Hay catedrales y catedrales. Catedrales huérfanas de secretos y catedrales rebosantes de sucesos difícilmente creíbles para el pensamiento laico. La de Barcelona es, en ese sentido, un auténtico filón. Bajo sus naves se esconde una talla de Cristo capaz de esquivar balas u otros objetos contundentes. El descubrimiento de tamaña virtud tuvo lugar en la batalla de Lepanto, cuando la estatua, hecha en madera, viajaba a bordo de la nave capitaneada por Juan de Austria. Durante la orgía de hostilidades, abordajes y bayonetazos, un proyectil salió disparado en dirección a la cabeza de Cristo.
A pesar de la rigidez propia de los objetos tallados en madera, éste ladeó la cabeza con agilidad, evitando el impacto y sorprendiendo con la hazaña tanto a cristianos como a turcos. El milagro tuvo como contrapartida que el Cristo no pudiera volver a su posición original, manteniéndose el rictus vertebral que se puede contemplar hoy en día.
La catedral de Barcelona, también, tiene un claustro perpetuamente habitado por trece ocas. Éstas podrían ser quince, ocho o diecisiete, pero no. Se trata de trece aves pues trece fueron los tormentos a los que fue sometida Santa Eulalia para que renegara de sus creencias cristianas. La historia de la patrona de la ciudad -como la de otros tantos personajes del santoral- está plagada de resonancias sadomasoquistas y detalles de una escabrosidad tal que asustarán al más pintado.
Todo ocurrió en el corazón romántico de Barcelona, en las callejuelas del barrio gótico y la antigua judería, por lo que, aún en el siglo XXI, puede realizarse una ruta turística por los lugares del tormento. Daciano fue el emperador romano que se ensañó con ella y mandó torturarla sin piedad: primero le azotaron; luego le desgarraron la piel con garfios; pusieron sus pies en un brasero; le aplicaron ascuas ardientes en los pechos; llenaron sus heridas de sal; bañaron su cuerpo en aceite hirviendo; la regaron con plomo recién fundido; arrojaron a una piscina de cal viva; encerraron en un corral repleto de pulgas; pasearon desnuda por la ciudad e, incluso, la hicieron rodar trece veces dentro de un tonel repleto de vidrios rotos. Al comprobar que, aún con este abanico de barbaridades, la niña seguía rezando padresnuestros, a Daciano no se le ocurrió idea más peregrina que enamorarla para ver si así, por amor, renunciaba a sus creencias. Santa Eulalia -sobra explicar el por qué de su santidad- no cayó en sus brazos sino muerta. En el Call barcelonés, una calle recuerda una de las torturas: se trata de la bajada de Santa Eulalia y fue allí donde, oficiosamente, se precipitó el tonel con vidrios en el que viajaba la santa. Por truculencia que no quede...