PAU. DV. Christophe Dubarry, el presunto autor del asesinato de su esposa, la donostiarra Belén Muro Etxegaray, y de su hija Irati, de cinco años, manifestó ayer al tribunal que le juzga en la ciudad francesa de Pau que no recuerda nada de lo relacionado con su participación en el doble crimen. Relató que el día de los hechos llegó a casa sobre las once de la noche y que tras leer una nota escrita por su mujer se encolerizó. «No me acuerdo de más. Me vienen a la cabeza las imágenes de unas manos sobre mi esposa, pero ni siquiera reconozco que sean las mías», dijo.
Dubarry se enfrenta a una doble imputación de asesinato con las agravantes de haber perpetrado los delitos sobre una mujer en estado de gestación -Belén Muro estaba embarazada de casi cuatro meses- y sobre una menor. La gravedad de los delitos podrían llevar al tribunal a dictar una sentencia de cadena perpetua.
Los hechos que se juzgan ocurrieron el 14 de febrero de 2004. La víspera, Dubarry, de 33 años, jefe de cocina del complejo de talasoterapia de Hendaya Serge Blanco, llegó a su casa después de haber finalizado su jornada laboral y tras haberse despedido de la mujer con la que mantenía una reciente relación sentimental. A la vista de las pruebas existentes, cabe la sospecha de que el acusado lo tenía todo estudiado para acabar con la vida de su esposa, de 34 años, y de su hija Irati. Aguardó hasta poco antes del amanecer para asfixiar a su mujer y estrangular a la niña con un cable eléctrico. Dubarry desordenó el piso y preparó todo para que la Policía creyese que unos delincuentes habían irrumpido y habían matado a su familia.
Consumado el doble crimen, Dubarry salió de casa a primera hora y se dirigió a su trabajo. Aquella mañana llamó varias veces a su domicilio. Deseaba dejar evidencias de un comportamiento aparentemente normal. Luego, compró un ramo de flores. Simuló que era para regalárselo a su esposa. Seguidamente, regresó a su casa, en el número 14 de la calle Doléac.
El cocinero accedió a la vivienda y de inmediato salió en estado de aparente nerviosismo. Llamó a los vecinos, les pidió ayuda. «Mi mujer y mi hija están muertas, avisen a la Policía», gritó. Llegaron los agentes. Nadie sospechó entonces del marido, nadie creía que aquel hombre tan educado, callado y cumplidor hubiese tenido el valor de matar a su mujer y menos aún a su hija. La relación entre ellos parecía muy cordial.
Confesión en comisaría
El acusado permaneció toda la tarde de aquel día de San Valentín en dependencias policiales. Incluso durmió allí. En las horas posteriores al crimen, por la comisaría pasaron a declarar conocidos, familiares y compañeros de trabajo del acusado. Entre estos últimos se encontraba la persona con la que Christophe tenía desde hace unos seis meses una relación extramatrimonial. Pero en su primera declaración, la amante silenció su vinculación sentimental con el jefe de cocina.
Al día siguiente el juez comunicó a la Policía su intención de decretar la puesta en libertad de Dubarry. Los agentes solicitaron al magistrado que les permitiera retenerle sólo unas horas más. Y fue en el transcurso de este lapso cuando la Policía tuvo conocimiento de la existencia de la relación extramatrimonial. A partir de ahí todo cambió. Un nuevo interrogatorio dejó al descubierto a Dubarry. Llegaron las contradicciones, las dudas y las imprecisiones. Horas más tarde terminó por confesar.
La declaración que entonces efectuó Dubarry nada tiene que ver con la prestada ayer ante la Corte de Pau. Entonces, el acusado proporcionó a la Policía un sinfín de detalles de cómo acontecieron los hechos. No tuvo dificultades en recordar ante los agentes que cuando llegó a casa halló a su esposa dormida en la cama al lado de su hija. No dudó en admitir que llevó a la pequeña a su habitación, que utilizó unos guantes de cuero para estrangular a Belén Muro para «no sentir el contacto de la piel», que también asfixió a su hija con el cable de un coche teledirigido. Entonces también declaró que mató a su esposa para rehacer su vida con la nueva pareja. Ante los policías justificó la muerte de Irati «porque no podía soportar la idea de que ella viviera sin su madre».
Sin memoria
Ayer, sin embargo, todo pareció haberse borrado de su memoria. Christophe Dubarry manifestó que no recordaba nada de lo ocurrido, ni siquiera que hubiese efectuado una declaración autoinculpatoria. El acusado dijo que de lo último de lo que tiene constancia es de una carta escrita por su esposa, que la leyó el día de autos al poco de llegar a casa, y en la que le reprochaba la falta de interés que mostraba por la vida de ella y la de su hija. Dubarry indicó, al igual que lo había hecho hace dos años ante la Policía, que este reproche le encolerizó sobremanera y que bien pudo ser el desencadenante de su posterior actuación criminal. «A partir de ese instante no recuerdo nada. Me vienen a la cabeza las imágenes de unas manos sobre mi esposa, pero ni siquiera reconozco que sean las mías», dijo. De nada sirvió la perseverancia del magistrado presidente Laurent Tignol, que una y otra vez insistió en conocer el motivo de la amnesia de la acusado. «¿Cómo puede ser que recordara con todo detalle lo que sucedió y que ahora lo ignore?», inquirió el magistrado. «No sé, no sé», respondió Dubarry, quien añadió que «hoy en día no sería capaz de salir a la calle sin saber realmente lo que sucedió». Para las acusaciones, sin embargo, esta versión no es sino fruto de una estrategia de defensa.
El acusado relató asimismo al jurado que las relaciones entre su esposa y él habían experimentado últimamente un notable deterioro. Dijo sentirse agobiado por dificultades económicas derivadas, por un lado, de la adquisición de un crédito para la compra de un coche, así como por la situación conyugal resultante de su relación extramatrimonial. Dubarry se definió como una persona sin demasiado carácter. «Ni siquiera me atrevía a pedir un aumento de salario», dijo.
El juicio continuará hoy con la declaración de más testigos y proseguirá mañana con los informes periciales.