Mil colores en Ostrava

Colours of Ostrava

El festival más vibrante de la República Checa tiñe de música y calor humano el óxido de la planta siderúrgica que lo alberga

Mil colores en Ostrava
IÑIGO PUERTA

Este mes se han cumplido 43 años desde que la Real Sociedad debutara en competición europea contra el Banik de Ostrava. Hoy en día, esta ciudad industrial cuya ideosincrasia está bañada por el trabajo de la minería y las fundiciones, se ha reinventado. Atrás queda su vital importancia en la revolución industrial europea o para la Alemania de Hitler en la II Guerra Mundial, cuando una Ostrava ocupada nutría el polvorín nazi que amenazaba al mundo.

Aún rugen y hierven a miles de grados estas gigantescas obras de ingeniería ideadas a principios del siglo XIX. Un sonido que a finales de julio se mezcla con los ritmos del festival de música Colours of Ostrava, estandarte cultural que ha coloreado el paisaje gris y oxidado de la planta siderúrgica de Dolni Vitkovice. Un enclave que acoge a más de 45.000 personas de distintos pelajes, que se entremezclan bajo la majestuosidad de un escenario salido de Blade Runner.

El primer contacto con una trabajadora del festival que adivinó nuestra procedencia, fue irreal. "¡Te mato con el secador!" nos espetó con voz de mujer al borde de un ataque de nervios. "Es la única frase que me sé en español" se disculpó mientras intentábamos parar de reir. Un preludio de la atmósfera pacífica, lúdica y familiar que envuelve el evento, avituallado por doquier con el oro líquido checo, la cerveza.

La variedad y calidad de un elenco ecléctico garantizaba la cuota de diversión para todos en 16 escenarios, cuatro de ellos al aire libre. Desde apacibles atardecereces con Birdy o Norah Jones, al carisma de LP, los ritmos mestizos de Afrocelt Sound System, la rabia punk de Ferocius Dog, la intensidad emocional de Moderat, pasando por propuestas más indie como Alt-J o la electrónica de UNKLE, hasta la fiesta nostálgica provocada por la vuelta a los escenarios de los australianos Midnight Oil. Su introducción fue ambientada por Vangelis (el "End Titles" de la B.S.O. de Blade Runner), en perfecta armonía con el entorno apocalíptico. Ya con el micro en mano, el líder de la formación resumió el viaje que les llevó a Ostrava en una oda a la unión de culturas desde las antípodas. El recital posterior hizo vibrar a fieles carrozas y jóvenes por igual.

Las explosiones de júbilo masivo llegaron de la mano de los tan tarareados Imagine Dragons, o con la fiesta final más esperada, la de Jamiroquai. Un repertorio basado en su último trabajo "Automaton" pero con guiños al pasado bailón y funky. Se echaron en falta los pasos tan característicos de su líder Jay Kay, pero una reciente operación de espalda le exculpaban. Su irrupción tardía en escena vino precedida de un chaparrón de dimensiones bíblicas, que en varios minutos empapó a un público que se cobijó donde pudo para luego danzar y centrifugarse con himnos de los 90.

El festival se convirtió durante cuatro días en un caleidoscopio de sensaciones y colorido. Zonas de recreo para los más peques con piscina hinchable, ambiente house en un playa simulada, campas para el descanso o visitas a la torre más alta del complejo para una visión panorámica del monstruo de metal. Decenas de propuestas para todos.

A pesar de la mayoría local, este festival que comenzó en 2002, recibe a nacionalidades colindantes que nutren un evento premiado a nivel europeo por su especial enclave. Además, a precios muy asequibles. Daniela y sus amigos eslovacos, enamorados de la música, no pierden la ocasión. Curiosamente visitaron el Kutxa Kultur Festibala, que calificaron como "acogedor festival en una colina preciosa".

Vida alrededor

Ostrava ha reconvertido su poderío industrial en declive en un foco cultural en auge y es el motor tractor de un futuro que no olvida sus raices. Una ciudad nacida en torno a un río y el comercio del ámbar en 1229, creció y se pobló de la mano de la minería a partir del siglo XVIII y ha construido monumentos de la ingeniería convirtiéndose en un motor de la revolución industrial en Centroeuropa.

Hoy las chimeneas siguen oscureciendo el horizonte, pero menos. Bajo una nube de polución y el mecenazgo nacieron edificios como la Galería de Artes Plásticas de Ostrava, ya en 1922. Una ciudad de 300.00 habitantes, dos universidades públicas, cuatro teatros, museos y muchos más eventos artísticos más allá del Colours of Ostrava.

El espíritu creador y amor por las artes, perdura. Tanto como su respeto al pasado. Una visita obligada nos dirige a las minas Michal y Anselm, que dan la oportunidad de vivir una incursión minera y emular las durísimas condiciones de trabajo con la parafernalia del pasados. Unas instalaciones que rezuman aún el control del telón de acero soviético.

La herencia del realismo socialista está presente en muchos edificios y monumentos, pero esta austeridad y funcionalidad está salteada con múltiples edificios "nobles" de distintas épocas. Martin, uno de los guías, aseguraba que "la época comunista fue triste, digan lo que os digan". Áreas verdes y bidegorris a lo largo del río Ostravice permiten el esparcimiento local. Aún así, sus atractivos diurnos palidecen ante los más de sesenta locales de ocio que pueblan la calle Stodolni, famosa por su fiesta. La vida nocturna sigue, incluso después del festival.

Actividades alternativas

Alquilar unos patinetes con ruedas de bicicleta para pasear por la ciudad es una opción divertida. También se puede remar por su río en aguas muy tranquilas, pero la visita obligatoria deben ser a las minas.

En los alrededores de Ostrava, la región de Moravia-Silesia también oferta planes atractivos. En Opava, sus edificios emblemáticos, las iglesias o la oferta de su contundente gastronomía pueden ser una opción tranquila. También en Nový Jičín se oferta la visita a una fábrica de sombreros en la que se puede incluso interactuar fabricando uno propio.

En otra salida cercana se erige el Raduň Chateau, una imponente mansión que guarda los enseres de sus antiguos moradores. Para los amantes de la naturaleza conviene subir la colina Pustevny en teleférico, para ver la panorámica del entorno, llegar al tótem de Radegast (la marca local de cerveza) y terminar con una bajada en patinete a tumba abierta apretando bien los frenos.

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