Diario Vasco

El paraíso de los dragones

  • La bahía de Halong, en el norte del Vietnam, es una de las grandes maravillas naturales del mundo

Existen ciertos lugares en el mundo, que se pueden contar con los dedos de una mano, en los que mires donde mires encuentras una estampa perfecta que capturar con la cámara de fotos. Incluso los que tenemos el instinto fotográfico atrofiado nos sentimos abrumados por la belleza del lugar y somos incapaces de levantar el dedo del disparador. La bahía de Halong es uno de esos mágicos lugares.

Situada en el norte de Vietnam, la bahía de Halong cubre una extensión de agua de unos 1.500 kilómetros cuadrados, salpicados por unas 2.000 islas de diferentes tamaños. Adentrarse en sus aguas es como detener el tiempo, ya que nada más abandonar la costa, el visitante queda hechizado por esta exhibición de la naturaleza de aguas verdes, rocas kársticas y un sinfín de rincones que aguardan para sorprender aun más al viajero despistado. Navegando por la bahía es habitual ir pensando ‘¿Puede haber algo más bonito?’, para, cinco minutos después exclamar: ¡Sí, esto lo es aún más!

A pesar de ser la principal atracción turística de Vietnam, la bahía de Halong sigue siendo una gran desconocida para muchos. Sin embargo, pocos de los que la visitan dudan de que se encuentran en uno de los lugares más especiales de la Tierra. En el año 1994, fue declarada como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, con una zona protegida de 150.000 hectáreas. Además, desde el año 2011 forma parte de las 7 Maravillas Naturales del Mundo.

El nombre de Halong, que significa ‘dragón descendente’ proviene de una leyenda nacional vietnamita, que cuenta que hace mucho tiempo, para defenderse de la invasión china que llegaba desde el mar, el Emperador de Jade envió una familia de dragones celestiales. Estos, para ayudar en la defensa, escupieron jade y joyas, que se convirtieron en las islas de la bahía y se unieron para formar una gran muralla contra la que los enemigos chocaron y se hundieron. Tras lograr la victoria, los dragones se quedaron a vivir en la bahía de Halong. Una vez visto el paisaje de la zona, se podría hasta dar por buena esta historia, ya que los islotes que salpican la bahía parecen caídos del cielo, sin más explicación para estar ahí. Sin embargo, la realidad siempre es mucho más prosaica. La roca kárstica, moldeada durante millones de años por las suaves olas del mar y el viento, ha tomado estas caprichosas formas.

Visita en junco

Al llegar al embarcadero de Bãi Cháy, la multitud de turistas y de barcos que encontramos allí diluyen bastante la magia del lugar y hace que bajemos las expectativas de lo que vamos a encontrar. Sin embargo en cuanto montamos en la embarcación y nos comenzamos a alejar de la costa, el gentío se dispersa y nos adentramos en un mundo de ensueño, que perfectamente podría ser escenario de la película Avatar, donde la paz y la belleza nos embargan.

Lo habitual para visitar la bahía de Halong es reservar plaza en uno de los bellos barcos-hoteles que surcan sus aguas y que forman parte de las estampas habituales del lugar. Están construidos al estilo de los tradicionales veleros junco, aunque estas embarcaciones son modernas y se mueven a motor. Cientos de agencias ofrecen la posibilidad de pasar una jornada o incluso hacer noche en uno de estos minicruceros, sin embargo, para realmente captar la esencia del lugar lo ideal es contratar una visita de tres días y dos noches con pensión completa dentro de un junco, a ser posible de cuatro estrellas o más. Se trata de una visita única en la vida, y en este caso es mejor gastar unos cuantos euros más que quedarse con ganas de más o sentir que el barco no estaba a la altura.

Con mentalidad guipuzcoana, al pensar en una bahía pensamos en La Concha, sin embargo, Halong es inmensa en comparación, por lo que hace falta tiempo para conocer sus lugares más emblemáticos. Además, si la estancia es corta, lo más probable es que en los lugares visitados siempre haya muchos barcos y visitantes. En cambio, con un poco más de tiempo, el barco podrá alejarse y navegar por zonas nada concurridas, para así poder disfrutar de este paraíso en todo su esplendor.

Entre los lugares imprescindibles para visitar se encuentran algunas de sus grutas, adornadas de agudas estalactitas, como la cueva de las Sorpresas, la del Palacio Celestial, o la de Los Tres Palacios. Algunas agencias ofrecen incluso cenas en su interior. También se puede visitar alguna de las aldeas flotantes habitadas por pescadores que aún se mantienen, la granja de cultivo de ostras con perlas o una reserva natural llena de monos. Sin embargo, los mayores placeres de esta bahía son los más simples. Navegar entre archipiélagos, como el de Van Don o las islas de Tuan Chau; desembarcar en alguna de las calas de arena blanca para bañarse, dar un paseo en kayak; y sobre todo, disfrutar de la magia de unos amaneceres y atardeceres únicos en uno de los lugares más bellos del planeta.

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