Diario Vasco

Indonesia: como metidos en un documental

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Las mujeres van con sus niños cuando se internan en la selva en busca de comida. / J.M. SOTILLOS

  • Adentrarnos en la selva de Papúa en busca de los korowai y convivir con esta tribu que sigue viviendo en sus casas construidas en las copas de los árboles es toda una experiencia

Segunda incursión en Papúa tras la realizada ocho años atrás en la zona de Wamena. Allí aprendí que en otra remotísima parte de esta apartada isla perteneciente la mitad a Indonesia (la otra mitad la compone el país Papúa Nueva Guinea) se encontraba una tribu absolutamente anclada en el tiempo llamada los korowai, cuya particularidad era que vivían –todavía viven– en las copas de los árboles.

Este verano ha sido el momento de internarse en la selva de Papúa. ¿De entrada? ¡Impresionante experiencia!, que ahora iremos desmembrando… ¿Y la conclusión? Es como si hubiéramos vivido dentro de uno de esos grandes documentales de las más prestigiosas firmas y cadenas.

Itum, nuestro guía, nos esperaba en Jayapura y volamos con él a Dekai. Empiezan los problemas. Solo 10 kilos de peso permitido en el avión. Llevábamos mucho más. Metimos como equipaje de mano más mochilas con comida que nos dio el guía, mientras pagaba el exceso de equipaje y... ¡a volar! Itum, un papú de Wamena, conoció a Àngels nada más verla.

«María…», así le llamaba hace ocho años y así le sigue llamando. Hizo de porteador en nuestra anterior expedición a Papúa en 2008 cuando recorrimos las montañas del valle de Baliem. Ahora toca selva y él, en lugar de porteador, hace el papel de guía. Buen guía, buena persona, pero muy poco nivel de inglés, con lo que se entorpecía la comunicación...en definitiva un desentendimiento total. Por poner un ejemplo; las comidas. ¡Pasamos hambre! Había larvas de escarabajos o roedores… Los nativos comían, nosotros... ciertamente no. Sí comíamos sagu, una especie de harina sacada de la palmera. Fuimos capaces de dar un bocado, aunque no exentos de asco a esa rata recién sacada de la hoguera...

En busca de los korowai

En esta ocasión fuimos a Papúa para buscar en la más remota y espesa selva a los korowai. Queríamos convivir con ellos para intentar acercarnos a su cultura, costumbres y ancestral forma de vida. Una tribu que se caracteriza por todavía dormir en sus casas construidas en las copas de los árboles, lo que les hace ser unos auténticos arquitectos de la selva.

Una travesía de cinco horas por el río nos lleva en canoa de motor a la aldea de Mabul, el último vestigio de civilización antes de adentrarnos en la selva. Suerte que nos encontrábamos a cobijo en casa de una familia en el momento de un diluvio. Porque allí no llueve, diluvia. Nos sorprendió durante la noche anegando la aldea, dejándola llena de barro. Ese barrizal serviría de preludio al comienzo de la internada en la selva al día siguiente.

Tras una marcha de unas cuatro horas alcanzamos el primer asentamiento korowai. Poco antes de llegar, vemos la primera casa-árbol. Nos hace especial ilusión. Es emocionante... Era lo que habíamos venido a buscar, a ver. Itum se encargó de hablar con Marcus, amo y señor de aquel entorno para decirle que nos acogiera en su territorio. Él acababa de regresar de la selva con su trofeo más preciado del día, un hermoso jabalí salvaje.

Ahí empezamos a convivir con sus costumbres. Primero descuartiza al animal– muerto de un flechazo– y a continuación lavarlo en el río. Mientras tanto, se está preparando el ‘horno’ para su cocción. Primero calienta en un gran fuego un montón de piedras y, con unas hojas de palma, tapa las carnes para poner encima esas piedras que lentamente irán asando el jabalí. Luego toca lo mejor. Comer. Compartiéndolo con su núcleo familiar, los porteadores que llevábamos, cuatro mujeres (una de ellas con su bebé), y cuatro hombres, además de Itum. A nosotros nos tocó pedir algo porque si no, no nos daban… ¡curioso!

A golpe de machete

A lo largo de los días nos íbamos moviendo por la húmeda y espesa selva en busca de otros asentamientos korowai. El camino se iba abriendo poco a poco a golpe de machete. Agua por arriba con lluvias torrenciales que a veces nos pillaba al descubierto, lluvia de la que nos pudimos proteger gracias a los materiales de calidad que portábamos; y agua también por abajo al tener que meternos hasta la rodilla e incluso hasta el muslo y más arriba. También tuvimos que pasar infinidad de ríos por encima de los troncos. A veces, si no había troncos, nosotros mismos nos construíamos el puente. Basta con tirar de hacha, como hicieron nuestros porteadores. Se corta el árbol, que cae sobre el río, y este era el improvisado puente. Se agradecía la llegada al siguiente asentamiento korowai para intentar, sin conseguirlo, secar la ropa y calzado que nos pondríamos al día siguiente húmedo.

Fuimos con los korowai a ver cómo obtienen el sagu de las palmeras. Todo un ritual absolutamente necesario para la subsistencia de esta tribu.

Pintxo moruno de larvas

Todos los días los hombres korowai se internan en la selva para cazar (jabalíes, cerdos salvajes, roedores tipo rata…). Las mujeres van a pescar, obtener el sagu, y si hay, todos van cogiendo en medio del camino nidos de larvas de escarabajo. Un día, recolectaron bastantes. En el campamento comienzan a sacar las larvas de sus nidos, se les pega un buen lavado y, en hojas de palmera, poniendo una cama de sagu, van colocándolos haciendo un estupendo pintxo moruno en el fuego que luego se comen como un manjar. Fuimos incapaces de probar…

Compartimos buenos momentos con esta ancestral tribu que nos dejó sorprendidos por su forma de vida, consistente en pura supervivencia con lo que les ofrece su hábitat, la dura selva. Fuimos invitados a subir a sus altas casas en las copas de los árboles. Ellos las utilizan principalmente para dormir porque abajo se construyen otras chozas, siempre aisladas del suelo, en las que también hacen vida. Una vida sin duda difícil. Una vida que hemos vivido nosotros como si estuviéramos metidos, inmersos, en un documental.

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