bermuda, la isla rosa

Debe su nombre a su descubridor, el español Juan de Bermúdez. Ha acogido la Copa América de vela, muy cerca de sus playas con briznas de coral

Una de sus fastuosas playas sin apenas turistas a pesar de sus azuladas aguas a 20 grados.
Una de sus fastuosas playas sin apenas turistas a pesar de sus azuladas aguas a 20 grados. / F.M.
FERNANDO MIÑANAMadrid

En Bermuda, como llaman los nativos a su gran isla, todo parece haber pasado por accidente. Su nombre se lo debe a Juan de Bermúdez, un marinero español que viajaba en ‘La Pinta’ cuando Cristóbal Colón descubrió América. Conocer esa ruta facilitó al onubense Bermúdez montar un negocio transportando mercancías y personas entre España y los territorios de ultramar. Entre 1495 y 1519, este marinero de Palos de la Frontera cruzó el océano 22 veces. En una de ellas, huyendo de una tormenta en 1503, avistó la gran isla con forma de garfio. No llegó a poner un pie sobre su arena rosa por culpa de una defensa natural, el anillo de arrecifes de coral. Y, ahí ya en el terreno de las leyendas, porque los marineros se asustaron al escuchar unos sonidos misteriosos que, con los años, se supo que no eran otra cosa que el canto de la fardela de Bermuda, un pájaro autóctono.

Sus primeros habitantes también llegaron por accidente. El naufragio del ‘Sea Venture’ en 1609 –parece ser que inspiró a Shakespeare a escribir la obra teatral titulada ‘La tempestad’– obligó a los supervivientes a asentarse en esta isla en mitad del Atlántico, en el mar de los Sargazos, peinada por los vientos alisios.

Tres años después fundaron New London, que ahora es conocida como St. George, una coqueta ciudad colonial que conserva muchos edificios de los siglos XVII, XVIII y XIX y que protege su imagen soterrando los cables de la luz y las líneas de teléfono. La parte antigua y las construcciones defensivas fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 2000. En una de ellas, King Castle, los ingleses repelieron un tímido intento de invasión española con un par de cañonazos disuasorios. Un farol, en realidad, pues el enemigo no sospechó que solo les quedaba munición para un fogonazo más.

La isla es ahora casi más estadounidense que británica. Aunque se conduzca por la izquierda y sea el país del mundo con más campos de golf por habitante, el motor de su economía es el turismo y, más allá del vuelo diario que llega desde Londres (su única conexión con Europa) son los turistas de la costa Este –lo más cercano, a mil kilómetros, es Carolina del Norte– quienes desembarcan con sus palos de golf y se van directos a hotelazos como el Fairmont, donde fingen que es verano y encienden el aire acondicionado para turistas con sandalias y camisetas de tirantes pese a que la temperatura a mediodía no llega ni siquiera a los 20 grados.

Bermuda es una isla pequeña y estrecha. De punta a punta, de St. George al Royal Naval Dockyard, donde se encuentran las bases de la Copa América de vela que empezó a finales de mayo, hay 33 kilómetros, muchos más por sus carreteras estrechas y reviradas por donde circulan apacibles conductores que no pueden pasar de los 30 km/h. No hay problema. Nadie insulta. Y solo tocan el claxon para saludar a algún conocido.

Su gran atractivo, más allá de sus paradisiacos campos de golf, son sus playas de postal. De arena rosa por los restos del coral que llegan de las cercanas barreras. El rosa, de hecho, es el color nacional y aparece por todos lados. Desde sus celebérrimos pantalones cortos –cinco centímetros por encima de la rodilla–hasta muchas de las casas que, de manera abusiva, salpican todo el territorio de manera impenitente.

La bahía de Hamilton, la capital, salpicada de yates a los pies de chalets de lujo para ricos estadounidenses. / F.M.

Estas construcciones son unas de sus señas de identidad. En la remota Bermuda el agua es un bien francamente escaso y sus nativos aprendieron a aprovechar la lluvia con unas techumbres de piedra que son también un canal que recoge el agua y la almacena en unos tanques subterráneos. Son techos de piedra, de la abundante y porosa piedra con la que se construye todo en Bermuda, sustentados sobre una base de madera y todo fijado con una argamasa con restos de arena y aceite de tortuga.

