Martes, 27 de junio de 2006
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EDICIÓN IMPRESA
CRÍTICA DE TV POR JOSÉ JAVIER ESPARZA
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La imagen del Inglaterra-Ecuador: Beckham, que marcó un gol, y su chica, Victoria, que lo cantó en la grada. Junto a Victoria, el niño. Y junto al niño, otra señora estupenda, quizá Coleen McLoughlin, la novia del vehemente Rooney, agraciada mujer que, según la prensa británica, ha desplazado a Victoria Beckham del trono de las 'WAG's', el club de las esposas y novias de los futbolistas ingleses. Entre los méritos de Coleen figura el haberse gastado, hace unos días, 3.356 euros en unos zapatos, un bolso, un cinturón y unos 'shorts'; rumbosa, ella.

Coleen es la Blancanieves del espejito de Victoria: más guapa, más joven, más maciza, más simpática y más irresponsable; también, seguramente, más estúpida. O sea que lo tiene todo para reinar en esa singular tribu de los iconos futboleros. Es sugestivo imaginárselas juntas en la grada, Coleen y Victoria, bailando al unísono las proezas de sus chicos mientras afilan las uñas, por ver de clavarlas en la yugular de la otra en cuanto surja la ocasión. Coleen reinará, sí; Victoria, estás acabada. Ahora bien, el gol lo metió Beckham, y eso sigue marcando la diferencia. Hubiera sido realmente estimulante que las cámaras pudieran mostrarnos semejantes recursos en el partido de la noche, el Portugal-Holanda, donde los futbolistas se dieron caña como en una parodia de patio escolar: dieciséis tarjetas amarillas y cuatro rojas.

Todos los deportes de masas son ritualizaciones de la guerra tribal primitiva: neutralizan el conflicto al traspasarlo al césped y sólo muy esporádicamente el fuego se contagia a la grada. Cuando termina el combate, los propios protagonistas de la guerra confraternizan entre sí, como Deco y Gio, ambos expulsados, que conversaban amigablemente desde la entrada del vestuario mientras sus compañeros seguían repartiéndose estopa. ¿No hubiera sido fantástico poder completar el ejercicio narrativo con la imagen de las novias en la grada? Fue lo que le faltó al espectáculo: las mujeres de los gladiadores holandeses y portugueses. Aquí el fútbol sigue aún lejos de la fuerza expresiva de la tauromaquia, mucho más apta para trasmitir la fusión narrativa del amor y la muerte.



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