rue de Caligny, Le Havre).
Comer
Ancien Hotel Baudy (Giverny), Moulin de Connelles (Connelles), Le Sadi Carnot (Pont-Audemer), Casino (Fécamp), La Flottille (Étretat) y Le Margote (Le Havre). En todos podrán degustar la típica gastronomía normanda con toques modernos.

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