SAN SEBASTIÁN. DV. Desde finales del pasado mes de junio apenas ha lucido el sol. La mayoría de los puestos de helados en las playas permanecen cerrados y en los chiringuitos no se venden los pinchos, que terminan en la basura. «En estos días tan malos sólo consumen quienes trabajan en la playa, como los tolderos, los socorristas y los monitores de las piscinas», se lamenta Javi Pájaro, camarero en el quiosco de Ondarreta. «Con este tiempo se trabaja de otra manera, no preparamos casi pinchos, no vendemos ni la mitad y todo lo que sobra, que es mucho, nos lo comemos o bien lo tiramos».
La arena de las playas se muestra desnuda, los toldos no se despliegan desde hace más de dos semanas y los tolderos se dedican a leer novelas. «Está bien tener días así para descansar pero es mejor que haga buen tiempo. Los fines de semana, aunque haga malo, siempre se ponen más toldos en La Concha porque la gente no los utiliza sólo para taparse del sol, sino para dejar las cosas, pero hoy no he llegado a montar ni diez», confesaba Luis García, toldero en esta playa. Tanto él como sus compañeros sufren en sus propios bolsillos las consecuencias del clima. «Se nota sobre todo en las propinas.Cuando hace bueno ganas bastante, pero cuando hace malo muy poco o nada».
Para todo el que trabaja en el entorno de las playas la jornada de trabajo se hace interminable cuando no hay clientes. «Para combatir el aburrimiento leo libros, charlo y voy a tomar algo al chiringuito», explica Iván Leston, toldero de la Zurriola. «Con sol ganas más dinero, pero el día es más movido, y con mal tiempo tienes más descansos. Todo tiene su parte positiva y negativa», cuenta Edurne Erauskin, sonriente a pesar de todo, en el interior de la caseta de venta de helados situada en Alderdi Eder.
La barca sin viajeros
La barca que transporta viajeros a la isla también tiene poca actividad desde hace días, y Angel Isturiz se queja de que «de 10 de la mañana a 8 de la tarde aquí te aburres como una ostra». No sólo pesa el hastío en este marinero, también la pérdida de ganancias, ya que la barca sale una sola vez por hora, «primero decidimos sacarla cada 30 minutos, pero no podemos porque no hay suficiente gente, así que lo hacemos cada hora. Así no ganamos ni para pagar el gasoil, y como ahora está tan barato...».
El mal se extiende hasta la propia Santa Clara, desierta un día tras otro. «Si no les llevo gente en la barca, los del bar de la Isla tienen que quedarse chupándose el dedo. Que haga sol es bueno para todos». Este experto en climatología no se deja vencer por el desánimo y explica que «aquí el verano siempre llega después de San Fermín. Ya cambiará, hay que tener esperanza».
Mientras todos los donostiarras, tanto los que trabajan como los que están de vacaciones, esperan que los rayos del sol lleguen a la ciudad, Alexandra Cevallos echa de menos el movimiento en la playa, la gente bañándose y los niños jugando. Pero hasta entonces el chiringuito de la Zurriola donde trabaja se ha convertido en centro de peregrinación de los turistas -principalmente ingleses- que ayer agotaron todas las cervezas de la caseta.