Sabido es que las grandes orquestas no tienen el tirón popular de las figuras individuales y su habitual presencia en el Festival no consigue tan fácilmente reventones de público. Así ocurrió con el doblete de bandas del martes, que aflojó un poco la asistencia y permitió respirar mejor en el estrecho cerco de la Trinidad.
Conociendo su reciente pasado y habiéndole visto en la fiesta jazzero-flamenca de Chano Domínguez, se tenía constancia del desenfado del músico Llibert Fortuny i Cendra. Pero lo último que se esperaba era ver a un director de gran banda enfundado en una demoníaca camiseta Misfits.
Aviso estético que se fue haciendo realidad musical diversa y no fácil de clasificar cuando el prometedor músico catalán y su amplio combo arremetieron apabullantes con Mal D'Ous, Auxili o III Generation. Mucha energía musical e incluso física, con juerga grupal y experimentos de grabado-sampleado a cargo del guitarrista David Soler, más las manipulaciones del propio jefe de fila.
Cuando éste y sus tres apoyos (guitarra, bajo, batería), exteriores al numeroso combo de viento, tomaban el protagonismo, aquello sonaba a correoso jazz progresivo (alguien mentó entre la masa al mismísimo Frank Zappa). Pero Llibert y colegas iban a ir picoteando en todo tipo de campos de influencia en los títulos Pistolers de Sant Celoni, To Steve Coleman, Intro-Las 3 Marías y Conflicte bipolar: desde dianas festivas, épico ambiente latino casi de pasodoble, ritmos disco, balada jazzera o un macizo aire de himno. Sacó el director en el bis su soprano electrónico para autograbarse varias tomas superpuestas y la alegre sesión acabó con el compacto Yco Party. A esta banda le sobra descaro y posee una prometedora base instrumental. Puede dar que hablar.
Es Matthew Herbert una rara avis muy británica. Salió a escena en la segunda parte de la noche, con un impecable frac y mordisqueando una copa. El chirrido de los dientes contra el cristal, grabado y manipulado, fue la primera broma de la noche. Con la banda ya en acción vendrían el sonido de una vieja máquina de escribir, el gemido de globos al desinflarse o un minucioso destrozo de ejemplares del diario La Razón por parte de cada uno de los músicos (Herbert siempre ha sido radical en sus ideas).
Mientras el DJ intercalaba sus sampleados y manipulaciones, rítmicamente poseso, cual pingüino eléctrico, el megacombo, dirigido por Peter Wraight y de impoluta etiqueta, sonó elegantemente clásico: un curioso choque entre tradición y ruidismo actual. La cantante morena Valerie Etienne introdujo melodías de un soul muy británico (Foreign Bodies) y la fiesta acabó a oscuras, alumbrada con flashes de minicámaras de fotos, en la balada standard Over Exposed. Una curiosidad altamente british.