Esta semana sanferminera es casi obligatorio hablar del bar El Tuerto. Cuando llegan estos días se me vienen a la cabeza recuerdos imborrables de cuando éramos chavales. Retrocedo muchos años atrás, hasta la década de los cincuenta y de los sesenta, a la calle Herreros, donde estaba ubicado el bar. Era un bodegón lleno de barricas y había unas mesas donde solían estar de tertulia todo tipo de personas, empresarios, repartidores, comerciantes Alternaba todo tipo de clase social.
Un grupo de amigos de los asiduos a dicho bar organizaba para los días seis y siete de julio unas fiestas. Este grupo de amigos se denominaba la Peña Katxutxo. El Katxutxo, que está casi olvidado, consta de un dado y un vaso de cuero. Aquel que sacaba el menor número pagaba la ronda. El promotor de esta peña era el dueño del bar, Sabino Villanueva, junto con sus hijos José y Rafael.
Las fiestas comenzaban el día 6 de julio con el tradicional chupinazo. Previamente, se engalanaba con banderines el bar y la calle. En el interior se ponía el tocadiscos y se sacaban fuera un par de altavoces para que en la calle no dejaran de sonar la canciones de las peñas pamplonicas y las jotas navarras durante los dos días que duraba la fiesta. Las cabezas de los cabezudos puestas en la estantería del bar, dispuestas para hacer su salida, almuerzo ajoarriero, juegos infantiles, campeonato de Katxutxo (en la calle)
Este campeonato se jugaba con un dado grande de madera. El ganador se llevaba un reloj de pulsera, donado por La Esmeralda, cuyo propietario era miembro de la peña. El día de San Fermín había misa. Miembros de la peña y demás iban en comitiva desde el bar hasta la iglesia acompañados del txistu. Se echaban cohetes durante los dos días y como fin de fiesta, a la noche, sesión de cine en la calle Herreros, fuera del bar. Se proyectaban películas de El gordo y el flaco, Charlot Se ponía de pantalla una sábana, bien tirante, de balcón a balcón. El responsable del cine y la música era otro miembro de la peña, un experto en la materia, Félix Comas. Era indispensable llevarse la silla de casa, y así se hacía. Yo, como vivía cerca del bar, lo veía desde el balcón de casa.
Transcurrieron años en los que no hubo fiestas. Unos amigos empezamos a calentarle los cascos a José, hijo de Sabino, que entonces llevaba el bar. Empezamos poniendo música hasta completar casi el programa de los pioneros. Estas fiestas las mantuvimos hasta que se cerró el bar El Tuerto. Ahora han cogido las riendas otras generaciones y vienen trasladando la fiesta a la Plaza Nueva. No se han perdido ni en el recuerdo ni en la actualidad.