Diario Vasco

Oporto, más que vino y tranvías

  • Con un entrañable aire decadente, la capital portuense posee una profunda carga de historia y nostalgia

Aunque no siempre se vea, el Duero siempre está presente en la villa portuense. Con el Atlántico a su espalda, la niebla del atardecer sube hacia el centro neurálgico de Oporto casi al mismo tiempo que la marea. En ese punto donde desemboca el río, tras recorrer casi 900 kilómetros por el noroeste de la Península Ibérica, se concentra una gran parte de la actividad de la segunda ciudad lusa. Bodegas, lonjas portuarias, comercios y restaurantes se ofrecen a los turistas en un mercadeo incesante, bajo un incomparable escenario de tonos cromáticos que hechiza al visitante y que queda, para siempre, clavado en su retina.

Como muchas ciudades europeas, Oporto es una ciudad antigua que cuenta con un amplio acervo histórico, aunque durante las últimas décadas ha sido sometida a una amplia modernización. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, presenta un aire decadente que, sin embargo, la hace más atractiva y cautivadora. Sin ser deslumbrante, es agraciada, aunque mantiene demasiadas fachadas caducas que, seguramente, vivieron mejores tiempos. Pero es quizá el aire trasnochado de sus construcciones un atractivo más de esta seductora urbe. Dice el refrán popular que «Lisboa se divierte; Coimbra canta; Braga reza; y Oporto trabaja».

El río tiene una importancia capital para la capital del norte lusitano. El desarrollo económico estuvo siempre íntimamente ligado a Vila Nova de Gaia, la margen sur del Douro (como ellos denominan a nuestro Duero), parte integrante de la metrópoli portuense donde se establecieron las cavas para el envejecimiento de los vinos finos del Alto Douro. Y de esa actividad nació su rivalidad con Lisboa, a la que siempre ha disputado el poder económico.

A bordo de los populares rabelos (antiguas embarcaciones para la carga de los toneles de vino), se hace indispensable la visita a los cinco imponentes puentes que se alzan sobre el Duero, testimonio de innovación y belleza, fechados en distintas épocas y de distintos estilos arquitectónicos. Destaca el Ponte Maria Pia, así llamado en honor a María Pía de Saboya, una obra arquitectónica proyectada por el ingeniero Théophile Seyrig y construida por la empresa de Gustave Eiffel; el primer puente ferroviario en unir las dos márgenes. También de hierro es el puente Luis I, sustituye al antiguo Pênsil. Su característica más destacable es el hecho de tener dos tableros; por el superior cruza la línea amarilla del Metro de Oporto, y el inferior está abierto al tráfico rodado. El puente do Infante (en honor de Enrique el Navegante) es la de más reciente construcción entre Oporto y Vila Nova de Gaia. Los de Arrabida (durante años tuvo el mayor arco de hormigón del mundo) y do Freixo (el más oriental) completan esta colección de viaductos.

Las dos orillas del Duero son un auténtico reclamo. La genuina postal de Oporto. Las calles medievales de la Ribeira desembocan inevitablemente en el río, donde se amontonan las casas de tonos pasteles tan característicos de la ciudad lusa y las tascas coloristas con vistas espectaculares hacia la desembocadura y sus puentes. Y al otro lado descubre sus riquezas la ciudad, donce se mantienen las imponentes bodegas a las que ya recurrían los mercaderes británicos para importar los excelentes caldos y que dieron nacimiento al oporto.

El tesoro portuense

Aunque no es una ciudad fácil para caminar, por sus empinadas cuestas, andar es la mejor forma de descubrir sus tesoros, como la Torre de los Clérigos, de estilo barroco, o la Sé, su catedral, donde se disfruta quizá de las vistas más espectaculares de Oporto. Impresionantes también resultan las fachadas adoquinadas de la capilla de Las Almas, la iglesia de San Ildefonso y la del Carmen. Todas ellas presentan atrayentes portadas realizadas por los grandes artistas portugueses especializados en los trabajos en cerámica.

El azulejo se convierte en una sinfonía azul y blanca que nos permite sumergirnos en historias mitológicas, pasear por el universo del zodíaco, aprender cómo eran las vestimentas y los caballos de nobles y reyes, e intentar desgranar tácticas de guerra. Desde el punto de vista práctico tiene el valor de ser un medio económico que protege los muros de la humedad y contribuye a crear un mundo lleno de color, en el que se mezclan el arte popular y el intelectual de forma natural.

El verdadero tesoro de Oporto se refugia en la centenaria estación ferroviaria de Sao Bento, que este año celebra su primer siglo de vida. Considerada como una de las terminales de ferrocarril más bellas del mundo y galardonada con el Premio Brunel (2014), contiene más de 20.000 azulejos pintados por Jorge Colaço (1868-1942), casi todos en el azul característico de la cerámica portuguesa. Una obra impresionante que representa diferentes episodios de la historia de la ciudad y de Portugal. Las pinturas ocupan una superficie de 551 metros cuadrados e incluyen paneles que representan escenas históricas: el torneo de Arcos de Valdevez, 1140; Egas Moniz (ayo del primer monarca luso) en su presentación ante el rey de León; la entrada triunfal de Juan I y Felipa de Lancaster en Oporto en 1386; la conquista de Ceuta en 1415. Hay también escenas de campo y etnográficas: la procesión de Nuestra Señora de los Remedios en Lamego; el festival de São Torcato en Guimarães; la cosecha; la feria de ganado; el transporte de vino en un barco Rabelo en el Duero. En la parte superior, se admira un friso multicolor evocador de la historia del transporte, desde los inicios hasta la llegada del primer tren de Braga.

