Martes, 4 de julio de 2006
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Kitsuné-Bi
«Volviendo a la epopeya hispánica de los que a patadas quisieron alcanzar la gloria, habría que hablar de esa perspicacia adivinatoria comparable a la de Nostradamus que, como se sabe, da de todas todas (según algunos) y no da ni una (según otros)»...
España -dicho sea en el plano deportivo y por el momento que atravesamos, que corren ráfagas admonitorias que hablan de la extinción en plazo breve y hasta en este apartado de este solar que ha ido superviviendo durante siglos- parece como si estuviera bajo brujas, sorguiñas y meigas celebrando aquelarres y orgías sabáticas, mesas más o menos alargadas a las cuales uno se resistiría a sentarse si fuera invitado no sea que me inundara de indignidad, acuerdos previos a los que se llama procesos y en los que, a poco que se remuevan sus aguas se ve que hay un fondo de esa sangre que nunca se coagula y que no hay que dejar que se coagule rechazando enérgicamente el vil consuelo del olvido que es el beleño preferido por los dioses protervos, que tampoco será que aduzca el ejemplo de Caín tratando de librarse del fantasma de su hermano Abel por mucho que caminó por el desierto bajo la voz en ecos de Jehová como blondas de conciencia anatematizándole, no pidiendo (para qué se quiere) esa migaja de reconocimiento con que los blandos de condición o los pusilánimes de alma de requesón se sentirían pagados aun tragándose el chispazo agreste y soez de la chulería andante que se usa por parte de los que mojaron su arma letal en iniquidad y burla obscena para más inri. Escribía Yakumo Koizumi (así llamado en Japón, el que siendo hijo de griega y de cirujano irlandés de la Armada británica se llamaba originalmente Lafcadio Hearn, y escribió entre otros el admirable libro Kwaidan y el otro libro de El romance de la Vía Láctea (Espasa-Calpe, 1921), un cielo cuajado de lechosos caminos, la ingenua balada lorquiana (Esta noche ha pasado Santiago/ su camino de luz en el cielo (...) ¿dónde va el peregrino celeste/ por el claro infinito sendero?...) como coda que se nos pudiera ocurrir bajo la sugerencia de ese libro que escribió el hijo del cirujano y peregrino por países exóticos, digo, sobre la poesía de los fantasmas, textos o kyokas de catorce fantasmas de los que el primero es Kitsuné-Bi, fuego de zorra o fuego fatuo «representado por una lengua de llamas rojo-pálidas revoloteando en la oscuridad, sin esparcir luz alguna sobre las superficies en que se desliza» que uno piensa, y querría que no fuera otra cosa que fuego fatuo todo lo que le cerca ominoso, efervescencia no más de la podre que somos en sus primeros momentos de pudrición escapándose del cóncavo cedazo de la tierra, y allá, en una cierta lejanía solamente barruntada casi, el horizonte que vuelve a ponerse nítido después de la borrasca que es como se querría que fuese y que se sabe que no será así sino algo que superará con creces el delirio y la evanescencia, y mejor, que ni siquiera es lícito soñar en ensueños más o menos aceptables desde el punto al que se ha llegado, unas líneas esfumadas en un tapiz incongruente pero que se teme que sea todo algo más chirriante, ya se verá...

Volviendo a la epopeya hispánica de los que a patadas quisieron alcanzar la gloria, habría que hablar de esa perspicacia adivinatoria comparable a la de Nostradamus que, como se sabe, da de todas todas (según algunos) y no da ni una (según otros). De este Nostradamus legendario, por un ejemplo, hemos asistido a ese su desplome último que hablaba de un príncipe llegado de España (que añadamos la vestimenta del alejandrino rubeniano de «en el cinto la espada y en la mano el azor») que ponía su pica ya no en Flandes sino en la misma Germania y, sin embargo, tuvo que volver por donde y cómo había ido, que para esta ocasión (y eso sí que sería premonición) versificó Luis de Oteyza en su La vuelta de los vencidos, a los que vió «abatidos, vacilantes, cabizbajos y andrajosos,/ caminando lentamente dirigiéndose a su hogar», y en donde nos dice que «son los mismos que partieron entre vivas y clamores/ son los mismos que exclamaron: ¿Volveremos vencedores!/ son los mismos que juraban al contrario derrotar», que ¿será todo culpa de Nostradamus, o habrá que buscar a alguien más cercano, como siempre, seguramente a la sombra del seleccionador, un hombre con fama de sabio (tan sabio que ni cree ni mucho menos hace caso de sus propias palabras, que hasta creo que es cosa de los presocráticos la práctica de la autoincreencia, dejar al corazón que vaya latiendo no se sabe por qué vericuetos que ni tampoco se sabe a dónde conducen y menos aún a la conciencia, que lo conveniente es que sea una masa oblonga, un masajeado músculo que despide reflejos que ni siquiera es capaz de recogerlos el propio emisor.

Y, como lo de mens sana se ha puesto algo difícil en este desvariado o desnortado mundo en el que vivimos, lo lógico parecería refugiarnos en el corpore sano, pero cómo si hay indicios de que está igualmente en estado comatoso, en tan putrescente situación como el mental, que felices tiempos aquellos sin duda, ¿serían los de Píndaro? en los que se pudieron cohabitar las dos potestades del ser, considerado éste como un amasijo psico-físico. Pero, por las trazas, tampoco será posible, al menos por lo que toca a las empinadas laderas de Alpe d'Huez (que lo elijo, en mi autodeclarada ignorancia de los páramos ciclistas como cima sucesora de míticas resonancias como Tourmalet, Galibier, etcétera, y aun a pesar de que sigan figurando éstas). No será posible, supongo, porque media la sombra de la sábana blanca de otro fantasma no sé si digno de figurar en la colección de Lafcadio Hearn (alias Yakumo Koizumi), ese fantasma de la Operación Puerto, una acción (o reacción, que ya se sabe que es dilema inalienable de la Física ese juego opositor) de limpieza de la que se teme que sea como el escobón que va llevándose las inmundicias del sollado y sus ásperas y rudas raíces van agujereándolo y llegan a verse las cuadernas y el navío va hundiéndose en la mar que, quién sabe si el tinglado del buque estaba preparado para acometer semejantes travesías y habrá sobrevenido, acaso, la hora en la que al propio Tour se le vayan viendo las costillas y, como en el sueño de Nabucodonosor interpretado por Daniel, nos hallamos ante el coloso con pies de barro, que quién sabe si también esto es asunto de pedicuros.

Buscar pureza en las mansiones del hombre puede ser que sea empeño arriesgado, que no diré yo que no se debe intentar hacer, pero que hay que tentarse bien las ropas y los músculos y las potencias (o, impotencias) mentales antes de meterse en semejante tinglado que, allá en la infancia, a algunas niñas les bulle el ansia de un escozor, el de hurgar en las entrañas de sus muñecas que es ejercicio de donde nacen, sobre todo, los muñecos rotos en la más amplia acepción de este fenómeno y que sería lamentable comienzo para tantas empresas humanas, todo kitsuné-bi o fuego fatuo según se mire o se quiera mirar, pero que no es lo mismo.



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