Produce cierto mareo imaginar quién sería el primer hombre -o la primera mujer, vaya- que descubrió el mar o la mar. Pero seguro que, tras un primer instante de asombro y admiración ante la inmensidad, metió los piececitos con cautela, después se fue adentrando entre las olas y finalmente se lanzó en plancha para salir exclamando: «¿está muy buena!», refiriéndose al agua. Y en esa orilla decidieron asentarse y se pusieron a edificar sin descanso, dando lugar a las primeras civilizaciones. Eso sí, en lo que no acabaron de ponerse de acuerdo es en el sexo del mar o de la mar, pues cada uno lo llama a su manera y arrima el ascua a su sardina. Finalmente lo dejaron en tablas, o sea, género ambiguo. El marinero, tal vez por añoranza maternal o abstinencia delirante que le hace imaginar sirenas, habla siempre de «la mar». Así también los meteorólogos, cuando se refieren al «estado de la mar». O aquellas chachas que en su día libre se ponían «la mar de contentas». Pero al margen de la costumbre personal de emplear uno u otro artículo, hay ciertas expresiones en las que todos coincidimos. Nadie dice, por ejemplo, «se hizo al mar». Existe también otra expresión, que desde luego no es nada marinera, por su tono pueril y poco convincente, en la que igualmente se emplea de manera exclusiva el femenino. Nadie dice «¿mecachis en el mar!», sino «¿mecachis en la mar!». Y esto es algo que resulta de un machismo atávico e intolerable. Por eso, ante la ambigüedad marina, lo mejor es aprender a nadar y guardar la ropa.