SAN SEBASTIÁN. DV. Agorero o pitoniso, el comiquero que publica sus tiras rockeras en el suplemento del viernes de este periódico hizo la semana pasada un juego entre Knocking on Heaven's Door, conocida canción de Dylan, y la posibilidad de que la meteorología soleada de los pasados días mudara ayer a tronada. Y así fue, pero no logró deslucir el gran encuentro Laboa-Dylan, y tampoco desanimó a los miles de personas, aficionados o curiosos, que prácticamente ocultaron la arena de La Zurriola. Por avanzar una cifra, alrededor de treinta mil. El gentío desafió las suaves lluvias nórdicas de la jornada, que ofrecieron una milagrosa tregua durante el doble recital, y se congregó en un acto que desde luego fue de paz y sobre todo de amor hacia dos personas buenas, positivas, lúcidamente creativas como lo son el cantautor universal Bob Dylan y nuestro particular Dylan de andar por casa, Mikel Laboa.
Porque hay muchas semejanzas entre ambos y la primera y más obvia es que se expresan en público a través de canciones. Pero también una ligera diferencia de edad (72 el euskaldun, 66 el usamericano) y otras diferencias mayores. El de Pasai Donibane-Donostia es hombre sedentario, arrastra su particular «pánico escénico» y nunca ha obrado como profesional del oficio cantor. El de Minnesota, por contra, es viajero y animal de escenario en su Never Ending Tour; el «gitano viviendo en bus», que diría Sam Shepard.
Entrañable Mikel
Afortunadamente para todos, Mikel rompió ayer tarde su miedo escénico en La Zurriola y los miles de amantes de sus canciones, y los otros miles que quizás le descubrían ayer mismo, entre la bruma cantábrica, pudieron oir su dulce canto, muy raro ya de escuchar en vivo porque cada vez se prodiga menos. Un registro, que acusa cada vez más el inevitable paso del tiempo sobre las cuerdas vocales, pero que guarda los ecos de mundos tradicionales, actuales o fantásticos que Laboa ha recreado en una trayectoria personal, apoyada ayer por su trío de apoyo: Iñaki Salvador (teclados, acordeón), Ángel Unzu (guitarra) y Josetxo Silguero (saxofón).
Todo el recinto de los mares de Gros fue un clamor cuando sonó el siempre esperado Txoria txori, esa magnífica miniatura poética que escribió en Usurbil el gran Joxe Artze y que el emotivo arrope melódico de Mikel convirtió en el más bello, vital y minimal de los himnos: un simple pájaro y su jaula y una simple persona y su debate entre dominar o dejar vivir en libertad los demás. Si Blowin' In The Wind es bellamente simple en sus planteamientos de guerra y paz, de amor y odio, el pájaro de Mikel/Joxan es mucho más tenue en su sencilla grandeza. Mikel desgranó títulos como Galderak, Haize hegoa, Izarren hautsa y remató su actuación con Lilurarik ez y Geure bazterrak.
Clasicismo Dylan
Cuando Dylan salió a escena ya eran miles las personas que llenaban la playa y muchos los barcos que contemplaban casi a oscuras la fiesta desde el mar.
Dylan parece siempre más distante que su colega de escenario; harto conocida es su impronta profesional: apenas masculla normalmente unos agradecimientos que casi no oye ni su sombrero country. No se movió mucho el de Duluth en la arena de Gros del esquema que está desarrollando en su gira, y que proviene de lo que se escuchó en su anterior visita europea, hace unos dos años.
La mayor parte de su recital lo ocupan composiciones escritas hace casi cuarenta años, para solaz de la mayoría de su público, que busca lo seguro, y para desagrado de la minoría de reales dylanianos que hubieran preferido algo mas valiente y rompedor, como sucediera, por ejemplo, en la sorpresa que protagonizó en julio del año 1993, en el Buesa Arena de la capital alavesa .
Insistió el maestro en las ya conocidas revisiones de grandes temas de su extensa discografía como Maggie's Farm, Times They are A-Changin', Mr. Tambourine Man, It's Allright, Ma, Stuck Inside of Mobile, Highway 61, Girl Of The North Country, I'll Be Your Baby Tonight, I Don't Believe You, Masters Of War, Like A Rolling Stone o All Along The Watchtower.
Rozó de puntillas, como para cumplir con la actualidad, sus dos últimos discos Time Out of Mind y Love &Thief, y no pareció mentar ni uno de los títulos de su ya grabado nuevo disco Modern Times, que se pondrá a la venta a finales de agosto
Como también se esperaba, no toca Dylan la guitarra sino Denny Freeman y Donnie Ferron, se centra en el teclado y en las fases de armónica. Y, ataviado en su típico estilo de cowboy de domingo, subrayó la intrincada solidez de sus grandes canciones y el clasicismo casi cenital de su saber estar escénico. Dos cantantes para la historia y una noche para el recuerdo.