Ayer me senté por primera vez en el retrete con desconfianza. Es más, escudriñé la taza intentando descubrir un chip o un impulso electromagnético, que me ofreciera pistas sobre quién pretendía dar al traste con la intimidad de mi deposición. No hallé nada, pero tampoco ese hecho me tranquilizó. Creo que están por todas partes y que nos vigilan.
Hasta ahora, siempre imaginé esta escena relacionada con la vida en otros mundos. Nos observaban como a ratones de laboratorio para, luego, apoderarse de la tierra. La invasión marciana, sin ir más lejos, la columbré de esta guisa; mirando atrás, con un aliento extraterrestre en la nuca. Ya me pusieron en alerta las escuchas telefónicas de EE UU para el control de sus locales que, sobre todo, desencarnaron algunas infidelidades y un par de confidencias sobre la mala leche del jefe. Pero me tranquilizó que, entonces, se pusiera pies en pared, interviniese la Justicia y el Congreso abriera una investigación. Pero enredar en mis operaciones bancarias, eso sí, me parece intolerable. Que alguien sepa que la noche loca en un burdel la pagué con la visa oro de la empresa, o que compro ropa de mujer o que he pedido un crédito cuando estoy tieso... Eso me pareció tan terrible que el solo hecho de pensarlo llevó mis manos a las partes pudendas. Me sentí desnudo y observado. Luego he tenido tiempo de reflexionar. No alcanzo a entender qué interés puede suscitar para el FBI mi libreta de ahorro y qué le puede decir el dinero con el que cada mes hago frente al alquiler de la yegua de mi hija.
Por un momento, decidí no ser egoísta y pensar como Chenney: que eso sirve a la lucha antiterrorista. Pero volví a dudar al conocer, el mismo día, los detalles que llevaron a la detención de siete negros en Miami que pretendían atentar contra la Torre Sears de Chicago. Estos «desalmados», «amenazas vivientes», como así los calificó el fiscal general estadounidense, no tenían un duro ni para comprar un vídeo que les permitiera familiarizarse con su objetivo, al punto que se lo pidieron prestado al agente del FBI que les seguía la pista y se hacía pasar por representante de Al-Qaida; tampoco tenían planes concretos sobre la forma de proceder, estaban desarmados y no disponían de explosivos.
Me resultó poco convincente la explicación de la autoridades de que, en realidad, se trataba de cortar las cosas «de raíz» porque «no sabemos los que no sabemos», argumentaron con locuacidad aristotélica. A lo mejor, me dije, si no eran terroristas, ni tenían un duro y esperaban al guerrero del antifaz para su hazaña, ni siquiera eran negros... Y me entró una temblorina, que no me ha abandonado desde entonces. Mira por donde, yo mismo y sin saberlo, también puedo ser un desalmado terrorista. Se lo diré a mi mujer para que tome sus precauciones.