Ahora sabemos que el fútbol, tal y como lo practica la selección española, selección de selecciones, es pura agonía; mejor dicho, es agonía en estado puro. Dura poco, esa es la verdad, y no da tiempo a crear costumbre, que es la base real y natural de la ley. Quiero decir que no da tiempo a crear adicción.
Yo al menos no conozco ningún adicto a la selección española de fútbol, aunque no dudo que lo haya, por esos campos de Dios y de la monarquía.
Uno, si fuma durante seis meses seguidos, es probable que le coja gusto al tabaco y no piense en otra cosa, ni de noche ni de día, ni con frío ni con calor.
Pero si fuma sólo durante tres días seguidos, lo podrá dejar sin problema, porque la ilusión del comienzo, la curiosidad de quien se adentra en otros territorios y descubre mundos desconocidos, el placer de la aventura, en definitiva, no es superior al deseo de dejar de fumar y de volver a la situación original.
Lo mismo sucede con el amor. La gente se enamora, es un suponer. Comparte cuerpo y alma durante tres días seguidos, por poner un ejemplo. Luego, ella o él desaparecen, o lo hacen ambos a la vez.
El dolor por la perdida no es tan grande que anule la alegría de haber conocido a otra persona y de haberla amado; ni la esperanza es tan ínfima como para desvanecerse en un momento. Queda el recuerdo, dulce como una noche clara de verano.
Lo malo de las agonías es que a veces son tristes, y patéticas las más. Y también las hay ridículas.