GRANDE-MARLASKA se despide esta semana de la Audiencia Nacional y lo hace envuelto en una nube de inquietante controversia. Ensalzado, por un lado, por quienes ven en su figura la función implacable y firme de la Justicia. Cuestionado, también, por quienes entienden que se ha convertido en un ariete contra la apertura de un proceso de paz. La realidad tampoco es un retrato en blanco y negro en el que la Justicia y la impunidad libran una simplificada batalla. Pero cuando los jueces adquieren este protagonismo estelar y discutible, algo falla.
Las resoluciones de los jueces exigen respeto y no deslegitimaciones genéricas. No obstante, es indudable que una cosa es esta actitud de respeto y otra que se percibe con claridad un exceso de celo en las últimas decisiones del juez que generan, cuando menos, mucha perplejidad, bastantes prejuicios y algunas sospechas. Ayer dejó en libertad a dos empresarios navarros, a los que acusa de pagar «voluntariamente» a ETA. El fiscal fue clave para no decretar medidas cautelares. Pero sorprende esta visión expeditiva gráficamente reflejada en la imagen de los dos detenidos esposados. Hasta ahora parecía de sentido común pensar que los empresarios sometidos al chantaje son siempre víctimas que pueden estar sujetas al eximente del estado de necesidad y miedo insuperable. ¿Alguien se imagina qué ocurriría si a todos los extorsionados se les hubiera aplicado la misma vara de medir?
La imputación de Gorka Agirre y la citación de Xabier Arzalluz como testigo aumentan el desconcierto. De una posible labor de intermediación, muchas veces con fines humanitarios, a un supuesto delito de colaboración con banda armada media un abismo. El cierre de filas del PNV es comprensible.
El relevo de Marlaska viene precedido por este clima extraño y por una pregunta: ¿Qué pretende esta aceleración de medidas discutibles? Paradojas de la vida, algunos que en su día criticaron con dureza a Garzón, hoy desean que vuelva a la Audiencia. Creen que va a tener en cuenta la realidad social a la hora de interpretar la ley, que no va a poner palos en la rueda. Todo ocurre horas antes de la comparecencia de Zapatero para anunciar el inicio del diálogo con ETA. Un proceso que tiene poderosos escollos y adversarios. Lo vemos día a día. Aun y todo, el presidente está dispuesto a seguir y a intentarlo. Pese a quien pese. Está obligado a continuar pedaleando. No puede pararse porque corre el riesgo de caerse. La suerte política de la legislatura se dilucida este verano.