Victorio Urresti era un niño cuando su padre, José, casado con una hija del legendario industrial industrial metalúrgico guipuzcoano Victorio Luzuriaga, comenzó a reunir una de las más curiosas colecciones de pintura moderna española que hay en manos privadas.
Regoyos, con una inédita vista con personajes en La Concha, en un atardecer de 1885, entre otras obras, como también Gutiérrez Solana -«otra de sus pasiones»-, del que atesora una representación única del trajín en el Rastro de Madrid hacia 1922, son algunos de sus principales valores.
Por primera vez, el heredero muestra al público, en el Museo de Bilbao, una selección de 37 de los 112 cuadros adquiridos durante 30 años por José Urresti, muerto hace ya veinte. «Fue mi padre quien formó la colección; acabó siendo un gran aficionado. Jamás vendió nada, como tampoco lo he hecho yo», refiere Victorio.
La colección es fuerte en paisajes y retratos, sustentada en artistas como Zuloaga, Iturrino, Echevarría, Olasagasti -que retrató al abuelo y al nieto- y los coetáneos Montes Iturrioz y Menchu Gal, entre los vascos. Sólo ahora, Urresti se ha desprendido de tres cuadros, que ha donado a modo de agradecimiento al Museo de Bilbao, ya que en él ha tenido depositados los fondos desde 2004, para que sus técnicos cuidaran de su conservación y le catalogaran la colección entera.
Se trata de sendos paisajes de Aureliano Beruete, Joaquín Mir y Celso Lagar, que vienen muy bien para complementar la colección del centro, según puso de relieve el director, Javier Viar.
Éste se felicitaba por las creciente relaciones del museo con la iniciativa privada, lo que antaño fue capital para formar su colección. Viar lo atribuye a las compensaciones fiscales que la Diputación vizcaína ofrece hoy por el depósito de obras de arte.
En este tiempo, Victorio Urresti se ha mudado a una casa más pequeña en San Sebastián, donde ya no lo podrá tener colgado todo; así que se impone alguna decisión drástica.
«Quizá me quede con lo que más me guste y me desprenda del resto; también me gustaría comprar algo de arte contemporáneo. No sé qué hacer», duda Victorio ante una colección que completa la visión del tránsito del arte por la última parte del XIX y la primera del XX con una soberbia presencia de artistas catalanes, como Rusiñol, Casas, Anglada, Nonell y el propio Mir; pero también de la Escuela de Madrid, donde brilla con luz propia Benjamín Palencia, e incluso algunos franceses como De Vlaminck y Maurice Utrillo.