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La niña bonita del Báltico

La niña bonita del Báltico
  • Tallín, la capital estonia, es una joya medieval en un excelente estado de conservación, repleta de pasadizos, torres, calles empedradas y rincones mágicos

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Tallín tendría todas las papeletas para aparecer en cualquier cuento de hadas. La capital de Estonia, una ciudad encantadora, engatusa con una serie de caramelos irresistibles para el viajero. Poseedora de un casco medieval único, que además se halla en un excelente estado de conservación, sus calles empedradas, iglesias y torres, palacios y plazas regalan unas estampas preciosas. A Tallín le sobran virtudes y no le falta nada. Con todos ustedes, la niña bonita del Báltico.

Su llegada se producirá seguramente en el aeropuerto de Ülemiste, muy moderno, o en el puerto a través del ferry que viene desde Helsinki. Lo más recomendable es alojarse fuera del anillo medieval –hay una amplia oferta de hoteles– para descansar del ajetreo del centro. Un fin de semana puede ser suficiente para empaparse de su característico sabor.

Si antaño todos los caminos conducían a Roma, aquí finalizan en Raekoja plats, el centro neurálgico de la ciudad. Lleno de terrazas, restaurantes y quioscos, es uno de los lugares con más actividad de la parte baja de la ciudad. La plaza está cerrada en su lado meridional por el ayuntamiento, que hoy es uno de los pocos edificios civiles de estilo gótico que se conserva en la Europa septentrional.

Sobre el edificio del ayuntamiento, que se puede visitar, se levanta una torre octogonal de 61 metros que está inspirada en el estilo de los minaretes islámicos. A comienzos del siglo XVII se le añadió una aguja barroca coronada por una banderola en la que se representó un soldado medieval, conocido popularmente con el sobrenombre de "Vana Toomas" (el soldado Tomás) y que es un símbolo de la ciudad.

Otra visita obligada de la zona baja es el Pasaje de Santa Catalina, una estrecha callejuela empedrada bastante pintoresca, paralela a la muralla, con unos arcos al final y donde se han colocado, en una de las paredes, una serie de lápidas sepulcrales procedentes del convento anexo. En el callejón, normalmente atestado de turistas, se encuentran algunos restaurantes, tiendas y varios talleres de artesanos.

Las calles más peculiares y frecuentadas de la zona baja son Lai, Pikk, Vene y Viru. Al final de la segunda está la Torre de Margarita la Gorda, llamada así por su corta altura pero macizos muros y que formaba parte de las defensas de la ciudad frente a los posibles atacantes marítimos. Y dos de sus torreones más emblemáticos corresponden a la conocida como Puerta Viru, que ofrecía paso y salida a los viajeros por el flanco más oriental de la ciudad medieval.

Por último, merece la pena visitar la iglesia de San Olav. Aunque es sobria por fuera, por tres euros y una larga subida en escaleras de caracol se puede obtener una vista impresionante de la ciudad, aunque el balcón es un tanto vertiginoso...

Habrán constatado que hasta ahora hemos hablado única y exclusivamente de la zona baja. Pues bien, la otra joya de Tallín reside en su zona superior, Toompea, donde vivían las autoridades y la aristocracia, a la que se accede por otras dos calles de peculiar nombre: la calle de la pierna larga y la pierna corta.

Lo que llama más la atención es la catedral ortodoxa rusa de Alejandro Nevsky, con sus cúpulas de cebolla y su ecléctico estilo arquitectónico. Y sabiendo buscar se llega a dos miradores imprescindibles, el de Kohtu y Patkuli, desde donde se admira la ciudad desde dos perspectivas diferentes. Además, aquí se encuentran el Parlamento de Estonia y un castillo medieval de cuento, a lo que hay que sumar un laberinto de callejuelas coquetas y elegantes edificios.

Hemos hablado de rincones medievales, callejones imposibles y cuentos de la Edad Media, pero en esta ciudad también hay hueco para el siglo XXI. El contraste en Tallín se llama Rotermanni.

"Si usted cree que hay diferencias, las encontrará. Si piensa que no las hay, no encontrará ninguna" (Taisen Deshimaru). Algo parecido ocurre en Tallín, que no solo guarda tesoros medievales. En los últimos años se está llevando a cabo un proceso de recuperación del histórico barrio de Rotermanni, situado entre el puerto, la plaza Viru y el casco antiguo medieval. Hoy en día alberga modernos edificios de viviendas y oficinas, además de varios centros comerciales que han lavado la cara a la que fuera el área más pobre de la ciudad. Suele ocurrir. Barrios degradados y marginales se convierten en los más innovadores. Y en Rotermanni merece la pena dar un paseo para conocer sus rincones.

Si aprecian los cascos antiguos con sabor medieval, el de Tallín, declarado Patrimonio de la Humanidad, debe estar en su lista de prioridades. La capital de Estonia es una joya. Una preciosidad. La niña bonita del Báltico.

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