Existe una especie de viruela que ataca concretamente a cierto tipo de hombres y los lleva a empecinarse en tener hijos pasada la edad de la jubilación y con mujeres muy jóvenes, de las que casi no son ni contemporáneos. En esta arriesgada modalidad, el doctor Iglesias Puga, Papuchi, podría haber logrado una plusmarca... de no haber perecido en el intento. Pero ahora viene Carlos Larrañaga dispuesto a tomar el relevo.
Larrañaga tiene casi 70 años y su novia, Ana Escribano, 31, así que prácticamente les separan cuatro décadas, lo cual, en España, representa toda una era política. La pareja anuncia esta semana en un par de revistas que esperan un bebé. Ella sólo está de dos meses y algo, y cuenta con el peligroso precedente de un aborto espontáneo, pero cuando se trata de rentabilizar el asunto no hay precaución que valga. Es preciso darle salida cuanto antes a la noticia o te arriesgas a que algún espabilado te reviente la exclusiva.
Carlos está tan emocionado que de golpe y porrazo ha decidido ser longevo. Así, como quien se propone ir regularmente al dentista. «Voy a hacer todo lo que esté en mis manos para irme lo más tarde posible de este mundo», anuncia el actor.
Se supone que se refiere a que, después de 50 años de vida de calavera, va a cuidarse: renunciando quizá al fumeque, a la bebida, a las tapitas del bar, a la conducción deportiva... Incluso al póquer.
Larrañaga, pese a tener cuatro hijos adultos y ser abuelo de dos nietos, uno de los cuales hace tiempo que se afeita, ha interiorizado de tal forma su papel de padre primerizo que ahora llora como una Magdalena al contemplar una ecografía.
De todas las crisis existenciales y sucesivas adolescencias por las que suele pasar el macho, está claro que la más devastadora es la última.