Domingo, 25 de junio de 2006
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Politica
La metamorfosis del juez
Se ha despojado de su rígida envoltura en Nueva York, donde su personalidad ha dejado huella durante un año
NUEVA YORK. DV. La primera vez que Baltasar Garzón fue invitado a dar una conferencia en la Universidad de Nueva York (NYU) en el año 2000, sus palabras fueron tan grises como la limitada imagen que se repetía en los periódicos cada vez que entraba o salía de la Audiencia Nacional. Frases parcas, palabras medidas, pocas respuestas. Quién iba a pensar que un buen día la magia de los rascacielos lograría que el juez se deshiciera de su rígida envoltura para transformarse en un ameno tertuliano que bien podría acompañarnos en el café de las mañanas.

La metamorfosis de Garzón se ha producido ante los ojos atónitos de quienes asistieron con fidelidad a sus charlas en el Centro Rey Juan I de la NYU, de cuya cátedra ha sido titular desde marzo del año pasado. Su misión no se limitaba a sentarse en la mesa para dar la palabra, sino que, como director del programa Diálogos Trasatlánticos (patrocinados por el Banco de Santander), pudo desplegar sobre la mesa sus temas favoritos y pulsar sus mejores contactos para traer hasta ella a ex-presidentes como Felipe González, Ernesto Zedillo y Álvaro Uribe.

Era indudable que el juez no sólo estaba decidido a dejar un rastro ilustre en su primer proyecto americano, sino que aprovechaba esta oportunidad para saciar su curiosidad intelectual. Prueba de ello es que no dudó en llevar a la mesa al controvertido ex secretario de Estado Henry Kissinger, a quien en su día quiso interrogar sobre la implicación de su país en los golpes de Estado de Latinoamérica, de los que se convirtió en adalid justiciero. Por algo entre el público que lo ha aplaudido han estado también las madres de la Plaza de Mayo.

Integrado

Para cuando se cumplieron los nueves meses de excedencia que le había concedido el Consejo General del Poder Judicial, Garzón confesaba estar tan a gusto que no quería volver a su toga. En los siguientes seis meses de tiempo extra que arañó a su estancia americana puso en marcha una nueva ronda de seminarios bajo el estandarte de los derechos humanos, en los que lo mismo criticó la existencia de la base de Guantánamo a boca llena que puso a debate las conversaciones del Gobierno con ETA.

«Dialogar, hasta con el diablo -dijo en una ocasión-, pero negociar con una organización terrorista, que te la va a jugar a la primera que pueda, no creo que sea la mejor manera». Y advirtió: «Lo que no se le puede decir a un juez es que deje de investigar y sentenciar». Era, al fin, un Garzón más pleno que nunca. Ése que ya no se sentía censurado por la tiranía de los secretos de sumario y la crispación mediática que convierte en titular sensacionalista la más ingenua declaración. Se acercaba su hora de volver, pero, paradójicamente, España parecía quedarle más lejos que nunca.

Su fiel asistenta, María del Mar Bernabé, asegura que, entre los programas de la Cátedra Rey Juan Carlos I y las clases de Seguridad y Derecho que ha impartido en la Facultad de Derecho, apenas le ha quedado tiempo de conocer la ciudad, pero lo cierto es que Garzón se hizo con un pequeño círculo de amistades españolas en Nueva York con las que poder soltarse el pelo de vez en cuando.

Entre sus asiduos destacan el escritor Antonio Muñoz Molina. Junto a su mujer, la columnista Elvira Lindo, esta pareja ha auspiciado más de una cena en la que participaron los invitados de los seminarios de Garzón, como el ex ministro José Bono, y otras personalidades españolas en Nueva York como el cardiólogo Valentín Fuster, el psiquiatra Luis Rojas Marcos y el director del Comité Antiterrorista de la ONU, Javier Rupérez.



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