Una silla de tortura

La tortuga verde fue muy importante en la economía local. Servía para comer, para comerciar y para hacer aceite. Su población quedó prácticamente devastada en 1900, pero desde 1972 está protegida, aunque los barcos de la Copa América han causando recientemente estragos con sus apéndices.

El escaso espacio sin construir que queda en el interior está salpicado por imponentes árboles pese a que el cedro, esta especie autóctona (‘Juniperus bermudiana’) que poblaba la isla siglos atrás, está en peligro de extinción tras ser utilizado durante décadas para hacer barcos, edificios o como combustible. Como remate, en los años 50 del siglo pasado, más de 75.000 ejemplares se secaron por culpa de una plaga. Su madera también se utilizaba para hacer unas cajas para el tabaco que valían más que su contenido. En las laderas campan a sus anchas los gallos y gallinas silvestres sin encontrar amenaza.

La capital moderna es Hamilton, una animada ciudad de negocios que se asoma a una bonita bahía. Allí también habita gente tranquila y amable, como ese anciano que se acerca en bicicleta para presentarse por su apodo, ‘Out of side’, y anunciar que si alguien quiere saber algo sobre Bermuda no tiene más que preguntárselo a él, que responderá orgulloso y se marchará sin pedir nada a cambio. Allí, como en todas partes, también revolotea un vistoso pájaro de torso amarillo limón que no para de canturrear un sonido que le ha valido el onomatopéyico nombre de ‘keeskade’.

Aparte de sus fastuosas playas rosas bañadas por una fabulosa agua turquesa, el gran atractivo de la isla está en las Crystal Caves, producto de otro ‘accidente’. En 1907 dos niños que habían perdido su bola jugando al críquet, encontraron estas cuevas con 500 metros de longitud y 62 de profundidad por donde se filtra al agua que ha creado piscinas naturales y monumentales estalactitas y estalagmitas.

El ayuntamiento de St. George, ciudad colonial y antigua capital. / F.M.

O la pintoresca St. George, donde el paseante se sorprende al ver en el puerto la ‘ducking stool’, una especie de silla que está suspendida sobre el agua sujeta por un brazo de madera. Se utilizaba para torturar a las mujeres que habían cometido alguna falta sumergiéndolas durante varios segundos.

Muy cerca de allí se encuentra la iglesia de St. Peters (1612) y sus dos cementerios. Al este descansan los blancos y al oeste, los negros y los esclavos. Allí fue enterrado James Darrell, que alcanzó la libertad a los 47 años y que se convirtió en el primer negro en tener una casa de su propiedad.

En medio de la isla permanece el faro de Gibb’s Hill, erguido sobre lo alto de una colina y en funcionamiento desde 1846. Uno de los pocos del mundo con un armazón blanco de hierro fundido. Desde arriba, al final de una escalera con 185 escalones, está la única vista panorámica de la isla. Su luz llega a barcos que están a 60 kilómetros mar adentro. Una referencia para los aviones que se aproximan a la pista del aeropuerto, tan larga que figura en la lista de lugares donde puede realizar un aterrizaje de emergencia una nave espacial de la Nasa.

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PARAÍSO DEL BUCEO

Barcos hundidos.
Uno de los grandes reclamos turísticos de Bermuda es ser un lugar ideal para sumergirse y contemplar el fondo marino. Los submarinistas que llegan a las zonas más profundas tienen el premio de los abundantes pecios, de los tiempos en los que los barcos se hundían tras chocar contra el arrecife.
Peces exóticos.
La costa también ofrece alicientes para los amantes del snorkel. Aguas cristalinas y cálidas (más de 20 grados) donde observar peces mariposa, peces loro y peces ángel, y también pulpos, tortugas y langostas.
Nadar entre delfines.
En los lugares más turísticos también se ofrecen otras actividades que incluyen la opción de nadar entre delfines.

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