Jueves, 13 de julio de 2006
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EDICIÓN IMPRESA
CRÍTICA | TODO EL BIEN DEL MUNDO
Soledades del alma
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Título: Todo el bien del mundo. (Argentina, 2005). Dirección y guión: Alejandro Agresti. Fotografía: A. J. Cajaraville. Música: J. Lanuzzi. Intérpretes: Mónica Galán, Julieta Cardinali, Carlos Roffé. Duración: 90'. Cine de estreno: Trueba.

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Es una de esas películas tranquilas, suaves, sosegadas, triste pero no demasiado, hecha de soledades, cosida en conversaciones entrecruzadas, cuajada en miradas que todo lo dicen, trabajada con una cámara que se mueve sin prisas, que se para cuando debe y quiere pararse. Una película con bicicletas antiguas, niños que van a clase de música con bata blanca, héroes de la guerra de las Malvinas que han acabado dando lecciones de vuelo a campesinos sabios y cincuentones. Una película que se exhibió junto a la laguna veneciana una noche de septiembre y ganó el premio Arco Iris. Una película de acuerdos y desacuerdos,de acordes y desacordes, de encuentros y desencuentros. Una película en la que existe, cómo no, la sombra de la dictadura argentina que todo lo cubrió durante tantos y tantos años. Una película sobre madres e hijas, mujeres y amantes, padres e hijos, chicas y novietes a la orilla del mar, pueblitos que chamullan más de la cuenta y pueblitos que saben fajarse a los suyos cuando hacerlo es de justicia. Una película de noches y de amanecidas a la puerta de la panadería San Cayetano. Una película dirigida con otro tempo, otro amor, otros sentimientos, otras intenciones por quien no es sólo el autor de la cascabelera El viento se llevó lo que y de la comercial La casa del lago sino también un creador de los de verdad grande que ha traído sus obras al Zabaltegi donostiarra y las ha paseado por Cannes.

Es Todo el bien del mundo una película sobre tristuras largas y alegrías explosivas. Sobre soleades vividas en pueblos que están en la otra punta del trayecto del autobús, de cualquier autobús. Es la película de Agresti y los suyos una de esas joyitas pequeñas de celuloide lindo que te va admirando a pocos, candenciosamente. De esas que no te exige estar ni a la defensiva ni al ataque sino que te cala y te jala suave, tranquila, elegante y sobriamente. Se puede ver en soledad, como la vimos nosotros el domingo a la noche, pero merece mucha más suerte y mucho más público. Porque siempre es hermoso degustar cine chico, cine de ese que sabe que son muchos los que aprecian el celuoide sereno. Sólo hace falta conocer el punto de encuentro. Es en el Trueba.



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