NIcole Kidman también se ha casado. Ayer mismo. Pero ya me aburre hablar de novias y de sus modelitos. No quiero convertirme en cronista oficial de bodorrios. Y ya se sabe que a la mínima te cuelgan el sambenito, y luego reclame usted al maestro armero. Además no me apetece hablar de la Kidman, me carga, me raya. Es como demodé, como rancia, con sus pelos de Barbie y esa blancura absurda que se empeña en conservar. Prefiero Angelina, incluso enarbolando su ideario antiglobalizador. A mí las utopías me ponen y cuanto más irrealizables, mejor. Lo mismo que al dueño de la revista Playboy que ha ofrecido a Angelina Jolie 20 millones de dólares por su desnudo.
Ya ven que ni me molesto en traducirlo a pesetas, que siempre impresiona más. Porque además de aburrida de hablar de bodas, estoy de vuelta de todo. Y en especial de ese debate ridículo y socorrido de «¿Tú te desnudarías por pasta? Pues yo si, pues yo no. Pues vaya chorrada, ¿Y los que se ponen en pelotas en la playa, qué? ¿No es lo mismo? ¿Eh, no es lo mismo?» Pues no señores, no es lo mismo. Y siempre estamos dando vueltas a los mismos temas y nunca resolvemos nada. La sociedad no avanza porque somos incapaces de dar una respuesta definitiva a temas pueriles y nimios, de pura lógica elemental y pasar a otros de mayor envergadura -con perdón-.Y así nos va, claro. A propósito de envergadura, aprovechemos para zanjar y resolver otro delicado y espinoso tema: El tamaño tampoco importa. El único tamaño que importa es el del cerebro.