Lunes, 26 de junio de 2006
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Las botas de Imanol
«Es muy difícil para un mortal de 57 años acumular tanto trabajo bien hecho, tanta experiencia vital, tantos amigos de verdad, tanto cariño... y a veces algo de lo contrario».
Recuerdo perfectamente la última vez que vi a Imanol. Era una mañana temprano y nos cruzamos en el portal de mi casa. Yo había bajado a comprar el pan y el periódico, y él venía de la suya, a escasos cinco portales. No recuerdo si me dijo que iba a ver a su madre o al gimnasio. Me imagino que hablaríamos del tiempo o de cualquier bobada de esas de las que se habla en estos encuentros. Le recuerdo alejarse, eso sí. Con aquellos andares fuertes y largos, como de percherón. Llevaba una americana oscura, un pantalón claro y aquel sombrero negro que había apadrinado algunos meses antes. Ese es mi final de su película. Un final muy convencional al que solo le falta el fundido a negro o cualquier otro recurso cinematográfico al uso. No le vi más. En su funeral, hace ahora dos años, un amigo común me puso al corriente de sus últimas andanzas y, la verdad, me dio mucha rabia; una rabia irracional contra todo: la despreocupación, la comodidad, la falta de consideración, la falta de compromisos, el olvido, y sobre todo contra el mierdeo seudo-político que nos tiene anulados, a todos los vascos, los sentidos comunes, los menos comunes, las virtudes, los ángeles y los arcángeles. En fin, que me entró como una obsesión por Imanol que me ha durado año y medio, y que me ha llevado a rastrear su existencia de una manera casi enfermiza. No me arrepiento de nada, es más, estoy encantado de haberlo hecho así (empujando y arrinconando a veces) porque de otra manera más suave no hubiera podido llegar al final, del que me he quedado a dos pasos. Agotado me siento, y sin ánimos para el último esfuerzo y cortar la cinta. A lo mejor, después del verano, o tras este proceso Pero tengo la seguridad de que seguiremos parecido. Ni con calgonit ni con mimosín ni con ikurriñín nos cambian. No tenemos remedio como personas, y mucho menos como vascos. Las cosas aquí son así desde casi siempre. En este país nuestro la lógica, la moral, la ética, el derecho y todo eso se mueve por frondosos y sinuosos vericuetos.

Pero ha sido una experiencia muy interesante. Alrededor de cien entrevistas. Cien testimonios de gentes de los más variados lugares geográficos y profesionales. Gentes sencillas y gentes complejas, con un mínimo común denominador: Imanol. Bastante gente de altos escenarios y agendas apretadas a la que cuesta llegar, pero a la que la escalera del amigo donostiarra ha alcanzado casi siempre. Realmente me he sentido bien acogido entre esta gente y he sentido el calor del cariño que le tenían. Algunas lágrimas conmovedoras y algún testimonio demoledor, para que haya de todo. Cada gesto, cada mirada, cada testimonio me ha servido para recorrer esa vereda tan corta pero tan intensa que ha sido su vida. Y muchos silencios, quizás demasiados.

Unos por pudor, otros por seguridad y otros por inseguridad. Otros por desinterés y hasta alguno que otro por desprecio, claro. Todos respetables, ¿cómo no? Una experiencia que me ha confirmado que para poder emitir una opinión sobre algo o sobre alguien hay que conocer todo lo que le rodea. Esa mirada poliédrica de la que habló alguien, o ese ojo de mosca que apuntaría yo.

Tras la complejidad de Imanol hay una imagen llena de tópicos, adjetivos de todo a cien y opiniones de mercadillo dominical. Imanol ha dejado un rastro barroco de gente variopinta y envidiablemente rica en vivencias. Gente que ha sido amputada de un buen amigo y que en algún caso, tras su muerte, se ha visto en la necesidad de dar un volantazo a sus proyectos. En este momento siento una gran admiración por él. A pesar de sus errores, de sus manías y de sus defectos.

Es muy difícil para un mortal de 57 años acumular tanto trabajo bien hecho, tanta experiencia vital, tantos amigos de verdad, tanto cariño y a veces algo de lo contrario. Yo no era un gran amigo suyo, apenas un conocido de hacía como 10 años. Nunca había comprado sus discos y un amigo suyo de verdad me los regaló todos. Tengo uno dedicado que se lo cambié por una caricatura suya que me encargaron los de la Rotonda por el 92. Me he sentido muy incómodo a veces haciendo preguntas incómodas cuyas respuestas no interesan a nadie. También me encuentro incómodo y a la vez contento al descubrir datos que rompen con su imagen prefabricada. Y tengo muchas dudas de a quién interesa todo esto y porqué. Y a quién incomoda y duele. Quizás esta aventura termina ya aquí.

Pero hay una cosa que me ha quedado clara, y es que la vida sigue. Con sus subidas y sus bajadas, con sus baches inesperados y sus socavones. Y con los socabrones y los socabronazos. Que al principio todo es alegría, pero que a media carrera llega el cansancio y el final es muy duro. Que todos aplauden al ganador, pero que al segundo, ni puto caso le hacen. Al tercero le cierran el paso y al cuarto le tiran piedras. Que a nadie le importan los esfuerzos de los demás. Que ya nadie se acuerda de quien ganó hace diez años. ¿Ni hace dos! Que nuestros adorados escritores viven de vender sus libros, que los admirados pintores de vender sus cuadros y los idolatrados músicos de vender sus discos. Que el arte no alimenta, solo distrae el apetito. Que el genio de la lámpara es solo humo. En fin, cosas como estas que todo el mundo sabe, pero que hay que recordar cada día.

No estaría de más que las instituciones vascas, tan dadas en mostrar nuestra cultura a otras culturas (Imanol lo hacía de manera natural), y que administran nuestros placeres y nuestras necesidades más elementales, tuviesen memoria de esa que podría clasificarse «lúdico-cultural no patriótica» y se preguntase qué fue de aquellos que nos la suministraron en otros tiempos.

Me refiero a rastrear en la gente que nos regaló su tiempo y sus esfuerzos creativos en ese campo para nuestro deleite. Casi siempre a cambio de nada. ¿Qué ha sido de ellos y de su obra? Afortunadamente muchos se han reciclado, pero no todos. Yo conozco varios casos, en pleno rendimiento, injustamente olvidados. Imanol era uno de ellos y no aguantó el olvido. Lo más triste es que ese olvido crece con el tiempo, y de manera exponencial, que se dice ahora. ¿Ah las botas! Es que Imanol apadrinó, también, unas botas camperas y bueno, ya no viene al caso.



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