Muy cerca de la estación, en el centro histórico de la ciudad, se encuentra el Palacio de la Bolsa, un edificio de clara influencia inglesa. Motor económico de la ciudad, sus salones impresionan con sus exquisitos murales, mosaicos y obras de arte que crean un espléndido marco para las visitas de jefes de Estado. La sala central, llena de escudos y mosaicos de los países con los que comerciaba Portugal, está cubierta por una estructura metálica y grandes vidrieras. El suelo es de mosaico e inspirado en modelos grecorromanos descubiertos en Pompeya. La joya es el Salón Árabe, lleno de molduras con complejos diseños moriscos y más de 20 kilos de pan de oro. Sus arabescos decoran las paredes policromadas, y sus columnas se elevan hacia los arcos mozárabes y los vitrales superiores. Cuentan que Gustave Eiffel se alojó aquí durante el tiempo que permaneció en Oporto para diseñar el puente Maria Pia.

Uno de los rincones que más fama han alcanzado en los últimos años es la librería Lello e Irmao. De hecho, las colas para comprar el billete que permite el acceso al interior suelen ser interminables. Se trata de un local neogótico, de pura fantasía, reconocido como uno de los más bellos del mundo por el periódico británico 'The Guardian' y la editora australiana de guías de viajes Lonely Planet. Inaugurada en 1906, aseguran que sus escaleras fueron la inspiración de las gradas de Hogwarts en los libros de Harry Potter. J.K. Rowling llegó a vivir en la ciudad para trabajar como profesora de inglés en una academia. No obstante, no hay pruebas de que la escritora se apoyara en Lello e Irmao. Tampoco resulta cierto que haya servido para el rodaje de alguna escena de las películas de la saga de Harry Potter. Pero vaya usted a derribar esta leyenda urbana y se encontrará de frente con una pléyade de convencidos. Nadie puede negar, sin embargo, los atributos artísticos del inmueble. La fachada presenta detalles modernistas y neogóticos. En su interior destaca el yeso pintado imitando la madera, la escalera de acceso a la planta superior y las grandes vidrieras del techo, que llevan el monograma y el lema de la librería: «Decus in Labore».

Otro de los locales sobredimensionados por la fama es la cafetería 'Majestic', donde los camareros, de uniforme, sirven elegantes desayunos, tés y comidas ligeras, en las que no puede faltar la clásica francesinha. Butacas de cuero, tallas doradas y querubines adornan el café. Solo se puede acceder al local cuando hay sitios libres. De lo contrario, es necesario esperar a la puerta. El establecimiento, situado en la popular calle comercial de Santa Catarina, abrió sus puertas el 17 de diciembre de 1921 con el nombre de 'Elite', diseñado por el arquitecto Joao Queirós. Su inauguración fue todo un acontecimiento en la época y acudieron las personalidades más destacadas del momento. Las guías editoriales lo sitúan como punto obligado de parada para quienes se acercan a Oporto. Aunque siempre hay alternativas. No demasiado lejos se encuentra el Café Guarany. Este famoso establecimiento de hostelería está situado en la Avenida dos Aliados. También conocido como 'el café de los músicos', fue inaugurado el 29 de enero de 1933 según un proyecto del arquitecto Rogério Azevedo y con decoración de Henrique Moreira. Restaurado en 2003, en una de sus paredes cuelgan cuadros de la artista Graça Morais ('Os senhores da Amazónia').

El tranvía es otro de los mitos que se nos caen en la capital portuense. Los días dorados en los que los 'carros eléctricos' recorrían sin descanso las calles de Oporto cargados de viajeros acabaron con la aparición del metro. El nuevo transporte metropolitano cubre 60 kilómetros en sus cinco líneas. Los 'elétricos do Porto' se han convertido en una atracción turística más que en un medio de transporte útil, al contrario de lo que sucede en Lisboa, donde el tranvía todavía es empleado a diario por los habitantes de la ciudad como un medio de transporte público más. En 1974 aún circulaban 489 tranvías por la ciudad portuense. En la actualidad, tan solo funcionan media docena en las tres líneas que aún sobreviven (1, 18 y22). Pero no deja de tener su encanto dar un paseo en uno de estos antiguos vehículos por el centro de la ciudad.

La Plaza de la Batalla, con el monumento a Pedro V, y la de la Libertad, llena de edificios modernistas de principio del siglo XX como el Ayuntamiento y algunos bancos, son dos de los lugares más destacados de la ciudad. Ambas dan acceso a callejuelas cargadas de historia y nostalgia, con establecimientos que aún mantienen la cartelería de los años 30. Merece la pena perderse por estas estrechas calles y entrar en algunos de sus locales para probar el sabor del dulce vino de Oporto.

No es de extrañar que el fado suene en la capital portuense como en ninguna otra ciudad. Porque ese canto a la melancolía, la nostalgia y las pequeñas historias de la vida de los barrios humildes, pero especialmente el fatalismo y la frustración, es el sentimiento natural de Oporto.

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